domingo, 3 de enero de 2010

Arte y vida

La entrada principal del Campus Oriente, de la Universidad Católica, es imponente. Una vez dentro, se tiene cuatro opciones: una escalera y un pasillo, tanto a la derecha como a la izquierda. Los pasillos llevan hacia patios interiores, donde otros pasillos llevan hacia patios exteriores. Un gran edificio neo-románico de dos pisos da sentido y vida a dichos pasillos y patios. Es una construcción tosca y sólida en su factura. Fresca en verano, fría en invierno –acogedora en toda estación. Años atrás, estos pasillos y patios rodeaban a las Facultades de Derecho, Educación, Filosofía, Historia, Letras, y Teología. Hoy, todas estas facultades se han ido a otros campus de la misma universidad. Pero en el segundo piso, subiendo por la escalera de la derecha, tras la entrada principal, todavía se encuentra el Instituto de Estética. Su historia se remonta a la década del ’60, cuando un dominico croata llamado Raimundo Kupareo estableció, junto a otros profesores, el Centro de Investigaciones Estéticas. En 1971 el Centro se convirtió en Instituto, y se adscribió a la Facultad de Filosofía en 1982. En ese instituto pasé dos años de mi vida. Y ahí conocí a profesores como los que hoy quiero recordar.

Fidel Sepúlveda era uno de ellos. No impactaba por su pinta –parecía un personaje sabio y bondadoso, sacado de algún desconocido mito chilote. Las clases de don Fidel me descolocaron al principio, tanto como el nombre de su curso: Arte y Vida. En ellas se paseaba lentamente por la sala, entre los bancos de los alumnos, poniendo los más variados temas, sin ningún orden aparente. El paseo se interrumpía momentáneamente en el banco del alumno a quien dirigía una de sus múltiples preguntas. Fidel Sepúlveda escuchaba atentamente las respuestas y sobre éstas hacía más preguntas. Así pasaba, de banco en banco, la mayor parte de la hora de clases. De esta manera, nos obligaba a pensar, a tomar posición: a asumir y defender una postura. Nadie se salvaba. Si un alumno no contestaba a la primera, don Fidel repetía la pregunta a otro estudiante. Más tarde volvía a ese alumno, con otra pregunta, antes del final de la clase. Con él, todos hablaban. No quedaba otra. Claro que no se podía decir cualquier cosa; había que pensar la respuesta, y sentirla. Sabiendo que en su clase hablaríamos sí o sí, desde el primer minuto empezábamos a reflexionar sobre los diversos temas que nos iba proponiendo. Yo ya tenía cuatro años de estudios de Derecho en el cuerpo, y nadie me había enseñado a pensar en forma crítica.

Volví a tener a Fidel Sepúlveda como profesor en un curso de literatura contemporánea. Con él leíamos un libro a la semana y escribíamos un ensayo por libro, el que era leído en voz alta en clase y comentado con don Fidel y los otros compañeros. Como en el curso anterior, sus preguntas volvían a hacernos pensar, y nos forzaban a definirnos. En ese tiempo conversé mucho con Fidel Sepúlveda, entonces director del Instituto. Me contó que egresó de Derecho en la Universidad de Chile, pero nunca dio el examen de grado. No me dijo que antes fue seminarista con los franciscanos. Cuando lo supe, no me extrañó. Si me contó que estudió pedagogía en castellano en la Universidad Católica y que después se doctoró en filología en la Universidad Complutense. Me lo dijo con toda sencillez, como era su estilo, a propósito de alguno de sus temas favoritos: esos que no son urgentes. Hacia el final de su vida don Fidel fue nombrado miembro de la Academia Chilena de la Lengua. Cuando lo supe, tampoco me extrañó.

Había algo en ese grupo de discípulos del Padre Kupareo que trascendía la sala de clases. Podría nombrar a otros profesores, como Jaime Blume, Radoslav Ivelic o Jorge Montoya, pero de seguro que estaría dejando a otros fuera del listado. ¿Qué es lo que hacía tan especial a ese Instituto de Estética? Por un lado, la genuina vocación educativa de sus académicos; por otro, el esprit de corps que unía al Instituto en una verdadera comunidad de profesores y estudiantes. En esa pequeña universitas magistrarum et scholarium aprendí a valorar lo propio -a salir de la estrecha visión eurocéntrica que nos condena a los latinoamericanos a ser una mala copia de un original gastado. En el Instituto de Estética comprendí, además, algo que antes había escuchado en áridos términos filosóficos, sin llegar realmente a entenderlo. Que la belleza, la bondad y el bien son manifestaciones de una misma realidad. O si se quiere, ventanas a través de las cuales contemplamos destellos de algo que no podemos ver por completo. Al menos por ahora.