jueves, 30 de junio de 2011

Manejar en la lluvia

Como en otras ciudades grandes, el tráfico en Santiago se altera cuando llueve, y hay que andar con cuidado. Pero si se tiene un poco de calma, manejar en esos días puede ser una experiencia particular, diferente. Hablo de esos días en que el agua cae a raudales: como si en la bóveda del cielo alguien hubiera abierto una esclusa horizontal, por la que escurre el infinito a través de una enorme, intrincada e invisible rejilla. Entonces, uno se sube al auto, cierra la puerta y sale en busca de un destino próximo, que la lluvia transforma en lejano.

Con el agua afuera, y la humedad adentro, el auto rápidamente se convierte en una cápsula, aislada y a la vez inserta en la realidad circundante. Es un pequeño mundo de cuatro ruedas que contiene todo lo que necesitamos, en ese momento. Por las empañadas ventanillas vemos sucederse micros enormes; autos, de todos los tamaños y colores; conductores anónimos, algunos apurados, otros enardecidos; transeúntes que van raudos al Metro, o que esperan impasiblemente su micro. Son días grises, un poco oscuros, en los que las luces de los vehículos se desfiguran, alterando por completo a la ciudad, y a su gente.

En ese ambiente tan peculiar, uno puede abstraerse y manejar sin rumbo aparente. Se recorren calles sin nombre, y se divisan casas y edificios irreales, habitadas por desconocidos. Pensamientos y sentimientos vienen a nuestro encuentro, y se van –como las calles, las casas, y los edificios. Lo mejor que uno puede hacer es dejarse llevar por ellos, pero sin desconcentrarse. No vaya a ser que un topón nos aterrice de golpe a esa realidad deformada que vemos a través de los vidrios de nuestro auto. Sin tropiezos, impulsada por melodías y letras de canciones, la cápsula avanza con nuestros recuerdos e ilusiones.

Solos, en un auto encendido bajo la lluvia, somos la metáfora de nosotros mismos. Por esta cápsula calefaccionada, temporalmente vacía, han pasado tantos, y en las más diversas circunstancias. Cada trayecto recorrido ha tenido su comienzo, y su fin. Los pasajeros y los viajes se suceden, mientras el auto y su conductor permanecen. Pero ¿por cuánto tiempo? Tan efímeros como la lluvia que nos rodea, sólo nos queda seguir manejando en ella. Gozando del paseo, sin apuro: mientras dure.