Como muchas personas, vivo pendiente de mis cuentas de email. Mientras trabajo, mantengo abierta la que más uso, y a la que están redireccionadas las otras. Me llegan varios correos al día: los voy contestando de a poco, según la urgencia de cada uno y el tiempo que dispongo para pensar la respuesta correspondiente. Es un buen número de emails los que recibo, y sin embargo no son suficientes. Mientras leo o escribo algo, tengo un ojo puesto en esa página siempre abierta, a la espera de ese correo que podría cambiar el curso del día. Al volver a la oficina, lo primero que hago es revisar mis emails –no importa que haya pasado un día o media hora, lo tengo que hacer. Por lo mismo me he negado a tener una Blackberry. Estaría todo el día revisando mi cuenta, a cualquier hora.
Pero ¿qué es este email que tanto espero? No se relaciona a una persona en concreto, ni a un asunto en particular. Se trata simplemente de un correo que me venga a sacar de la inevitable modorra que produce la rutina. En otras palabras: un mensaje que me devuelva la vida que las obligaciones cotidianas, y el artificio social generalizado de hoy, me quitan poco a poco. Intuyo que no estoy sólo en esta espera. Que son muchos los que, como yo, se ilusionan con la idea de ese email improbable. Pero posible.
