domingo, 3 de julio de 2011

La novia triste

Veo imágenes del matrimonio del príncipe de Mónaco con una ex–nadadora sudafricana. Mucho blanco y mucho rojo, ambos tirando para rosado; famosos y famosillos completan un recargado escenario. Es una verdadera recreación del final de una película de Walt Disney, donde todo tiene que ser perfecto. El príncipe viste un impecable uniforme blanco, pero su pelada y sus cachetes colorados delatan el paso de los años, que una sonrisa hierática no logra ocultar. La futura princesa tampoco es muy joven, pero sí está muy bien conservada. Es una mujer bonita, y un sobrio traje de novia realza su figura. Sin embargo, de su velo blanco y transparente se escapan unos ojos tristes. Y lo que no podía pasar, ocurre: la pompa y el glamour de la ceremonia no pueden ocultar una mirada huidiza, que se cuela en los lentes de todas las cámaras que registran el producido evento. Es una pena irreductible, que se toma las pantallas, y tiñe de azul la ceremonia.

El matrimonio continúa, implacable. Los novios se ponen mutua y torpemente las argollas, y un desabrido beso delata a los actores en escena. Las fingidas sonrisas que esboza la novia, de tanto en tanto, no logran ocultar la pena de su mirada. Son ojos desolados, que ningún palacio en miniatura, alfombra semi–rosada, niñitas en trajes ornamentales, soldados de opereta, curas y coros varios, innumerables socialités, ni miles de pétalos de rosa, pueden esconder. La mirada de la novia, su dignidad perdida, sobrecogen. Ante ella, el príncipe se desfigura. Con sus años de más, y sus alegrías de menos, la novia triste es mejor que cualquier princesa de Walt Disney. Sus irresistibles ojos llorosos son un destello de humanidad, en el peor de los desiertos: el que está lleno de gente.