Una leyenda quiteña, de la época colonial, cuenta la historia de un franciscano conocido por su picardía y desfachatez. La protagoniza un tal Padre Almeida, quien ingresó al convento de San Diego a los diecisiete años; más por un desengaño amoroso, que por vocación. Allí, en la soledad de su celda, trató en vano de aplacar su naturaleza inquieta a través de la oración. Un día, otro fraile tocó a su puerta, y le contó de sus escapadas nocturnas del convento, y de sus andanzas por Quito. La promesa de aventuras pudo más que las plegarias. Bastó una salida para que el joven franciscano se hiciera adicto a las noches de desenfreno que se ofrecían fuera de las tapias conventuales.
Saltaba el muro, y estaba en la ciudad. Al principio se escapaba con otros compañeros. Iban a fiestas concertadas por los mismos frailes con desinhibidas mujeres. ¿Cómo y cuándo las acordaban? Nada menos que al momento de recoger las limosnas, en las misas. Al Padre Almeida lo ayudaban su buena facha y simpatía, así como su habilidad con la guitarra y buena voz. No era, entonces, casualidad que sobresaliera entre los otros franciscanos, y los dominicos y agustinos que también llegaban a las alegres jornadas. El entusiasmo del Padre hizo que pasara de participante a promotor de las escapadas. No había noche que no saliera. Pronto, el fraile a cargo del convento comenzó a sospechar e hizo levantar sus muros, para dificultar las salidas clandestinas. Los díscolos frailes no se atrevieron a seguir con su agitada vida nocturna. Esto complicó al Padre Almeida.
Ocurrente y empeñoso, encontró una salida –la ventana de la capilla que daba a una plazoleta. Para alcanzarla, el Padre debía trepar a través de una escultura de un Cristo crucificado. Apoyándose en sus hombros, llegaba a la ventana; una vez allí, saltaba a la placita. Terminada su ronda diaria, volvía a entrar por la misma ventana. Así lo hizo muchas veces, hasta que el Cristo se cansó. Una noche como otras, al apoyarse en los hombros de la figura, le escuchó decir: “¡Hasta cuándo, Padre Almeida!”. El interpelado guardó silencio por un buen rato. Luego contestó: “¡Hasta la vuelta, Señor!”. La noche siguiente se repitió la escena. Y así, sucesivamente.
Una madrugada, mientras el fraile volvía al convento con varios tragos de más, se encontró con un cortejo fúnebre. Curioso, se acercó al difunto y levantó la manta que lo cubría. Se vio, entonces, a si mismo muerto. El impacto que esto le produjo fue brutal. Volvió al convento corriendo, y se trepó por la ventana de la plazoleta. Al apoyarse en los hombros del Cristo crucificado, oyó la frase tantas veces escuchada. Sin responder, el fraile entró al convento para nunca más salir. Por lo menos, en las noches. Agrega la historia, que a partir de ese día el fraile llevó una vida monástica ejemplar, que lo acercó a la mismísima santidad.
Es simpático el relato, qué duda cabe. Pero, ¿es realmente una leyenda? En otras palabras, ¿el escenario es histórico, y los personajes y sucesos bordean lo fantástico? El convento quiteño de San Diego existe; la capilla ahí está todavía. Sin embargo, el que una escultura hable es, por decir lo menos, poco probable. Para un no-creyente, será derechamente imposible. No así para alguien que tiene fe, y que cree en milagros. El verse a si mismo muerto, también se puede interpretar de diversas maneras. Efectos del alcohol, dirán unos. Para otros, habrá un nuevo elemento sobrenatural involucrado.
Y ¿qué hay de la repentina y definitiva conversión del descarriado franciscano? El asunto no es menor. Si el fraile modificó en forma radical su vida únicamente por el temor que dicha visión le produjo, el relato no resulta creíble. No hay cambio verdadero que provenga del miedo. Por el contrario, si la visión gatilló en él una conversión que se venía incubando, quién sabe desde cuándo, la historia resulta verosímil –y profunda. Sólo en este último caso, se podría hablar con propiedad de la leyenda del Padre Almeida.
