sábado, 17 de enero de 2009

La Orquesta Sinfónica de Chile

Siempre me ha gustado el "Concierto de Aranjuez", pero nunca había tenido la oportunidad de escucharlo en vivo. Un anuncio en el diario me permitió hacerlo. Después de un largo y caluroso día de trabajo estival, partí desde la Casa Central de la Universidad Católica al Teatro de la Universidad de Chile. Se celebraban los 68 años de su Orquesta Sinfónica. El programa no sólo prometía el mencionado concierto. Prometía también la Sinfonía No. 8 de Antonin Dvorak. Y algo más.

La concurrencia era de lo más variopinta -del más flaite al más pituco, todos esperábamos en nuestras butacas el comienzo del concierto. Entró la orquesta y entró su director, un rucio grandote y medio desgarbado. Una pequeña pieza musical, de gran fuerza, abrió la jornada. Todo el cansancio del día, el calor y un incipiente dolor de cabeza, desaparecieron más por arte que por magia. Terminada la pieza, una mujer subió al escenario e invitó a éste al rector de la Universidad de Chile. En el intertanto, le pedí el programa a la señora del asiento de adelante. Habíamos escuchado la "Danza Fantástica", compuesta nada menos que por un compositor chileno: Enrique Soro. Primera sorpresa de la noche.

El rector dio un corto, pero emotivo discurso. Nos contó que la Orquesta Sinfónica recorría el país tocando en pueblos y en las principales ciudades, así como en las poblaciones de estas últimas. Nos contó también cómo la gente humilde, la de barrios apartados y olvidados, concurría con sus mejores pilchas a escuchar con profundo respeto a la orquesta. Esa sola imagen me trajo a la memoria un sinnúmero de otras de un Chile que tuve la suerte de conocer. Recordé al país que fui descubriendo de niño, de adolescente, y de joven universitario. Ese mundo sencillo y limitado, pero tanto más auténtico que el de ahora. Recordé esos años en que todavía importaba el aspecto social de nuestra incipiente economía de mercado. En fin, recordé mi país pre-sociedad de mercado, esa república amordazada y temerosa en la que me tocó crecer.

El orgullo y la pasión de la Orquesta Sinfónica son contagiosos. A esas alturas, no se trataba más de la orquesta de la Chile, sino de nuestra orquesta, de mi orquesta, la de Chile. La "Rapsodia Española" de Maurice Ravel siguió al discurso del rector. Un breve descanso y entró en escena Carlos Pérez, el solista que tocaría la esperada obra de Joaquín Rodrigo. Segunda sorpresa de la noche. Conozco el "Concierto de Aranjuez" al revés y al derecho. Y la interpretación que vi y escuché ese día no tiene nada que envidiar a otras más empingorotadas que he oído. Otro descanso y a la Sinfonía No.8. Qué jornada.

Mientras tocaba la Orquesta Sinfónica pensaba en su actual director. Por lo que alcancé a leer en el programa prestado, es un polaco bastante joven. Antes dirigió en Gdansk y, al parecer, promete y en serio. Mientras lo miraba, me preguntaba qué hace este tipo en Chile. Su generosa sonrisa, sus gestos, lo mostraban cómodo con su orquesta sudaca y su público idem. Lo miraba y pensaba en Domeyko, otro polaco que llegó a estas latitudes. Rector de la Universidad de Chile, como antes lo fuera Bello, la quintaesencia del extranjero chilenizado. Lo miraba y pensaba en mi república. Esa que, a pesar de todo, aún subsiste en instituciones como la Orquesta Sinfónica de Chile.