Ese es el nombre de una excelente exposición sobre arte colonial latinoamericano en el Centro Cultural Palacio La Moneda. Incluye pinturas y esculturas religiosas. Incluye también otros objetos de devoción: hay retablos, custodias, relicarios, fanales. Todos provienen de iglesias, museos, y colecciones privadas nacionales. Sorprende encontrar semejante variedad y riqueza, en lo que fuera uno de los rincones más pobres y remotos del Imperio Español. Poco visible y esparcida, es cierto, pero riqueza al fin. La exposición se organiza así: en la sala ubicada al oeste del centro cultural están los objetos de piedad privada; en la sala ubicada al este, están los de piedad pública. No es una división ficticia. Si bien la fe es una, se manifiesta de distintas maneras.
Hay piezas hechas en el Cusco y en Quito, en la Audiencia de Charcas y en Chiloé. Algunas son renacentistas y otras barrocas; todas lo son a su manera. En eso radica su originalidad. Las elaboraron manos indígenas, mestizas, criollas y europeas. Los rígidos modelos de la metrópoli, impuestos por una cruz que con frecuencia adquiría la forma de una espada, cedieron ante el embrujo americano. En el arte colonial se funden las culturas que convergen en nuestro continente. Su imaginería es un reflejo de la vida en ese mundo cosmopolita en el que se mezclan aborígenes, europeos, africanos y asiáticos. Es justamente en esta época que se sientan las bases de lo que será la exuberante cultura de Latinoamérica, con todas sus contradicciones. Esa cultura que todavía estamos construyendo. Y descubriendo, gracias a exposiciones como ésta.
En cada pieza de arte colonial se desborda el ser encorsetado del latinoamericano. La historia narrada viene de lejos, pero la forma de narrarla es nuestra. Los personajes bíblicos toman la fisonomía de los habitantes del entorno indiano, y se les rodea de la vegetación y fauna autóctonas. Esta imaginería, con sus colores audaces y sus contornos imposibles, nos recuerda que el adjetivo que acompaña a nuestro territorio no es aleatorio. Es un nuevo mundo, qué duda cabe: aquí lo español se americaniza, y lo indígena se europeíza. El resultado es un mestizaje caprichoso, desordenado; por lo mismo, lleno de vida. El arte colonial canaliza las pulsiones trascendentes de una cultura que ya se anuncia como peculiar, como propia.
Hay algo que distingue a esta exposición de otras. Las piezas expuestas no son simples obras de arte –son objetos de devoción. Muchas de estas imágenes provienen de comunidades cuya identidad se ha creado en torno a ellas. El cariño y el orgullo colectivo las acompañan, y les confieren una dignidad y una nobleza que no se adquiere en subasta alguna. Esta particularidad la tienen tanto las imágenes de piedad pública, como las de piedad privada. Son cuadros y figuras a las que se les reza, se les conversa y también se les llora, se les pide perdón y se les agradece. Las piezas expuestas son obras a las que no se venera por sus cualidades artísticas, sino por representar a personajes que viven en la fe, y de la fe, de sus devotos. Es lo que las hace especiales. Mejor dicho, únicas.
