Caminaba por una vereda, cerca de mi departamento, cuando vi un guante botado en el piso. Era de lana, con un bonito diseño en tonos de un color café medio verdoso. Tenía su reverso hacia el suelo, y la palma hacia los transeúntes que pasaban por encima de él. La forma de la mano, que alguna vez cubrió, todavía era discernible. Su interior escondía el recuerdo del antiguo dueño: sus alegrías y dolores, sus esperanzas y desesperanzas.
Un guante en el suelo tiene una dignidad que no es fácil describir. Por más sucio y ajado que esté, sin importar lo irremisible de su destino, el guante huacho transmite vida, a la espera de la muerte. Y no sólo la propia. Un guante botado en el piso conlleva la condena de otro guante: la del que le sirve de par. Inevitablemente, los posibles destinos de todo guante huacho se reducen a uno –tarde o temprano va a parar al basurero.
Y mientras agoniza, como éste, cuenta su historia. A quien quiera oírla. Ahí antes hubo una mano, que cubierta por él, hizo todo lo que una mano enguantaba puede hacer. Lo que no es poco. Puede empujar, levantar y cargar algo. Puede saludar y llamar la atención. Puede insultar y, ciertamente, puede golpear.
Pero una mano enguantada puede también tocar con ternura a alguien, en la más romántica de las caricias posibles: aquella mediada por un guante. Algo que éste, probablemente nunca más vuelva a hacer. Y, no obstante, está todavía ahí en el suelo para contarlo.
