Yendo a la universidad, en Lovaina, hay un viejo pórtico de ladrillo y piedra que dice “Quo Vadis”. La frase viene de la pregunta que le hiciera San Pedro a Jesús, al verlo caminando en sentido contrario por la Via Appia. El primero venía saliendo de la ciudad, escapando de la persecución de los romanos a los cristianos, cuando se encontró con el segundo. San Pedro le preguntó - “quo vadis, Domine?”. La frase original fue dicha, probablemente, en arameo. A nosotros nos llegó en latín. Traducida al castellano significa “¿adónde vas, Señor?”.
La respuesta de Jesús hizo al santo volver sobre sus pasos. Dijo -“voy a Roma, para que me crucifiquen de nuevo”. San Pedro sabía muy bien que al seguirlo tendría la misma suerte. Y así terminó: en Roma, crucificado. Es una historia que no me deja indiferente. Por desgracia, después que una vieja película utilizara por título la expresión “quo vadis?”, ésta se banalizó, perdiendo toda fuerza. Al punto que hoy es un buen nombre para una pizzería, al lado de un pórtico, en Lovaina.
¿A dónde vas? Eso es lo que me preguntan siete letras, día a día, en un pasaje de esta ciudad universitaria. Como el niño que repite incesantemente “¿por qué?” a cada posible respuesta, nada es suficiente para contestar a esta pregunta, que me interpela en lo más profundo. Para dónde voy... Cuando se me acaban las respuestas, sólo queda una certeza. Avanzo, porque no hacerlo es retroceder.
