Tanto le había hablado de Chile, que cuando supo que venía estaba de lo más entusiasmada. “¡Voy a Chilito!”, me decía al teléfono con su acento andaluz. Por ese entonces, yo no vivía en esta finis terrae, sino al norte de la “pérfida Albión”. Quedamos de juntarnos lo más pronto posible, donde pudiéramos, para que me contara cómo estuvo su viaje. Así lo hicimos. Cuando finalmente pude ver a mi amiga española, y le pregunté por su estadía en mi país, me dijo algo que me obligó reflexionar sobre un tema rara vez comentado. Menos, analizado.
“¿Son todas las chilenas serias?” En un principio, la pregunta de mi amiga me descolocó. “Por supuesto que no”, le dije. Mientras contestaba esto, pensaba qué le podría haber llevado a una conclusión tan alejada de la realidad. Las chilenas no son muy distintas al resto de las latinoamericanas. En nuestro continente abunda el llanto, es cierto, pero también la risa. ¿A qué se debía, por tanto, su pregunta? Después de darle unas vueltas al asunto, esbocé una respuesta: “probablemente sólo te relacionaste con chilenas en un ambiente de trabajo”. Así había sido: de ahí la visión distorsionada que se llevó mi amiga de Chile. Al menos, de la mitad de su población.
A mi respuesta sigue, necesariamente, otra pregunta: ¿por qué tienden a ser serias las profesionales chilenas que ocupan cargos de cierta relevancia? Para entender nuestro medio laboral hay que haber pasado antes por un colegio local que tenga un buen número de hombres entre su alumnado. Ambos son hábitats primitivos, en los que generalmente sólo hay dos alternativas disponibles –depredador o presa. En buen chileno, o eres de los que huevean, o eres de los que son hueveados.
Para estar en la cima de la cadena alimenticia, se deben seguir ciertas reglas. La primera: el qué dirán lo es todo. Nada de andar diciendo o haciendo cosas raras por ahí. Se dice y se hace lo que impone la mayoría. La clave está, por lo mismo, en pertenecer a la elite que controla esa mayoría. Y para eso, hay que empezar por opinar y actuar como ellos. Se puede intentar pasar por excéntrico, pero se corre el riesgo de ser identificado como presa. Lo que en mi colegio llamábamos material pa’l hueveo. Obviamente, de los depredadores.
La segunda regla se relaciona directamente con la primera: hay que ser siempre simpático y divertido. Nada de andar por la vida circunspecto; todo tiene que ser motivo de talla. No hablo de buena disposición, jovialidad o agudeza, sino derechamente de sarcasmo. Ser simpático y divertido no consiste, por tanto, en reírse con los demás, sino en reírse de los demás. Hay que ser mordaz y cáustico. El humor se transforma así en un arma: el sarcasmo permite ridiculizar a los enemigos, y congraciarse con los amigos. Siempre a costa de alguien. O de algo.
Este difícil hábitat se repite en la universidad, y después en el trabajo. Con matices. Quien quiera mantenerse en dicho ambiente, y subir sus rústicos peldaños, debe ser racional y frío en todo momento. Además, hay que estar dispuesto a recibir palos -y darlos de vuelta. En este contexto, la sensibilidad es un signo de debilidad imperdonable. Los hombres, educados en Latinoamérica para no llorar, saben a lo que van. Las mujeres se acostumbran rápido, o se dedican a otra cosa. Para destacar en un trabajo inmerso en este mundillo masculino, a algunas no les quedará otra que mimetizarse con su entorno. Lo que tiene su costo.
No son pocas las mujeres en Chile que deciden insertarse en un ambiente laboral competitivo, abrazando las características del mismo con la pasión que caracteriza a su género. Al poco andar, se transforman en la caricatura del original. Quién las puede culpar: son mujeres que construyen su coraza en base a esfuerzo, sacrificios y sufrimiento. A cada pequeño o gran fracaso, le agregan una nueva capa a su blindaje. Por desgracia, con el tiempo persona y personaje se hacen uno. En este caso, una. ¿Resultado? Siempre muy ocupada, de trato distante, con aires de importancia. Y, sobre todo, difícil.
Al tener menos tolerancia al sarcasmo, esta mujer profesional va a desconfiar del humor en general, escudándose en la seriedad y la disciplina -con un toque de agresividad. En su afán por pertenecer al medio laboral chilensis, y surgir en éste, no son pocas las mujeres profesionales que se transforman en profesionales a secas. Y éstas rara vez ríen con sinceridad. Achinando los ojos, bajando la guardia.
