Antes había dos tipos de discos. A los de 30 centímetros de diámetro, que permitían escuchar un total de 60 minutos de música, se les conocía formalmente como “álbumes”, “long plays”, o “elepés”, por su abreviación en inglés de LPs. A los más pequeños, que incluían una canción por lado, se les llamaba “singles”: su venta determinaba, al menos en el extranjero, el lugar que ocuparía la canción respectiva en los rankings musicales. Mientras el LP se compraba para escuchar todas –o casi todas- las canciones que incluía a cada lado, el single se adquiría exclusivamente por la canción del lado A. Para aprovechar el espacio que quedaba al reverso, los sellos discográficos agregaban una segunda canción, que sólo escuchaban los más curiosos o fanáticos. Rara vez eran buenas las canciones del lado B. Y cuando lo eran, normalmente respondían al gusto muy personal de cada uno.
El lado B se utiliza hoy en Chile como metáfora, respecto de cosas y personas en general. Se dice, por ejemplo: “tal fulano (o fulana) tiene un lado B”. Lo que significa: hay en él (o en ella) rasgos desconocidos por la mayoría, que no se condicen con los que lo (o la) identifican externamente. Como en los singles de antaño, el lado B puede ser bueno o malo –en cualquier caso, es una sorpresa. Solía pasar que junto a la canción del lado A, que tanto nos gustaba, venía otra en el B, que era un bodrio. Uno entonces se preguntaba: ¿cómo es posible que el mismo grupo del temazo, cante semejante porquería? Pero había ocasiones en que, junto a la canción del momento, venía otra completamente distinta, que nos cautivaba por completo. Para nuestro asombro, al mostrársela a otros, descubríamos que el lado B no era de gusto masivo -ni lo sería.
Curioso destino, el de los lados B. En los de antes reafirmábamos nuestra individualidad. En los de hoy, se esconde la vida.
