lunes, 1 de marzo de 2010

Terremoto a la distancia

Enterarse de una catástrofe que afecta a tu país, mientras se está en el extranjero, produce sensaciones encontradas. La primera de ellas es la natural preocupación por saber cómo están familiares y amigos -que conlleva una necesidad de comunicarse cuanto antes con alguno de ellos, para empezar a confirmar que están todos bien. La segunda es menos obvia: sobreviene en este tipo de situaciones un particular sentimiento de culpa por no haber estado allí con los tuyos, cuando la catástrofe tuvo lugar. Dan ganas de haber pasado por lo que ellos pasaron, de haber sentido lo que ellos sintieron, aunque la presencia de uno no sea de gran ayuda, ni cambie en algo el desenlace de los sucesos.

El primer terremoto que me ha tocó vivir fue el de 1985. Hasta ese momento me gustaban los temblores, tan corrientes en nuestra tierra. Después de vivir la incertidumbre que acompaña a un terremoto, esa de no saber cuánto va a durar o cuál va a ser su intensidad, ya no me gustan para nada. La amenaza permanente de un terremoto le agrega un cierto estoicismo al carácter del chileno. Detrás del exitismo y de la superficialidad y chabacanería pseudo-gringa, que inunda casi todo en nuestro país versión 2.0, hay un pueblo resistente, obstinadamente resistente a la desgracia. Como decía José Ortega y Gasset, Chile tiene algo de Sísifo –siempre empezando de nuevo.

La mayoría de los chilenos hemos recibido nuestro bautizo telúrico, en algún momento de nuestras vidas. Sea en 1939; en 1960; en 1965 o 1971; en 1985; o ahora en el 2010. Y todos sabemos que nos tocará vivir otros terremotos más, aún cuando no estemos en Chile en ese momento. Entonces volveremos a sentir las palabras de Nicanor Parra, escritas a propósito del que destruyó Chillán en 1939:

Que se levante el raudo viento azul de otoño,
que aquí no pasa nada que puramente todo.
Chillán existe como una rosa blanca
sobre mi corazón húmedo y sin palabras.

Chillán no está vencido, Chillán laurel alzado
como el verde campo de los gentiles caballos.
Que se levante el trueno vivo de los tambores
y el hortelano alegre que se levante entonces.
Chillán en cada gancho de lirio vibra
como la espada abierta de la noche sombría.

Que se levante entonces como una bestia el día
que aquí toda una llama que aquí nada ceniza.
Que se levante el fuego como un caballo de oro
que aquí no pasa nada que puramente todo.