Estaba casado con una mujer bonita, ingeniero como él. Partieron al extranjero, a hacer un postgrado en la misma universidad. Por primera vez, a él le costó estudiar. Los resultados no fueron los de siempre: le iba bien, pero no era el mejor del curso. Su mujer, en cambio, no tuvo problemas –ni con la primera guagua, ni con la segunda. Acostumbrado a sacarse excelentes notas en la universidad donde estudió su pregrado, esta nueva realidad fue un duro golpe a su ego. Terminado el postgrado, volvieron a su país de origen, donde ambos encontraron rápidamente trabajo.
En su nueva pega le tocó viajar mucho. Pasaba largas temporadas en el extranjero. Lejos de casa, era el seductor de antaño. Al principio, fue sólo un juego: miradas, uno que otro coqueteo, pero nada más. Una mujer en particular lo cautivó con su alegría contagiosa, con su sensualidad y aire exótico. Las largas jornadas de trabajo juntos hicieron que pasaran de colegas a amigos, y de amigos a confidentes -al borde de la complicidad. De vuelta en su país, todo seguía igual. Su mujer trabajaba y se hacía cargo de los niños, ordenadamente. Él la quería mucho, tanto como a sus hijos. Sin embargo, la sombra que ella proyectaba sobre él lo iba marchitando de a poco. Conversaba con su mujer, pero de asuntos menores: cómo te fue; qué hiciste; te acordaste de; no te olvides qué; supiste lo de. Rara vez reían juntos –a lo más sonreían. Sus niños traían toda la alegría que esa casa de revista de decoración iba perdiendo, inexorablemente.
En unas de esas largas jornadas laborales en el extranjero, pasó lo que tenía que pasar. A las miradas cruzadas, se sumaron los cuerpos. Primero fue un roce, después otro. Al brazo alrededor de la cintura, le siguió una media vuelta. Sin saber cómo, terminaron fundidos en un inolvidable beso. De ahí en adelante, nada fue lo mismo para él. Los viajes al extranjero eran un oasis de vitalidad perdida, que le quitaban el sueño y le transformaban la vigilia. Era feliz de nuevo, pero se sentía profundamente culpable. Su vida tomó entonces dos rumbos. Afuera era una persona llena de vida -divertido, atractivo, valorado en lo personal y en lo profesional. En su país era un tipo apagado, del montón, con una vida hecha, que no se atrevía a deshacer. Un avión lo llevaba a uno de esos rumbos, y un avión lo traía de vuelta al otro.
Hasta que no pudo más. Una tarde de otoño decidió contarle todo a su mujer. Fue sincero: no escondió detalles, pero no fue cruel. A ella le tomó un tiempo entender lo que ocurría. Cuando finalmente comprendió la gravedad de los hechos, él ya le había comunicado su decisión de irse de la casa. Y así lo hizo. Se llevó unas pocas cosas a un hotel, donde lo recibió una pieza, como cualquier otra. Dejó sus bolsos, y se fue al bar del primer piso. Rodeado de viajeros, pidió un ron solo –de esos que tomaba con su amor exótico, en otras latitudes. El dulzón trago le supo amargo, como nunca. Unos parlantes ocultos emitían canciones que había escuchado en más de una oportunidad. Sin nada más que hacer, puso atención a sus letras, por primera vez. Una tras otra, hablaban de amores frustrados, y de ilusiones perdidas.
Mientras miraba el vaso de ron que tenía en la mano, sonrió. Con una vida que entonces terminaba, y otra que estaba por comenzar, ya no encontraba cursi las letras de esas canciones. De alguna manera, todas hablaban de él. Años escuchándolas, sin haberlas oído: tanto estudio, tanto trabajo, tanto viaje, y sólo ahora venía a entender los boleros.
