Hace unas semanas, tomé un avión que iba de Panamá a Guatemala, con escala en Nicaragua. Ya sentado en mi asiento, me dispuse a aprovechar el viaje leyendo algunas páginas de un libro, sin interrupciones. Para mi sorpresa, unas filas más adelante, otro pasajero decidió poner música para toda la cabina con su hipertrofiado teléfono portátil. Empezó con algún cantante latino que yo no conocía. Soportable. Un par de canciones después, pasó a un reggaetón francamente insufrible. En cosa de minutos, el pequeño avión se transformó (en mi mente) en una de esas micros o buses de provincia cuyos pasajeros acarrean comistrajos varios y animales domésticos tipo gallinas, patos y otros plumíferos. Todo con música de fondo: no precisamente Béla Bartók. Como el vuelo hasta Managua era corto, opté por no decir nada para ver cuánto duraba el mini-concierto de reggaetón, y si alguien hacía algo al respecto. ¿Qué pasó? La música sólo se apagó en Nicaragua, donde se bajó tres cuartas parte del avión. Y nadie dijo nada.
Cuando se habla de subdesarrollo, se suele pensar en indicadores económicos, sociales y políticos. Se olvida, con frecuencia, que todos estos indicadores dependen del grado de evolución cultural de la sociedad respectiva. La desigualdad, la exclusión, el desamparo, la arbitrariedad, el abuso, la corrupción, el desorden, la inseguridad y la polución son formas de pobreza –en no pocos casos, de miseria- que provienen de una determinada mentalidad: esa que es insensible al malestar, al sufrimiento y al dolor ajeno. De cualquier ser vivo. Un estado donde no se respeta la vida humana es subdesarrollado. Pero también lo es uno que no protege el ambiente que rodea a la sociedad que regula. No hagas a los demás, lo que no quieres que te hagan a ti –y viceversa. Esa es la fórmula que resume una mentalidad orientada al desarrollo. Y la resume a tal punto, que cualquier sociedad se desintegra, necesaria y progresivamente, cuando sus miembros buscan satisfacer sus intereses, sin consideración alguna por los otros, y por lo otro.
El respeto integral hacia los demás, sea quien sea, es la clave que explica por qué hay países que han alcanzado determinados indicadores económicos, sociales y políticos, y otros que no los han logrado. Que no se me entienda mal: escuchar reggaetón es una opción tan aceptable como otras. Cosa de gustos. El problema se presenta cuando se le impone al resto. El Diablo está en los detalles.
