Leí por ahí que el último Carnaval de Rio de Janeiro no se vio afectado por la actual crisis económica. ¿Irresponsabilidad carioca? Para nada. Quien llegue a esa conclusión no conoce o no entiende la naturaleza de la fiesta. Octavio Paz la expone maravillosamente en su ensayo de 1950, titulado “El Laberinto de la Soledad”. Allí sostiene que la pobreza de una sociedad puede medirse por la riqueza de sus fiestas. Da como ejemplo a su país. Se pueden dar otros, sin tener que salir de Latinoamérica. Como dice el autor mexicano:
"Las fiestas son nuestro único lujo; ellas sustituyen, acaso con ventaja, al teatro y a las vacaciones, al week end y al cocktail party de los sajones, a las recepciones de la burguesía y al café de los mediterráneos".
¿Mejor una fiesta que un espectáculo o una de esas reuniones hoy llamadas “evento”? ¿Mejor incluso que el fin de semana –ojalá largo- y las vacaciones? Así es. A través del espectáculo o del evento buscamos diversión, entretención; descanso por medio de la evasión. Lo mismo que buscamos a través de las vacaciones, del fin de semana y de los feriados. En la fiesta, en cambio, el tiempo se detiene: deja de ser sucesión y, por tanto, recupera su significado originario. Esto es, de un presente donde el pasado y el futuro se reconcilian. La fiesta permite volver, en forma momentánea, al tiempo mítico que tan bien describiera Mircea Eliade. Hablo de ese tiempo fuera del tiempo que, más que anteceder a nuestra temporalidad, la genera.
Las jerarquías y las distinciones sociales desaparecen en la fiesta verdadera. El orden tradicional de la sociedad se altera, y se anula temporalmente la estructura normativa imperante. De esta forma, el exceso reemplaza a la moderación impuesta por las reglas, y lo imposible pasa a ser posible. Joan Manuel Serrat describe lo anterior en una canción que se llama, justamente, “Fiesta”. En ella habla de un olvidarse que cada uno es cada cual. Así “[…] el noble y el villano / el prohombre y el gusano / bailan y se dan la mano / sin importarles la facha”. Tras la fiesta y sus excesos, retorna la normalidad. En toda su crudeza. Como señala Serrat, se despierta el bien y el mal, y “[…] con la resaca a cuestas / vuelve el pobre a su pobreza, / vuelve el rico a su riqueza / y el señor cura a sus misas”.
Entre fiesta y fiesta, vivimos en un año regido por el reloj y el calendario. Durante esos largos días, somos individuos, separados los unos de los otros. Con la fiesta, esa sensación de vivir aislados se desvanece. Pasamos a ser parte de un todo social, en cuya participación adquirimos finalmente sentido. Octavio Paz lo describe como “una comunidad viva en donde la persona humana se disuelve y rescata simultáneamente”. En la fiesta salimos de nuestro encierro, poniéndonos en contacto con los otros, con lo otro y, en ocasiones, con el Otro. En contraposición al ente lleno de vida que constituye el pueblo en fiesta, se encuentran las masas modernas. Paz las califica como simples aglomeraciones de solitarios. Explica que en los países ricos no hay tiempo, ganas, ni necesidad de festejar de verdad. Basta con juntarse, en grupos pequeños, a evadirse.
En los países pobres, esta evasión en cómodas cuotas, sin interés, no es factible. La única manera de soportar la miseria del día a día es la perspectiva de una fiesta. Dicha perspectiva sirve de evasión; la fiesta misma, de catarsis. Y es la liberación, que ofrece la catarsis, lo que falta en los espectáculos, eventos, vacaciones, fines de semana y feriados del mundo contemporáneo. Se entiende, por tanto, lo del Carnaval de Rio. La fiesta no es negociable: las crisis vienen y se van, pero el efecto de la fiesta permanece. Es lo que las hace tolerables. El gasto que a primera vista parece excesivo, no es tal. Concuerdo con el escritor mexicano en que, lejos de ser un derroche, la fiesta es una inversión, una trampa mágica a través de la cual se espera atraer la abundancia por contagio.
“El Laberinto de la Soledad” está lleno de estas y otras ideas, expresadas en palabras precisas que describen con profundidad realidades complejas. Un texto así no puede sino dejarnos pensando. Y cuestionarnos. Por ejemplo, ¿es el 18 de Septiembre una verdadera fiesta? Pareciera que no. En el mejor de los casos, nuestra festividad nacional es una ocasión más para pasar un buen rato en familia o con amigos. En el peor, una pura tomatera carente de todo significado. Como sea, no tenemos otra celebración que se acerque al concepto de Octavio Paz. A medio camino entre un país pobre y uno rico, Chile tiene hoy espectáculos, eventos, vacaciones, fines de semana y feriados de todo tipo. En otras palabras, tiene evasiones varias, pero no una fiesta. Quizás por lo mismo nos hemos llenado de farmacias.
