miércoles, 25 de febrero de 2009

Aprender otros idiomas

Una mañana, saliendo de la residencia de estudiantes donde vivía en Leiden, en los Países Bajos, se me acercaron dos niñitos de no más de 6 o 7 años, quienes me preguntaron algo en holandés. De la pregunta, sólo entendí zwart (negro) y hond (perro). Ante la imposibilidad de dar una respuesta mínimamente decente en holandés, opté por el inglés, disculpándome ante mis pequeños interlocutores por no hablar su idioma. Para mi sorpresa, éstos repitieron la pregunta, en un inglés de libro: buscaban a un perrito negro, que se les había perdido. La anécdota me quedó dando vueltas en la cabeza largo rato. ¿Qué hace que los holandeses hablen tan bien el inglés, desde tan chicos? Es muy raro encontrarse con alguien en los Países Bajos que no se dé a entender con soltura en otro idioma, sin ser extranjero. Poca gente habla el holandés y eso lo saben los nacionales de los Países Bajos. Prácticos, con ese olfato comercial que los ha caracterizado desde su independencia del Imperio Español en el siglo XVII, los holandeses no se hacen problemas. Saben que no pueden ni podrán competir con otras lenguas europeas más extendidas, como el inglés, el castellano, o el francés. ¿La solución? Estudiar estos idiomas, y otros. Pero una cosa es estudiar. Y otra es aprender.

Viví en Holanda, la principal provincia de los Países Bajos, entre los años 2000 al 2001. Fui a estudiar un magíster. Además de especializarme en derecho internacional, hice muy buenos amigos, y conocí un país precioso y una cultura fascinante. Sin embargo, no aprendí casi nada de holandés. ¿Por qué? Falta de necesidad, falta de oportunidad y, sobre todo, falta de interés. No sólo el magíster que estudié se impartía íntegramente en inglés, sino la mayoría de mis amigos y conocidos en Holanda eran tan extranjeros como yo. Nuestra lingua franca era el inglés… cuando no el castellano. Tampoco ayudaba el que los holandeses hablen tan bien el inglés, y tengan una inmejorable disposición a hacerlo. Mientras estuve en los Países Bajos, más de alguna vez intenté una frase en holandés. La respuesta vino invariablemente en inglés, acompañada de una sonrisa de reconocimiento. Lo anterior explica la falta de necesidad y la falta de oportunidad, pero no la falta de interés. Eso ya es algo personal. Como hablante de castellano, el esfuerzo que me requería aprender holandés era demasiado alto, en términos comparativos. Otras lenguas romances me ofrecían -y me siguen ofreciendo- satisfacciones con las que el holandés simplemente no puede competir. Más aún, por una fracción del esfuerzo que me significaría estudiar este idioma.

De ahí que no aprendiera casi nada de holandés. No obstante, por más que no haya tenido la necesidad, la oportunidad, o el interés de aprender este idioma, el vivir inmerso en una cultura estructurada a partir de una lengua que no entendía, cambió mi forma de ver el aprendizaje de otros idiomas. Mientras el castellano me permitía comunicarme con mi familia y mis amigos en Chile, y con varios de mis amigos y conocidos en Holanda, el inglés me permitía comunicarme con el resto de mis amigos y conocidos, así como con los holandeses con quienes me tenía que entender día a día. Sin embargo, ninguno de estos idiomas me permitía retener el nombre de las calles ni comprender el contenido de los diarios y revistas, los programas y la propaganda de las radios, la descripción y las instrucciones de los productos en el supermercado, entre otras cosas. Por otro lado, ninguno de estos idiomas me permitía comprender las conversaciones que me rodeaban en la universidad, en las calles, en las tiendas, en los mismos supermercados, en las estaciones, o en los trenes. Para qué hablar de los giros idiomáticos, que dan vida a una sociedad y su cultura. Me estaban vedados. La exposición permanente al holandés me llevó a aprender palabras y frases sueltas que facilitaron mi vida en los Países Bajos. Estas pocas palabras y frases me acercaron algo a la sociedad y a la cultura holandesa. Pero fueron las innumerables palabras y frases que no entendía, las que terminaron por dejarme irremediablemente fuera de éstas. E, irónicamente, me acercaron a otras lenguas.

Al lado del holandés, idiomas como el francés, el italiano y el portugués, me parecieron facilísimos. Me pareció, asimismo, una falta inexcusable de mi parte no haber intentado aprender alguna de estas lenguas romances, que hablaban amigos y conocidos. A mi vuelta a Santiago, no tuve la necesidad de hacerlo. Si tuve, en cambio, la oportunidad y el interés de aprender alguno de estos idiomas. Decidí empezar por el francés. Lo estudio desde entonces, a intervalos más o menos regulares. ¿Qué me hizo optar por este idioma? Podría decir que fue la importancia del francés en el área del derecho a la que me dedico. Pero no se trató de eso. Mi decisión se debió, en un comienzo, a todas esas frases sin traducción, esparcidas en diversos libros de arte, literatura, historia, o ensayo, que encontraba con frecuencia en mis lecturas en castellano y en inglés. Después, ya no fueron simples frases. Quise leer, en su idioma original, todos esos libros escritos en francés que cautivaron mi imaginación y mis sentidos, y que había leído en traducciones hechas al castellano o al inglés. La lectura, en francés, de Guy de Maupassant o de Albert Camus, por nombrar unos pocos, pasó a ser mi objetivo. Hoy, quiero independizarme del pesado diccionario. También quiero hablar y escribir en un francés que no por lacónico, que no por espartano, deje de ser francés.

No hablo ya de aprender otro idioma; hablo de aprender bien ese idioma. ¿Cómo se hace esto? Todo estudio requiere de uno o más objetivos para que sea efectivo. Y las lenguas se aprenden estudiando. La necesidad, la oportunidad, y el interés determinan los objetivos de aprendizaje de un idioma. Éstos pueden ser extrínsecos o intrínsecos. ¿A qué? Mejor dicho, ¿a quién? Al que tiene que aprender el idioma, o al que quiere hacerlo. Tener que y querer no son lo mismo. En los Países Bajos no tuve que aprender holandés, ni lo quise. En Chile no tengo que aprender francés, pero quiero hacerlo. Tampoco tengo que aprender portugués ni italiano. Interés, sin embargo, no me falta. Leer a Fernando Pessoa y a Dino Buzzati en sus idiomas es, para mí, motivo más que suficiente. Los objetivos extrínsecos nos llevan a hacer muchas cosas. Necessitas caret leges. La necesidad carece de leyes -en su versión popular, la necesidad tiene cara de hereje. Como sea, sólo se aprende bien un idioma cuando hay, al menos, un objetivo intrínseco. El interés es irrenunciable. ¿Y la oportunidad? Se presenta por si misma. O uno se la hace.