sábado, 23 de mayo de 2009

La presencia de una ausencia

A mi título de abogado le falta una firma. Lo noté casi al momento de recibirlo. Tiene todas las otras, y no son pocas. Pero no cubren ese espacio vacío. ¿Cómo llenarlo? ¿Ubicar al ministro de la Corte Suprema, cuya licencia médica lo libró de garabatear un montón de títulos profesionales de desconocidos? Y una vez ubicado, ¿pedirle que firme el mío, como lo hizo más de alguno de los que juraron ese día? Rechacé esa solución en su momento por absurda, por obsesiva. Todo tiene un límite. Sin embargo, no pude olvidar la firma ausente. Había allí un significado que no podía descifrar. Ese espacio vacío me sugería que algo faltaba al final de mis estudios de pregrado. Y que algo faltaba al inicio de mi carrera profesional.

Como tantos otros, elegí estudiar derecho por descarte. Antes pensé en ingeniería comercial, carrera-comodín de los vocacionalmente desorientados. Un buen profesor de mi colegio insistió en que no me apresurara, que pensara en otras posibilidades, que no descartara las humanidades. Con toda ignorancia, opté por una ciencia social. Mi encuentro con la enseñanza proto-medieval chilensis del derecho fue traumático. Perdí el escaso interés que tenía por la carrera. Confundido, frustrado, pensé que quizás me había equivocado de universidad. Pronto comprobé que en la otra Facultad potable, del Santiago de entonces, se enseñaba igual el derecho. Seguí mis estudios sin entusiasmo, digamos con estoicismo, refugiándome en las humanidades que no encontré en mi carrera. Leí bastante de historia y literatura en esos años. Pero no de derecho.

Memorización ex ante + repetición in situ = nota - olvido ex post. Esta ecuación se repitió una y otra vez en mis años de pregrado. En gran medida los resume, y explica mi decisión de estudiar estética en la Facultad de Filosofía, en paralelo a derecho. Explicación parcial, por cierto, pues debo esa decisión también al fantasma de la promesa incumplida de derecho, a las humanidades que ahí no encontré. En el Instituto de Estética, de la Universidad Católica, recuperé mi condición de individuo pensante. Nunca más volví a responder en forma irreflexiva, por complacer. Y me volvió el alma al cuerpo. Obtuve mis grados de licenciado en estética y de licenciado en derecho. En ese orden, y con meses de diferencia. Obtuve también mi título profesional, al año siguiente, y con su firma faltante. Trabajé un par de años como abogado en una empresa. Al poco andar, mi pega se tornó monótona, rutinaria. Mecánica.

En ese contexto, opté por ir a estudiar un magíster afuera. Elegí especializarme en derecho internacional en los Países Bajos. Contra la opinión de todos, o casi todos. En clases socráticas, a orillas del Mar del Norte, me reencontré con mi carrera. Descubrí entonces, y para mi sorpresa, un desconocido interés por el derecho. Al cabo de un año, regresé a Chile, y retomé mi trabajo de abogado en un estudio jurídico. Y ahí seguía la firma ausente... Volví a vincularme a la universidad donde estudié el pregrado. Fui ayudante e instructor de derecho internacional. Después me fui nuevamente de Chile. Esta vez a un doctorado, a Escocia y por tres años. En la investigación, al otro extremo del Mar del Norte, confirmé mi interés por los problemas derivados de la regulación social. Los mismos que años antes me habían sido tan distantes, tan ajenos.

Hoy trabajo en la Facultad de Derecho. Y a mi título de abogado le sigue faltando una firma. Pero ya no me molesta –descifré su significado. Ese espacio, al parecer vacío, está colmado de preguntas por hacer, y por hacerme. La firma ausente me recuerda que sin un espíritu crítico, sin inquietudes y desvelos, un título profesional no es más que un papel impreso y rayado, enmarcado y colgado: una simple condecoración, por una batalla olvidada.