En una de esas plazoletas escondidas de la comuna de Vitacura, hay una estatua olvidada. Es el busto de un tipo de unos cuarenta o cincuenta y tantos años, que apoya su cabeza en el brazo derecho, junto a un pequeño aparato eléctrico o mecánico, que le sirve de compañía. Apareció hace ya varios años, y casualmente fui uno de los primeros en notarlo. Con un amigo de infancia nos juntábamos en esa plazoleta a descansar de interminables paseos en bicicleta por el barrio. Más tarde, con el mismo amigo nos juntábamos a fumar y a conversar de nuestras preocupaciones, intereses y sueños de entonces. De un día para otro, alguien dejó en este refugio de infancia y de adolescencia un artefacto cubierto por una gruesa cubierta plástica, montado en un tosco pedestal de cemento. Pronto descubrimos que el plástico ocultaba una estatua a la espera de su inauguración oficial, lo que explicaba la falta de una placa que indicara el nombre del individuo representado. Los días y los meses siguieron sin que nada pasara, hasta que un buen día un niño u otro adolescente -quién sabe- sacó el plástico que la protegía. Quedó la estatua a descubierto, anónima y olvidada, en la intersección de la calle Candelaria Goyenechea con el pasaje Tivoli.
No lejos de ahí, en otra plazoleta de Vitacura, rodeada de avenidas y al borde de Las Condes, hay una estatua ignorada. Se trata de un moai color café, al lado de una gran bandera chilena, que se puede ver con toda facilidad cuando se sube en auto por la Kennedy, o cuando se cruza ésta desde Américo Vespucio. Es difícil que un santiaguino que transite habitualmente por estas avenidas no haya reparado en dicha estatua. No obstante, rara vez se la comenta; y cuando se hace, es sólo para señalar que es kitsch, que no tiene nada que ver con el entorno, que está pesimamente mal ubicada, que ni siquiera se parece a los moais originales de la Isla de Pascua. Todo eso es cierto. El moai en cuestión recuerda aquéllos de un particular restorán ochentero, de show en vivo y recargada decoración polinésica; además, se ve desubicado el pobre, entre los nada polinésicos pinos y edificios de la Kennedy que lo rodean; y, por último, está a tal punto aislado por las entradas y salidas de la avenida que lo circunda, que sólo se puede acceder a él con un poco de riesgo vital. Quizás por lo mismo, se le ignora.
Pero no hay una sola ciudad: hay tantas, como tantos son sus habitantes y visitantes. Y en mi Santiago ambas estatuas ocupan un lugar privilegiado. El otro día pasaba por la plazoleta escondida de Vitacura y vi a un gringo (alto, rosado, shorts y gorro de expedición incluidos) acercarse a su anónima estatua. Probablemente buscaba, y con toda razón, una placa que indique quién es el tipo representado. “No la va a encontrar” –pensaba con picardía para mis adentros, mientras lo miraba examinar la estatua. Una desazón muy parecida va a acompañar al incauto que se atreva a acercarse al moai de la Kennedy. Allí, un extraño muro café -posterior a éste y lleno de inscripciones, al parecer pascuenses- le dirá poco y nada al curioso de turno. Sin embargo, es justamente en lo que no dicen estas estatuas donde radica su importancia –al menos, para mí. La de Vitacura me sigue sonriendo con complicidad, sin develar qué es el aparato que la acompaña y que tanto orgullo le produce. La de la Kennedy, en tanto, sigue erguida y de espaldas a la Cordillera de los Andes, buscando con sus grandes ojos una isla que sólo puede imaginar desde su plazoleta santiaguina.
Son dos estatuas que nadie se detiene a mirar. O casi nadie.
