La felicidad no es un estado permanente y accesible como tal. Lo sabemos, o al menos lo intuimos. Y, sin embargo, la buscamos obstinadamente, en esos términos. Al hacerlo, olvidamos que la felicidad está compuesta de momentos, no siempre ligados entre si, que se presentan sin ninguna regularidad. Se puede intentar atraerla, pero nada nos asegura que venga, ni que vuelva. La felicidad no es sólo arbitraria, sino también contradictoria: es injusta y, al mismo tiempo, profundamente igualitaria. En otras palabras, le llega a todos a lo largo de la vida –en forma más o menos recurrente, en pequeñas o grandes dosis; no importa mucho lo que hagamos. Sin respetar posición social u económica, reloj ni calendario alguno, la felicidad viene cuando quiere, y a menudo lo hace de la mano de las personas, cosas y situaciones menos esperadas. O sea, también es lúdica, y puede llegar a ser cruel. Es posible enseñar a reconocer los momentos que la constituyen. Pero, como toda enseñanza, depende de nosotros aprenderla. Si bien nada nos asegura su ocurrencia, hay actitudes que ayudan en dicho reconocimiento. Hablo de esos comportamientos que involucran pequeñas y grandes decisiones, tomadas a diario, y que nos llevan a un determinado estado mental, en el que somos –por así decirlo- más yo que circunstancia.
Tuve uno de esos momentos en Londres, hace un par de años. Había ido a un seminario, terminado el cual decidí pasear un rato. Caminando a la altura de Piccadilly Circus, se desató una de esas lluvias que tan bien describe la palabra aguacero. Entre empaparme innecesariamente o entrar a matar el tiempo en la tienda Virgen Records, que daba a la famosa esquina, opté por lo obvio. Me fui derecho a la sección de música clásica. Separada por vidrios de la estridencia del resto de la tienda, dotada de acogedores sillones donde escuchar con toda tranquilidad los discos recién llegados, y con menos clientes que puedan amenazar la interrupción de lo que prometía ser un buen rato, fue una elección fácil. Escogí un rincón cualquiera para esperar que el caprichoso clima londinense me permitiera volver a mi paseo. El aparato ubicado al lado del sillón ponía varios discos a mi disposición. Me decidí por el que tenía la “Fantasía sobre Temas de Carmen de Bizet”, de Pablo de Sarasate. Sentado frente a un ventanal que daba a la calle, me puse los negros y voluminosos audífonos, y apreté play. Fueron once minutos y medio inolvidables, en los que rodeado por un violín y una orquesta omnipresentes, miré la lluvia caer sobre Oxford Street.
Inexplicablemente, no compré entonces el compact disc -después me arrepentí. Por un buen tiempo no volví a verlo, hasta que lo encontré en una disquería, ya de vuelta en Santiago. Esta vez no lo dudé: compré la versión de Sarasate, pero no lo escuché. Me faltaba la lluvia, y ésta se hizo de rogar. La espera, y la anticipación que siempre la acompaña, aumentaron mis ganas de escuchar el disco. Cuando finalmente llovió en Santiago, la ciudad estaba fría, y estaba gris. Todo era perfecto. Sentado frente a una ventana que da a un patio de la Casa Central, puse el compact disc en mi computador, y apreté play. Por once minutos y medio, me envolvieron las melodías de Bizet, en la adaptación de Sarasate, llevándome en la mente a aquella tarde en Inglaterra. Visualizaba el ventanal de la tienda londinense, mientras mi vista se posaba en esa punta del Cerro Santa Lucía, que se ve desde mi oficina de la Facultad de Derecho. La música y la lluvia me proporcionaban una felicidad que mezclaba con delicadeza el recuerdo y la vivencia. Fue, claro, una felicidad distinta a la sentida en Piccadilly Circus. No obstante, fue sorprendentemente parecida.
