Cada vez que puedo me doy una vuelta por las liquidadoras de libros. Ahí van a parar aquellos ejemplares que no han podido venderse en las librerías. Hay algunas mejores que otras, pero todas tienen ese dejo salobre de las orillas adonde llega lo que queda de los naufragios. Entre objetos inútiles, inevitablemente emergen tesoros insospechados. El “Manual del Distraído” es uno de éstos. Lo encontré en una liquidadora del centro de Santiago. Su autor es Alejandro Rossi, un ítalo-venezolano, nacionalizado mexicano, que vivió en Argentina, el Reino Unido y otros países, y que actualmente trabaja como profesor de filosofía en la UNAM. Es una excelente colección de ensayos, del tipo que tan bien ha escrito en nuestro país otro profesor de filosofía -en este caso, ex-profesora y de la Universidad Católica: Carla Cordua. Entre los ensayos de Rossi, hay un conjunto de textos cortos e independientes, que el autor tituló como “Sorpresas”. Uno de éstos dice lo siguiente:
"Cuando yo era adolescente pensaba que los grandes escritores eran personas incapaces de maldad. Mi razonamiento era a la vez simple y falso: la bondad acompaña a la comprensión, a la inteligencia, sin la cual –creía- es imposible escribir una página que valga la pena."
Yo también pensé lo mismo, alguna vez. Creí que la posibilidad de entenderse con la gente dependía de la inteligencia y la paciencia de los interlocutores. No había personas inteligentes que fueran malas. Sólo había personas inteligentes con quienes nadie se había tomado la molestia, y el tiempo, de razonar. Bastaba un simple silogismo para concluir que la maldad no sólo dependía del desamparo intelectual. También dependía del número de dedos de frente de cada individuo. ¿Se puede ser más ingenuo? Tan disparatadas ideas me llevaron a sobrevalorar la inteligencia en los demás, por sobre otras cualidades. Digo “la” inteligencia, porque para mí había una sola: la capacidad de entender y de comprender, de aprender, de utilizar adecuadamente el lenguaje y la lógica, de crear. La experiencia se encargó de derrumbar este castillo de naipes. Me demostró que la maldad no dependía de la capacidad intelectual de la gente, y que la inteligencia supera con creces dicha capacidad. Descubrí que las personas verdaderamente inteligentes son intuitivas, se adecuan al cambio, y conocen y respetan lo que los franceses llaman savoir vivre -ese conjunto de reglas de convivencia que permiten disfrutar de cada momento, sin pasar a llevar a los otros. En fin, aprendí que la maldad es una de esas ideas difíciles de definir en abstracto, pero fáciles de reconocer en la práctica. Una vez que nos hemos visto enfrentados a ellas.
