viernes, 13 de marzo de 2009

Internalizar el derecho

En más de alguna oportunidad me he preguntado por qué Latinoamérica está como está. Mejor dicho, por qué nunca pasamos de ser una promesa. ¿Cómo no va a prometer una región que encierra todos los recursos imaginables? Nos rodea una riqueza geográfica, zoológica y botánica envidiable. Nuestra riqueza humana no es menor. En Latinoamérica comenzó la mezcla de razas y culturas que ha configurado el mundo globalizado en el que vivimos. Si nuestra diversidad es la mecha, nuestra juventud es la chispa que nos debiera llevar a grandes alturas. Sin embargo, en vez de despegar, explotamos. Y seguimos siendo subdesarrollados. Con diferencias, pero subdesarrollados. ¿Cómo se explica esto? Múltiples fórmulas dan respuesta a esta pregunta. Todas se reducen a un concepto: internalizar el derecho. Hart lo da a conocer en “The Concept of Law”. En su libro, el autor inglés se refiere a la tensión entre dos grupos, que se puede presentar en toda sociedad que se rige por reglas. El primer grupo lo conforman quienes aceptan y cooperan voluntariamente con las normas. El segundo agrupa a quienes las rechazan, cumpliéndolas sólo ante la eventualidad de un castigo. En otras palabras, Hart habla de la tensión entre quienes internalizan la regla, y quienes sólo la siguen en forma externa. Su argumento se puede extrapolar a la sociedad internacional, formada principalmente por Estados nacionales.

Volvamos a Latinoamérica. Oímos decir que en Chile estamos, comparativamente y a rasgos generales, mejor que nuestro vecindario. Frías cifras avalan este comentario. Las nada frías descripciones de quienes viven o han vivido en otros países de la región también lo confirman. Nuevamente, explicaciones hay varias. La más simplista y pobre, basada en la ignorancia y ceguera del que la emite, interpreta nuestra relación con la norma en términos raciales. Somos tan europeos que nos comportamos como tales. Basta un corto paseo por cualquiera de las calles de nuestras ciudades y pueblos para comprobar lo europeos que somos... Otro argumento apunta a nuestra excepcionalidad histórica. Somos una isla, alejados del continente por desierto, cordillera y mar. Sin llegar a endosar absurdos descomunales, como nuestro pretendido carácter británico, no se puede negar que nuestra geografía ha determinado nuestro desarrollo. Vivimos en la finis terrae. Más finis que esto imposible. Después de nosotros están las ballenas y los pingüinos. La lejanía y la carencia de oro y plata nos condenaron a la pobreza. Las guerras y los terremotos vinieron a templarnos el carácter. Y la condena se convirtió en bendición. Cumplimos las reglas desde antes de la independencia. A la mala, con importantes excepciones, pero las cumplimos igual. Por lo menos, la mayoría de ellas. Si hay que esperar, esperamos. Si hay que apechugar, apechugamos. Incluso, si hay que callar, callamos. En resumen, Pedro Urdemales convive con nosotros, pero no nos gobierna. La corrupción ha corroído las sociedades latinoamericanas. Ésta aún no ha logrado erosionar nuestra estructura nacional. Todavía internalizamos el derecho. Es nuestra peculiaridad, y nuestro mayor capital.