sábado, 12 de septiembre de 2009

La Antigua

Mi primer recuerdo de esta ciudad se remonta a una película argentina basada en el libro de una escritora chilena. La película y el libro son olvidables –no así el lugar donde se sitúa la historia. La Antigua fue fundada como Santiago de los Caballeros de Guatemala, capitanía general que comprendía los actuales El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica. Vale decir, toda la Centroamérica española. La ciudad creció y se desarrolló hasta el siglo XVIII, cuando diversos terremotos destruyeron gran parte de ella y provocaron la fundación de otra capital: la Nueva Guatemala de la Asunción, hoy conocida simplemente como Ciudad de Guatemala. Las autoridades de entonces ordenaron el abandono de Santiago de los Caballeros. Pero no todos se fueron. Así nació la Antigua Guatemala.

Los mismos terremotos que llevaron a la decadencia de la ciudad, son los que terminaron por salvarla. La Ciudad de Guatemala sufrió todos los embates del nefasto afán modernizador que cruzó Latinoamérica en el siglo XX, y que causó la destrucción de una parte importante de nuestro patrimonio arquitectónico. La Antigua Guatemala, en cambio, se mantuvo incólume. A la sombra de la nueva capital, el poblado languideció en una larga siesta de más de dos siglos. Hoy, es una de las pocas ciudades coloniales que quedan en nuestro continente. Año tras año, llegan los visitantes atraídos por su clima, su entorno, su arquitectura, su artesanía, y su gente. Casi la totalidad de sus calles conforman cuadras, en las cuales se alzan principalmente solares, con sus respectivos patios interiores. Cada puerta es una invitación a descubrir los pequeños mundos que se ocultan tras los zaguanes. Irresistible, para el curioso.

A diferencia de tantos otros lugares turísticos, la Antigua no se caracteriza por sus iglesias o conventos, sino por sus ruinas. Los terremotos botaron las numerosas construcciones religiosas esparcidas por la ciudad. Algunas han sido reconstruidas, pero la mayoría siguen derrumbadas. Caminando por estas ruinas recordaba las palabras de Marguerite Yourcenar, en “Le temps, ce grand sculpteur". A propósito de las esculturas griegas, decía: “Estatuas rotas, sí, pero rotas de una manera tan acertada que de sus restos nace una obra nueva, perfecta por su misma segmentación”. Eso es justamente lo que pasa con las ruinas de los edificios de la Antigua. Los arcos, capiteles, columnas, relieves y ornamentaciones restantes se destacan de una manera que, en el conjunto de la construcción entera, quizás nunca habríamos notado. Atraído desde siempre por la belleza romántica, gocé intensamente cada minuto de la visita a cada una de estas ruinas.

Paseando por las calles de la Antigua di con una especie de reserva de agua, al final de una bonita plaza. No recuerdo su nombre, pero sí que estaba al lado de las ruinas del Convento de Santa Clara. En ella, las mujeres todavía lavan su ropa, y la de sus familias. Como en la Colonia. Mirándolas trabajar, me acordé de una historia que me contó un antropólogo sobre un pueblito chileno, muy pobre, al que llegó un día el agua potable. Según me dijo, las autoridades regionales estaban muy contentas, porque ahora las mujeres no iban a tener que bajar al río a lavar, acarreando de ida y de vuelta la ropa de toda la familia. Ahora, razonaban, cada una podría trabajar en sus casas. Lo que las autoridades no pudieron prever fue el aumento considerable de depresiones que esto produjo entre las mujeres del pueblito. Lavando solas en sus hogares, ya nadie las acompañaba. El agua potable había terminado con sus copuchados días de lavandería junto al río.

A un lado de la Catedral de la Antigua está el edificio donde funcionó la Universidad de San Carlos Borromeo, una de las primeras de América. Fundada en el siglo XVII, fue traslada más tarde a la Ciudad de Guatemala, donde con el tiempo se transformó en otra de esas instituciones aquejadas de todos los males que corroen actualmente a la educación pública en Latinoamérica. Junto a la universidad, estaba lo que fuera el Colegio Tridentino. Allí se educaba a los futuros sacerdotes de la diócesis. Un poco más allá, el Palacio de los Capitanes, desde donde se gobernaba la Capitanía General; la Plaza de Armas; y el Ayuntamiento, a cargo de la ciudad. Todo muy barroco. Recorriendo las calles de la Antigua, imaginaba la vida de sus años coloniales. Reconstruía en mi mente iglesias, conventos, palacios y casas. Desaparecían los autos, y volvían los caballos y las carrozas. La ropa se hacía menos cómoda, pero más bonita. Como hoy, se veía riqueza; por desgracia, también había demasiada pobreza.

Caminaba por las calles sin rumbo fijo, dispuesto a dejarme sorprender por la ciudad. Acompañada por sus volcanes, ésta no me defraudaba. No me había ido, y ya quería volver a la inolvidable Antigua Guatemala.