He leído buenos libros sobre el amor. El clásico “The Four Loves” de Clive Staples Lewis; el excelente “La llama doble” de Octavio Paz; o el interesantísimo “La plus belle histoire de l’amour”, editado por Dominique Simonnet. Sin embargo, es una frase del libro “Feux”, de Marguerite Yourcenar, la que más recuerdo al respecto. Decía ahí la escritora belga:
"Cuando estás ausente, tu figura se dilata hasta el punto de llenar el universo. Pasas al estado fluido, que es el de los fantasmas. Cuando estás presente, tu figura se condensa; alcanzas las concentraciones de los metales más pesados, del iridio, del mercurio. Muero de ese peso, cuando me cae en el corazón".
El libro de la Yourcenar fue escrito a raíz de lo que ella denominó una “crisis pasional”. En concreto, el amor no correspondido que sintió por un editor. Esto explica otros pasajes del texto. Como éste: “El alcohol desembriaga. Después de beber unos sorbitos de coñac, ya no pienso en ti”. O éste: “¿A dónde huir? Tú llenas el mundo. No puedo huir más que en ti”. “Fuegos”, como su nombre lo indica, es un libro intenso. Habla de la pasión, y de qué manera. Sin embargo, no se refiere al verdadero amor: ese que es capaz de superar el desgaste que produce en nosotros el tiempo, y muchas veces el espacio.
Es cierto, en el amor no hay reglas –pero sí hay algunas constantes. El amor pasional, que describe el libro de Marguerite Yourcenar, es una de ellas. Como esos ríos de montaña, cuyas aguas corren hacia abajo con rapidez, salpicando y haciendo ruido al chocar con piedras y rocas, el amor pasional es también joven. Le queda bastante camino por recorrer, antes de llegar al mar; y no todos lo hacen. El amor pasional suele extinguirse en su propia intensidad: para muchos, tiene un ritmo que resulta insostenible. Aún cuando la adrenalina de haberlo recorrido, difícilmente pueda olvidarse.
El amor maduro, es otra de estas constantes. A diferencia del anterior, se parece a esos ríos caudalosos que se desplazan lentamente por las planicies. Al mirar su superficie, pareciera que apenas avanzan. Sin embargo, la potencia de sus aguas es tal, que no hay piedra ni roca que los pueda desviar. Avanzan con una fuerza hercúlea, pero apenas perceptible. Con toda tranquilidad y majestuosidad mueven sus aguas, que provienen de los numerosos ríos de montaña que lo alimentan. Por lo mismo, son navegables.
Hay muchas definiciones de amor. O sea, no hay ninguna. Mejor es describirlo: el verdadero amor o es valiente, o no subsiste. Como dice Silvio Rodríguez, en una estrofa memorable de “Óleo de una mujer con sombrero”: “Los amores cobardes no llegan a amores / ni a historias, se quedan allí / Ni el recuerdo los puede salvar / ni el mejor orador conjugar”. Pero no basta sólo eso: el amor maduro tiene que basarse en una admiración y necesidad mutua, y en la generosidad. Lo que lo aleja del simple enamoramiento.
En otras palabras, el amor verdadero es como una larga conversación de dos personas, tomadas de la mano. La necesaria (y tan caprichosa) atracción física no es suficiente. Tiene que haber un intercambio de sentimientos, ideas, sueños y secretos, a través de los años. Y en este intercambio, las palabras de amor “sencillas y tiernas”, de la canción de Serrat, no pueden faltar.
