Dos noches: con eso tendría casi tres días para conocer Panamá a mis anchas. En mi cabeza se mezclaban las calles de la Habana Vieja y los edificios nuevos de Miami, junto al Canal y su zona -con sus barcos, esclusas y barrios gringos transplantados. Todo rodeado de un agradable clima tropical permanente. Cuando me decían que Panamá era un excelente lugar para ir de compras, que estaba lleno de centros comerciales, sólo respondía con una sonrisa diplomática, breve y silenciosa. ¿Irme a meter a un mall, en Panamá? Si ya los evito en Santiago (difícil tarea, pero no imposible), ¿qué interés podría tener en encerrarme en uno, estando en semejante lugar? Así pensaba. Y con esas antojadizas ideas llegué a Panamá.
Antes que al país, conocí a su duty free. Mi destino final era Guatemala y, al viajar en Copa, tuve que cambiar de avión en Panamá. En la espera de más de dos horas que esto involucró, aproveché de pasearme por las tiendas de su aeropuerto. Aparatos eléctricos varios; trago a granel; algo de ropa y bolsos de marca; perfumes, cremas y demases; y uno que otro recuerdito del país. Para mi sopresa, ningún libro. ¿Habrá mejor lugar para leer que un avión, que un aeropuerto? Días después, volviendo de Guatemala, conocí por fin la ciudad. Ahí tuve mi primer encuentro con el insoportable calor húmedo de Panamá. A la salida del aeropuerto tomé una minivan a la ciudad, cuyo conductor insistió porfiada e infructosamente en sobrepasar a los otros conductores entrampados en la colapsada autopista. Durante todo el trayecto.
No me gustó lo que vi entonces por la ventana: construcciones de cemento toscas y sucias, veredas maltrechas que no invitan a ser caminadas. Centros comerciales al aire libre, tipo gringo, se sucedían de tanto en tanto. La ciudad misma no me pareció mejor. Aparte del sector de edificios altos y modernos que están frente al mar, los barrios de Panamá tienen un exceso de cemento y esa pátina tropical, corrosiva, que provocan las manchas de humedad. Mientras miraba sin entusiasmo por la ventana, trataba de ubicarme con mi mapa de la ciudad. Noté que pasaríamos por la Universidad de Panamá. Siempre que puedo, visito alguna institución de educación superior de la ciudad donde estoy. Busco las universidades tradicionales, y voy a sus edificios más antiguos, los que normalmente albergan hoy oficinas administrativas. No pocas veces, se encuentra en ellos todavía a sus facultades de derecho. Una pequeña caminata por los pasillos de estas universidades me sirven para tomarle el pulso intelectual a la ciudad de turno. Sin embargo, cuando pasamos por la afueras del campus de la Universidad de Panamá, mi desilusión fue mayúscula. En su entrada se erguía una edificación horrible, llamada nada menos que “Paraninfo”. Flanqueándola, había otras construcciones mal envejecidas y manchadas. Hasta ahí no más llegó mi interés por conocer la Universidad de Panamá.
El hotelito donde tenía mi reserva estaba bien ubicado. No me demoré mucho en estar de vuelta en la calle, patiperreando. El transporte público se veía poco promisorio, así que opté por un taxi y me fui al centro, a lo que los panameños llaman el Casco Viejo. Me bajé frente a la Catedral, en una bonita plaza. Recorrí por un buen rato las pocas cuadras que componen esta parte de la ciudad. El Casco Viejo me recordó a Cádiz –un Cádiz venido a menos, es cierto, pero no por eso sin su encanto. Lo que se hereda, no se hurta. Mirando edificios y placitas, me detuve en la costanera que da al Océano Pacífico, que en Panamá todavía se conoce como “Mar del Sur”. El opresivo calor húmedo pudo más que mi entusiasmo. Para mi sorpresa, terminé el primer día de mi estadía pidiéndole a un taxista que me llevara a un mall. No es que quisiera ir de compras. Quería un lugar con aire acondicionado. Me recomendó el “Multiplaza”, y ahí partimos. Poco se puede decir de un mall, que no se pueda decir de otro. Si tuviera que describirlo para chilenos, diría que es un equivalente al “Alto Las Condes”, aunque más pequeño. El mismo tipo de tiendas, el mismo tipo de marcas, y la misma cantidad de gente, en un fin de semana.
A la mañana siguiente, partí a la Zona del Canal. Me pasó a buscar el mismo chofer tropical del aeropuerto. Lo dejé en el Centro de Visitantes, saludando efusivamente a cuanto guardia, guía, o funcionario se le cruzara por delante. Desde la terraza de la azotea del edificio miré pasar un par de enormes buques por el sistema de esclusas. Fue una media hora muy entretenida, a pleno sol panameño. Miraba la operación del canal y pensaba: pronto cumplirá cien años, y funciona en forma ininterrumpida veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Imaginar su construcción, y los innumerables barcos que han pasado por ese mismo punto desde su inauguración, me llenaba de asombro y me hacía olvidar el calor y la humedad. Pero no por mucho rato. De vuelta en la minivan, recorrí la Zona del Canal. En el territorio que lo rodea, los gringos construyeron de todo. Había un tren, un aeropuerto, hangares, barracas, campos de entrenamiento, estadios, bodegas, depósitos, y oficinas administrativas. También había barrios residenciales enteros, que incluían colegios, hospitales, bombas de bencina y de bomberos, almacenes, cines, e incluso un McDonalds. Un verdadero enclave gringo, dentro de un país creado por ellos con el único objetivo de construir una conexión a su pinta entre el Pacifico y el Atlántico.
Mi tour por la Zona del Canal terminó… en otro mall. Enorme. Se llama Albrook, tiene alrededor de un kilómetro de largo, y está construido en antiguas bodegas gringas. A diferencia del “Multiplaza”, aquí las tiendas son principalmente outlets. Sin interés por bucear la “ganga” en las interminables hileras de objetos que se ofrecían tienda tras tienda, ni de volver al calor húmedo de la ciudad de Panamá, decidí ver una película. La oferta del cine de este mall se reducía, principalmente, a las últimas versiones de "Harry Potter" y "La Era de Hielo". Recordé una película que me tincó el día anterior en el “Multiplaza”. Y para allá me fui, no sin antes parar en otro mall más: el “Multicentro”. Todo sea por matar el tiempo en lugares con aire acondicionado. En el trayecto entre uno y otro, pude mirar de cerca el barrio financiero, del que están tan orgullosos los panameños. Mucho edificio alto y nuevo, pero uno pegado al lado de otro, sin espacios verdes entre medio. Tan pobre planificación urbana me hizo pensar en lo que serán las terminaciones de estos edificios y la vejez del conjunto en ese clima, en unos años más. Con estos pensamientos volví al “Multiplaza”, a ver “State of Play” y comer cabritas. Saladas.
Empecé mi último día temprano. Me quedaban por ver las ruinas de la primera ciudad, fundada por los españoles en plena conquista. La había imaginado mil veces, a propósito de recurrentes lecturas de historia latinoamericana. Se paseaban en mi mente los Pizarro, y otros aventureros que iban y venían del Perú; el riquísimo arte del Imperio Inca y de su gente, transformado en anónimos lingotes que financiarían desastrosas guerras europeas; curas, frailes y monjas, entrando y saliendo de las infaltables iglesias, monasterios y conventos. Sabía que el poblado había sido evacuado y destruido, a raíz del ataque del pirata Henry Morgan en el siglo XVII. Lo que no sabía era lo poco que quedaba de esa primera ciudad. Panamá la Vieja es hoy un par de parques, con ruinas reconstruidas, y un puentecito idem sobre un pequeño estero maloliente. Con medio día a mi disposición, habiendo visto todo lo que me interesaba, y sin ganas de repetirme nada, opté por volver al lugar más agradable que había visitado en esos días: el mall “Multiplaza”. Eran las 10:30 de la mañana, y tenía que esperar hasta las cinco de la tarde, hora en que me pasarían a buscar para ir al aeropuerto. ¿Qué hacer? Miré los horarios de las películas: la primera tanda empezaba a las 12pm; la segunda, a las 2:30. Alcanzaba a ver dos.
Tener que matar el tiempo en un mall, que ya se conoce bien, es todo un desafío. Y un peligro. De puro aburrido uno empieza a encontrar ofertas, y uno termina por llevarse cosas que no tenía pensado comprar. Pronto me enteré que, por ser lunes, el cine no abría a las 12pm, sino que a las 2. Mejor me compro un libro, pensé. Pero ¿dónde? En el “Multiplaza” no hay una librería. De hecho, vi sólo tres en Panamá: una vendía únicamente libros evangélicos; las otras dos eran el equivalente a la única librería que encontré en su momento en Castro, Chiloé. Ninguna estaba en ese mall. Me acordé de haber visto unos pocos libros en un Sanborns, una tienda de departamento gringa. Entre diccionarios, guías de viaje, textos de estudio escolar, best sellers, libros esotéricos y de autoayuda, de marketing y de liderazgo, encontré algo de literatura y de historia. Me compré una biografía de Mario Benedetti y, con mi nueva adquisición, busqué un lugar donde poder sentarme a leer. Encontré un banquito disponible en un pasillo del segundo piso. Mientras leía sobre la infancia y juventud del escritor uruguayo en su país natal, no podía dejar de sentirme raro. Era uno de los pocos jetones en el mall con un libro en la mano, uno de los poquísimos que lo teníamos abierto, y probablemente el único que no lo estaba hojeando de pie, sino que se había sentado derechamente a leerlo.
De tanto en tanto, levantaba la vista y veía pasar a la gente por el pasillo. Para un lado, para el otro. Cada vez que retomaba la lectura, me parecía que hacía algo clandestino, casi obsceno. Es una sensación que no había tenido antes, leyendo en otro lugar público. Claro que nunca antes me había instalado a leer en un mall. Sin ganas de cuestionarme el por qué de esa sensación, seguí con mi lectura hasta que llegó la hora de comprar la entrada para la función de las 2:30pm. Esta segunda película era un bodrio, nada que ver con la del día anterior. Pareciera que la vida tiende al equilibrio hasta en los más ínfimos detalles. Llegada la hora, volví al hotel, donde el inefable chofer de la minivan me llevó por el mismo taco de la venida –esta vez, en sentido contrario, y escuchando a Rubén Blades. El de “Pedro Navaja”. Y el de las propagandas de una Panamá que en nada se parece a la que conocí.
