domingo, 19 de abril de 2009

La cobardía de los prepotentes

La residencia de estudiantes donde viví en Holanda tenía forma de U. Era un edificio antiguo, con prestancia, enorme. Al centro tenía un lindo patio, celosamente cuidado por el dueño de la casita ahí emplazada. El patio, y los bordes superiores de la U que conformaba el edificio, daban a un canal. Mi pieza estaba en el segundo piso, en el borde superior izquierdo de esta U. Daba tanto al canal como al patio. Se podía llegar a ella de dos maneras: a través de dicho patio, o dando una larga vuelta dentro del edificio. El acceso por el patio tenía un problema: ahí vivía una pareja de gansos. La primera vez que los vi me parecieron simpáticos, incluso bonitos. Pero las apariencias suelen engañar. A los pocos días me quedó clarísimo que eran insoportables, particularmente el macho; la hembra hacía de comparsa. Ambos pasaban, la mayor parte del tiempo, en el patio o en el canal. A los que cruzábamos por su territorio nos miraban de reojo. Y nos miraban feo. De tanto en tanto, vaya uno a saber por qué, levantaban el cuello y el pecho, y empezaban a graznar agresivamente, batiendo sus alas y acercándose en dirección de quien osara cruzar por el patio. Entonces no quedaba otra que dar media vuelta y optar por el largo rodeo por el interior del edificio.

Unos patos y un cisne completaban mi pequeño zoológico doméstico. Los patos eran parte del elenco permanente de este escenario conformado por un patio y su canal. El cisne, en cambio, era un artista invitado -en este caso, autoinvitado. Mientras los patos eran regularmente correteados por los gansos, el cisne aparecía y desaparecía por el canal sin ninguna regularidad. Nadaba sin apuro, con toda elegancia. Era un macho blanco y, en más de una oportunidad, vino acompañado por una hembra. Lo veía acercarse desde mi ventana. Algunas veces en las mañanas, otras en las tardes, siempre imponente. Su figura y sus movimientos me hipnotizaban. El largo cuello curvado, la cúpula de plumas que formaba en su lomo con las alas, la gracia indescriptible que lo rodeaba... Esa rara mezcla de fuerza y fragilidad, que antes cautivara a los bardos de la mitología griega, germana, celta y nórdica, volvía para fascinarme a mí. Por unos minutos entendía la obsesión de Luis II de Baviera, ilustrada en el nombre y decorado de su castillo de Neuschwanstein. Apenas llegaba el cisne, los gansos desaparecían del patio y del canal. Y una vez que se iba, volvían a aparecer. La prepotencia de los gansos quedaba, por tanto, convenientemente restringida a patos y estudiantes despistados.

Cada vez que me topo con un arrogante, y por Dios cómo abundan, recuerdo esta pequeña historia de patos, gansos, y de un cisne.