sábado, 23 de julio de 2011

Confianza

Primero fue Grecia, después España: más tarde Portugal. Cuando todos los ojos miraban a Irlanda, las malas noticias llegaron de Italia. Su economía padece de una severa crisis de confianza que afecta a sus mercados. Es un trance complejo, de difícil solución. La Europa del estado de bienestar, y de la integración regional, agoniza lentamente. Las sucesivas inyecciones de capital no llegan a atacar la enfermedad –sólo hacen más leves sus síntomas. Nadie quiere amputar, los días pasan y la gangrena avanza, inexorable. Muchos factores explican que se haya llegado a esta situación. Quiero detenerme en uno de ellos, que excede a esta crisis puntual. Me refiero a la falta de confianza: esa reacción tan humana, que amenaza toda relación social.

¿Cómo definir a la confianza sin recurrir a otros términos, tan escurridizos como ella? Tener la seguridad o la certeza de algo, no es lo mismo que confiar. Cuando confiamos, a lo más creemos o esperamos algo -y en la mayoría de los casos, lo creemos o lo esperamos de alguien. Al depositar nuestra confianza en otra persona, tan falible como nosotros, aceptamos ese ineludible margen de error que acompaña a todo hecho humano. Lejos del reino de las certidumbres, la confianza habita en el bosque de las posibilidades. En ese contexto, ¿por qué tenemos la necesidad de confiar? Vivimos en un mundo incierto, que hiere nuestros sentidos a diario. Para sobrevivir en este ambiente hostil, requerimos de otros. Por eso todos pertenecemos a un grupo, lo sepamos o no –lo queramos o no. A nuestra propia fragilidad, se une la de nuestro entorno: ya no el terruño, sino ese mundo virtual que nos acerca y nos aleja de todo, y de todos. El efecto mariposa no es un simple proverbio chino o una teoría esotérica, es hoy una realidad. Esto explica que las agrupaciones que conforman la densa red de nuestra hiperconectada sociedad actual, no respondan a los patrones de antaño. Y, sin embargo, todas estas agrupaciones parten de la misma creencia. Todas se basan en la confianza.

Sorprende que nuestra vida social se fundamente en algo tan frágil. Son innumerables las relaciones de pareja o amistad, profesionales o comerciales, y por cierto políticas, que corroídas por la desconfianza han terminado en nada. ¿Qué hacemos cuando la esperanza que hemos depositamos en alguien se desvanece? Confiar no es opcional: sin esperanza, no hay vida posible, sea individual o social. Tenemos que volver a creer en los demás, como lo tenemos que hacer respecto de nosotros mismos, una y otra vez. No es una tarea fácil. La desconfianza nos golpea donde más duele; deja heridas profundas, que demoran en cicatrizar. Hay males que no tienen recetario asociado –la falta de confianza es uno de ellos. No obstante, hay pequeños gestos que ayudan, con el tiempo, a superarla. Una persona herida espera dos cosas: el reconocimiento de la falta, y la promesa que no se repetirá. Necesitamos confiar de nuevo, y no podemos hacerlo solos. Quien provocó el daño tiene que ayudarnos. Por desgracia, muchas personas no son capaces de reconocer sus faltas. Erradamente, ven debilidad en un gesto que requiere justamente lo contrario: mucho coraje. También están los que reconocen sus errores, e incluso prometen no repetirlos. Sin embargo, lo hacen sin convicción, sólo por dejar tranquilos a los demás. Para que no los molesten.

Pero los hay que se equivocan, y no temen decirnos que lo hicieron. Aun cuando saben que pueden fallar de nuevo, se comprometen a hacer todo lo posible por no volver a hacerlo. Es una promesa valiente, destinada nada menos que a torcer la ley de las probabilidades. Sobre este compromiso podrá volver a crecer la esperanza, en la medida que sea aceptado. Lo que depende de cada cual.