A pesar de haber escuchado, una y otra vez, el nombre de Andrés Bello en mis estudios de pregrado, nunca me pregunté cómo es que este venezolano llegó a redactar el código civil chileno; ni por qué conocía tan bien el derecho romano; ni las razones que tuvo para escribir el primer tratado de derecho internacional en Latinoamérica: todo lo anterior, sin haber tenido instrucción jurídica formal en su juventud. Las respuestas a cada una de esas preguntas, que no me hice, las encontré en la excelente biografía de Iván Jaksić. Ahí descubrí que Bello comenzó su estudio del derecho en las Siete Partidas, a las que derivó de su análisis filológico del Cantar de Mio Cid; que su interés en el derecho internacional se originó en el ejercicio de sus cargos en las legaciones colombiana y chilena en Londres, y en el Ministerio de Relaciones Exteriores en Chile; y que la redacción del código civil chileno, basado en un derecho romano tardío, estuvo íntimamente ligada a sus estudios de gramática y ortografía. En el libro de Jaksić también descubrí que el gran motivo que llegó a Andrés Bello a emprender estos y otros desafíos intelectuales, era su afán por crear un orden sobre el cual las nuevas repúblicas latinoamericanas pudieran prosperar. Un orden que, según Bello, sólo se podía fundar en el reconocimiento de nuestras raíces hispánicas comunes, y de nuestra individualidad como estados autónomos. Lenguaje, derecho, soberanía y progreso quedaban, así, indisolublemente vinculados en el pensamiento de Andrés Bello, y en su obra.
Leyendo a Iván Jaksić recordé un episodio de mi adolescencia. Cuando estaba en educación media, cercano a egresar, nos llevaron junto a mi curso al teatro del colegio, a escuchar a un grupo de ex alumnos hablar sobre sus respectivas carreras. De ellos, sólo guardo en mi memoria a Enrique Barros, hoy presidente del Colegio de Abogados de Chile. En ese entonces no tenía idea quién era ese señor más bien serio, y si hoy me acuerdo de él -a diferencia de los otros invitados- es por una frase que dijo y me intrigó por años. No retuve los términos exactos que usó Barros ese día, pero sí el sentido de su frase: la poesía no puede serle ajena a un abogado. Ya en mi segundo año de derecho llegué a la temprana (y errada) conclusión que las humanidades estaban separadas del derecho. Sufría con esta aparente separación, y al recordar la frase de Enrique Barros, la encontraba carente de sentido –sonora, pero vacía. Casi irónica. Sólo una vez titulado, pude comprobar cuán acertada era su aseveración. Ejerciendo como abogado, me di cuenta que mi trabajo se podía resumir de la siguiente manera: interpretaba lo que leía de otros, y anticipaba la interpretación que podían dar éstos a lo que yo escribía. Comprobé, en otros términos, que los abogados no son otra cosa que profesionales de la palabra. Como tal, un licenciado en derecho que no se sienta atraído por la interpretación de la poesía, la más compleja y profunda de las manifestaciones de la palabra oral y escrita, no será más que un tinterillo, un empresario frustrado, un tecnócrata, un político de profesión, o un simple empleado o funcionario.
Eso lo sabía Andrés Bello. Yo sólo lo vine a aprender tiempo después de haber memorizado buena parte de su código.
