En la parte de la Universidad Católica que da a la calle Portugal, quedó un ala inconclusa con su respectivo pasillo. Éste conecta uno de los lindos patios interiores del proyecto original, con la entrada a un acogedor y largo salón que pertenece a la Facultad de Derecho. Si bien sus extremos son agradables, el corredor mismo no lo es. Hasta el día de hoy se pueden ver el concreto y los ladrillos que lo conforman, sin revestimiento. Para aislarlo de la lluvia, se le agregaron unas nada bonitas vitrinas de vidrio. Toscos ladrillos y concreto pintado, a un lado, y horribles ventanas, al otro: en este inhóspito escenario fui testigo, años atrás, de un hecho trivial que me hizo darme cuenta de algo que nunca antes había pensado. Y que, desde entonces, he vuelto a pensar muchas veces.
Siendo un estudiante de pregrado, estuve una mañana entera esperando dar un examen oral en la sala ubicada al comienzo de este feo pasillo. De pronto, entró un gorrión. Como suelen hacer los pájaros, cuando ingresan al interior de una casa o departamento, comenzó a darse golpes contra las vitrinas. Trataba de salir al patio que podía ver a través de ellas. No había forma de ayudarlo. Si uno se acercaba, el gorrión se ponía nervioso y retomaba su infructuosa (y dolorosa) empresa. Lo único que se conseguía con esto, era hacer que el pajarito se pegue de nuevo contra el vidrio, y con mayor fuerza. Cuando el gorrión dejaba de darse contra las vitrinas hechizas, volaba a una saliente del muro, donde permanecía respirando con agitación. Hasta que descubrió uno de los arbustos raquíticos que la administración del campus había puesto en maseteros, a lo largo del pasillo.
Lo vi descender y posarse sobre una de sus ramitas. Se quedó ahí largo rato, indiferente a los alumnos que iban y venían por el pasillo, quienes tampoco reparaban en él. Lo vi tranquilizarse, descansar, ubicarse. Entonces, emprendió de nuevo el vuelo, y pudo encontrar la salida. Que un arbusto así de pequeño pueda servir de refugio, me pareció sorprendente. Para el gorrión, éste era lo más parecido al mundo que había dejado –y al que quería regresar. Entre sus ramas encontró el amparo, la claridad y la decisión que un pasillo rodeado de concreto, ladrillos y vidrio no le brindaban.
Y es que los refugios no son otra cosa que eso. Un trozo de lo que dejamos, y donde queremos volver. Aunque sea por un rato. El suficiente para poder emprender de nuevo el vuelo.
