viernes, 2 de abril de 2010

A España

Mis antepasados vienen de Andalucía, Extremadura, Castilla, Valencia, Aragón, el País Vasco y Galicia, algunos de Escocia, y otros de Suiza. O sea, la mayoría vienen de España. Creo que, en mi caso, esa circunstancia es mucho más que un simple dato. La primera vez que visité este país sentí un continuo déjà vu: esa extraña sensación de haber estado en un lugar antes. Sus pueblos y ciudades me recordaban paisajes vistos antes en Chile o en Argentina, en Ecuador, en Perú o en México. Recorriendo los caminos de España imaginaba a sus hijos, esos que emigraron siglo tras siglo para encontrar un nuevo hogar, en parajes tan parecidos al terruño que dejaron, muchas veces para siempre.

Los nombres y el habla que pueblan la geografía de España se repiten, con pocas variaciones, en los pobladores actuales de América Latina. A tal punto, que ver un mapa de la península, transitar por sus caminos o sus ciudades, es como pasar una larga lista de curso, escuchar un viejo cancionero, u hojear un gran álbum de fotos. El viajero que avanza por sus calles, rutas y senderos va encontrando, en cada recodo, un recuerdo –personas y situaciones, apiladas en el desván de nuestra memoria. Los giros idiomáticos, las costumbres, todo hace que el criollo -y también el mestizo- se reconozca a si mismo en España y los españoles. Esto explica, asimismo, el desdén manifiesto del latinoamericano medio hacia la antigua metrópoli y sus habitantes.

Ya en los años de nuestra independencia, los criollos que la guiaron hicieron sinónimo de atraso a España, y sinónimo de progreso a Francia. Sus descendientes, y los de los mestizos que han vivido a su imagen y semejanza, siguen pensando de la misma manera. Poco importa que hayamos reemplazado a Francia por EEUU, como modelo de desarrollo. Hasta el día de hoy, el latinoamericano no se siente en Europa, sino hasta que cruza los Pirineos. Los españoles son brutos, flojos, maleducados –escuchamos decir, evitando la pregunta de fondo que no nos atrevemos a hacer: ¿cómo van a ser desarrollados estos tipos, que tanto se parecen a nosotros?

Y, sin embargo, venimos de España: nos guste o no. Más que adoptar una apolillada postura hispanista, se trata de constatar un hecho. Es cierto: en algunos lugares de América Latina, la influencia indígena será más acusada. Digo lugares, puesto que la distinta acentuación se da tanto entre países, como dentro de las fronteras nacionales. De provincia a provincia, de ciudad a ciudad. Y de barrio a barrio. Porque más que geográfica, la diferenciación es social –y, por tanto, cultural. Pero cualquiera sea el lugar que ocupemos en la geografía y sociedad latinoamericanas, todos tenemos un poco de español.

Lo digo con orgullo: hay algo mío en los campos y ciudades de España, y hay algo mío en su gente. Por eso, aunque nunca haya vivido en este país, y mis antepasados lo dejaran hace siglos, yo no vengo a España. Yo sólo vuelvo a ella.