sábado, 24 de octubre de 2009

Parece que va a llover

Es un viernes de fines de octubre en Santiago. Hace frío y está nublado: corre viento. Pasan los alumnos por el patio de la Casa Central, preocupados de sus pruebas y sus fines de semana. En el cielo, los tonos de gris se suceden unos a otros. Desde la ventana de mi oficina veo el patio, y los edificios de la universidad. Me detengo en el pedacito de cerro que se ve por encima de éstos. Decido bajar a ese patio: necesito caminar. Quién sabe, quizás también necesito almorzar. No tengo hambre, pero es la hora de hacerlo. Bajo y paso entre los alumnos y sus preocupaciones, devolviendo saludos. Noto cariño y reconocimiento. Camino apenas sin pensar. Me llena una nostalgia rara, no sé bien de qué. Poco importa. Desprovisto momentáneamente de pasado y de futuro, me siento solo y acompañado, vacío y pleno. Todo a la vez. Paso entre la gente como en un sueño. Me cae una que otra gota, pero no llueve. Sólo parece que va a llover.