Todo ignaciano recibe, al egresar, un crucifijo de bronce. En un costado lleva el nombre del ex-alumno, y el año de egreso. El crucifijo, en si, no es bonito. Pero no es en su belleza, donde radica su valor para el ex-alumno del San Ignacio. Hay algo en la sencillez del Cristo de bronce que atrae, que cautiva. Nos contaba un cura del colegio que, años atrás, por algún motivo que ahora no recuerdo, se perdió el molde del crucifijo. Se le propuso a los alumnos uno nuevo: más bonito, más actual. Fueron varias las alternativas ofrecidas; ninguna tuvo éxito. Los alumnos querían el Cristo que habían recibido los anteriores egresados, no otro. Se rehizo entonces el molde. Hasta el día de hoy, se entrega el mismo crucifijo a todos los ex-alumnos del San Ignacio.
Un profesor de la Facultad de Derecho de la UC, ex-alumno del colegio, me comentó lo siguiente, alguna vez: cuando estoy preocupado y confundido -me dijo- miro al Cristo de mi crucifijo, tratando de encontrarle un rostro. He intentado este ejercicio por mi cuenta varias veces, sin resultado. El Cristo de mi crucifijo sigue sin facciones definidas. Quizás ahí radica su fuerza y su magnetismo. Para mí, es un Cristo anónimo, que nos representa a todos, en algún momento de nuestras vidas. La cruz es inevitable. De ahí mi permanente asombro: el único que pudo eludirla, la eligió –por los demás. Y es en la entrega de ese Cristo, donde recuerdo la fe que adquirí con mis padres, y que fortalecí con los jesuitas. La misma que por momentos ha tambaleado, pero no he perdido: ni siquiera cuando me he visto expuesto a la desconcertante frialdad de los ambientes ateos, o a la enervante hipocresía de los entornos fariseos. Es la fe que resume muy bien el lindísimo poema atribuido a San Francisco Javier, que transcribo sin mayor preámbulo:
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
