El 19 de Septiembre es el Día de las Glorias del Ejército de Chile. Tenemos un desfile todos los años, y el del 2009 prometía ser el más grande nuestra historia: comenzamos a celebrar el Bicentenario. Me senté frente al televisor, dispuesto a ver la parada completa; hace tiempo que quería hacerlo. Me paré tres horas más tarde, medio mareado de tanta marcha, y tanto milico. En esas tres horas aproveché de pensar un poco más sobre Chile, algo que vengo haciendo desde que tengo memoria. “Lindo país esquina, con vista al mar”: así lo describía con humor la compañía de teatro Ictus, en los nada simpáticos años ‘80. La verdad es que me intriga mi lindo país, y lo quiero. Quizás por eso, también me duele. A veces.
Objetivamente, la parada militar es fome. Como cualquier otro desfile de estas características, se le puede calificar de monótono, con toda justicia. En mi caso, es un gusto adquirido. Cuando era chico no había TV por cable. El 19 de Septiembre se miraba la parada, o no se veía tele. Así de simple. Como sea, nuestro desfile militar siempre me ha impresionado, y me llena de orgullo. “Ya, seguro que este gallo es medio facho”, pensará más de alguno. Nada de eso: fui formado en el diálogo y en las razones; tanto como lo fui en la expresión de los sentimientos. De ahí que me resulte ajeno e incómodo el régimen autoritario que impera en los cuarteles –el mismo que rigió al país entero por 17 largos años. Pero me agrada el orden; soy chileno.
No es coincidencia que nuestro día nacional sea el 18 de Septiembre, y el del ejército el 19. Concuerdo con la tesis de Mario Góngora, en su “Ensayo histórico…”: la nación chilena se construyó en base a su Estado. Habría que agregar que el Estado se construyó en torno a una elite. Como en el resto de Latinoamérica, y tantos otros países descolonizados. Al gobierno de los peninsulares, siguió el de los criollos. Nuestra elite, eso si, fue exitosa. Y parte importante de ese éxito se lo debe a su ejército. A través de las fuerzas armadas, el pueblo se incorporó paulatinamente a la nación chilena. Otras estructuras estatales vinieron a complementar esta labor integradora. Por eso somos un país ordenado, legalista, fomeque –asfixiantemente homogéneo, como un regimiento.
Antes del desfile militar, aparece un grupo de huasos y huasas que ofrecen un esquinazo. Después viene un puñado de mapuches a hacer lo suyo. Más tarde empieza la parada. ¿Hay mucha diferencia entre el huaso, el mapuche, y el militar? Aparte de las respectivas tenidas, ninguna. O casi ninguna. ¿Es que eligen tipos parecidos, a propósito? No, somos así no más: un pueblo mestizo, tanto del punto de vista racial, como cultural. Lo que demuestra la artificialidad del conflicto reciente en la Araucanía. Esos supuestos indios que uno ve en la tele, o en los diarios, son tan chilenos como cualquiera de nosotros. En fin, lo de los huasos y los mapuches es un aperitivo medio latero antes del plato de fondo: la parada misma.
Ésta comienza con las escuelas de las distintas ramas de nuestras fuerzas armadas. Primero viene la Escuela Militar, que marcha al son de “Radetzky”, una pieza austriaca, usando uniformes prusianos (paso de ganso incluido). Nada de lo anterior es chocante en Chilito –ya es parte de nuestras tradiciones. Sigue la Escuela Naval, muy british, con una alegre marcha en base a instrumentos de percusión y de viento, que hacia la mitad se pone bastante más pesada. Después viene la Escuela de Aviación. Siempre me han parecido los más deslucidos de todos. No es por falta de marcialidad, sino por esos trajes pseudo-gringos, que nunca me han convencido. Los que sí me impresionan, y mucho, son los pacos. Perdón, la Escuela de Carabineros. El profesionalismo de estos tipos es asombroso. Hablar de la policía chilena me tomaría una entrada entera de este blog. Y seguro que quedo al debe.
El asunto empieza bien, y va mejorando de a poco, a medida que pasan los distintos regimientos. Mirar los trajes, las armas y los accesorios que llevan me entretiene. Pero más me gusta ver cómo marchan. Hablo de soldados y oficiales mayores, experimentados, curtidos, que avanzan con toda la soltura y el aplomo que no tiene -ni puede tener- un cadete o grumete de escuela. Es aquí donde tocan mi marcha favorita: “Los Viejos Estandartes”. Me emociona mucho escucharla. Imagino ese desfile decimonónico, en las postrimerías de la Guerra del Pacifico, que narra la canción que acompaña a su melodía. Y me dan ganas de cantarla. La seguidilla de aviones, camiones, jeeps, tanques, etc., que pasan junto a las divisiones, no me llama mayormente la atención. Distinto es respecto a los caballos y perros que acompañan a ciertos regimientos.
¿Qué es lo que más me gusta de todo el desfile? Ver pasar al “Chacabuco”: el Séptimo de Línea. Marchan con los uniformes del ’79, del conflicto que nuestros vecinos insisten porfiadamente en recordar. Mirando el conjunto de nuestras fuerzas armadas pasar, me queda clarísimo por qué ganamos entonces. Y de la manera que lo hicimos: por paliza. Justamente lo que no nos perdonan –ni nos van a perdonar. Sonará ridículo, pero viendo la parada me siento muy chileno. El desfile militar me recuerda que todavía hay gente en este país que elige su pega por vocación, no por las lucas. Comprobar que quedan chilenos con genuina vocación de servicio, y que no son pocos, me llena de esperanza. La parada también me recuerda que, pase lo que pase más allá de nuestras fronteras, en nuestro volátil continente, puedo dormir tranquilo dentro de ellas. Y eso, no es poco.
