domingo, 29 de noviembre de 2009

Inca Kola

Cada vez que voy al centro de Santiago, y puedo, me compro una Inca Kola desechable de medio litro. Me explico: nací en Perú, lo que según las leyes de ese país, me hace peruano. No recuerdo nada de mis primeros años en Lima, pero sí recuerdo los veranos posteriores que pasamos allá en la casa de unos amigos de mis papás. De esas visitas viene, en parte, mi gusto por la historia y literatura de Perú; la arquitectura y arte coloniales (y las artesanías en general); la incomparable comida peruana; la Chabuca Granda y la música andina; las llamas y caballos de paso; el olor a cedro, que impregnaba casas y departamentos –y la Inca Kola.

Por desgracia, los recuerdos de infancia y de juventud son intransferibles. Cuando estaba en el colegio, tres de mis mejores amigos de esos tiempos fueron a Perú de vacaciones. Al volver, lo primero que les pregunté es si habían probado la Inca Kola. “¿Tomar esa hueá?” –me dijeron. “¿Tai mah hueón? Si parecía meao”. Quedé muy sorprendido con la respuesta (y algo ofendido, para qué negarlo). Años después, le repetí la pregunta a un amigo de la universidad, que también viajó a Perú. “Sí la probé, hueón” –me dijo. “Pero no era gran hueá”. Para mí, en cambio, sí lo era. Y lo sigue siendo.

Hay cosas que nos devuelven, aunque sea por unos minutos, a nuestra infancia. Entonces, la sensación de nostalgia puede ser embriagadora. La Inca Kola tiene ese efecto en mí: es una de esas cosas. Hoy la venden no sólo cerca de la Plaza de Armas y en los restoranes peruanos esparcidos por todo Santiago. La venden también en los grandes supermercados, en botellas desechables de litro y medio. La primera vez que las vi, no lo pensé dos veces. Compré una con la secreta esperanza de alargar el agradable recuerdo embotellado que me ofrecía el envase de medio litro. Nueva sorpresa: mientras más tomaba de la Inca Kola de litro y medio, más desaparecía dicha sensación. Pronto sólo quedó una bebida dulzona, más adecuada para el paladar de un niño, que el de un adulto.

Y es que la nostalgia se debe tomar en pequeños sorbos. De lo contrario, el recuerdo se banaliza. Pudiendo incluso resultar hostigoso.