lunes, 6 de abril de 2009

Los cuadros de la estación Moneda

Un día de fines del 2007, después de haber pasado tres años fuera de Santiago, me bajé en la estación Moneda del Metro. Mi sorpresa fue grande. Un cuadro enorme me transportó mentalmente a la Reñaca de mi infancia. Volví a estar parado en la arena, frente a las rocas y las olas rompientes, de espaldas al entonces incipiente bullicio de esa playa. Los colores del cuadro evocaban de manera inconfundible la costa chilena -esa playa no podría haber estado en ningún otro lugar. Al darme vuelta y mirar hacia el andén opuesto, me encontré con otro cuadro del mismo tamaño que me llevó a los Andes, al atardecer. El macizo andino estaba bañado en ese inconfundible color plomizo, a veces púrpura, que adquiere la cordillera a la altura del Valle Central, a cierta hora del día, en cierta época del año. Ambos cuadros representaban los dos límites de Chile que mejor conozco. Al centro quedaban los carriles del Metro, flacos y largos como mi país. Había más cuadros en la estación. Hacia el oriente estaban representados paisajes del norte de Chile. Hacia el poniente, los del sur. La Portada de Antofagasta, el Valle del Elqui, la cordillera de Nahuelbuta, y el lago Llanquihue, entre otros lugares. Estaba también Santiago. Era una visión nocturna del sector de edificios altos y modernos que conforman un barrio disfuncional y que alguien bautizó, con ingenio y agudeza, como “Sanhattan”. No pude dejar de preguntarme quién había pintado estos cuadros, que reproducían con tal precisión paisajes tan chilenos.

Me acerqué al cuadro de la playa y vi el nombre de su autor: Guillermo Muñoz Vera. Nacido en Concepción, en 1956, Muñoz Vera estudió en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile. Vive actualmente en España, donde tiene una fundación y una escuela de arte en Chinchón, en las afueras de Madrid. Sus cuadros de la estación Moneda son catorce. El tema central es, a no dudarlo, el Chile de hoy. Sus paisajes me recordaron aquellos de Madrid que pintara Antonio López García, el gran realista español contemporáneo, en la década de los ‘60. Pero hay una diferencia. Los cuadros de López García carecen de vida. En ellos no se ven personas, ni se siente su presencia. El Madrid que nos muestra es una ciudad desierta y desolada, espectral. Y, por lo mismo, perturbadora, e imposible de olvidar. Los cuadros de Muñoz Vera, en tanto, no carecen de vida. En ellos no se ven personas, pero se siente su presencia. El Chile que nos muestra es un país más que poblado –es un país habitado. Como las pinturas de López García, las de Muñoz Vera son realistas. Hiper-realistas, si se quiere. No por eso dejan de tener valor artístico. Los cuadros de uno y otro no son simples afiches de paisajes conocidos. El Madrid de López García sólo existe en sus cuadros, así como el Chile de Muñoz Vera en los suyos. Son imágenes oníricas, que no reproducen la realidad, sino que al evocarla, la crean. No sorprende que el pintor chileno haya reconocido la influencia del eximio pintor español. Sí sorprende, en cambio, su exposición permanente de la estación Moneda.