lunes, 4 de abril de 2011

Hablar o escribir bien

Uno podría pensar, con toda razón, que un buen orador es un buen escritor, y viceversa. Pero lo cierto es que esto no es así –al menos, necesariamente. De hecho, muchas veces ocurre lo contrario. Me ha tocado constatarlo, y no sin desilusión. Por ejemplo, en mi área de trabajo -y contra todo pronóstico- algunos libros o artículos de grandes abogados son mediocres, o derechamente malos. Asimismo, conferencias o presentaciones de conocidos investigadores jurídicos son triviales, o francamente anodinas. ¿A qué se debe esto? Tiendo a pensar que la respuesta está en el esfuerzo que involucra para el orador o escritor expresarse de una manera u otra, así como en la audiencia a la que se dirige cada uno.

Escuchar a un buen orador es un placer, tanto como leer a un buen escritor: ambos tienen facilidad de palabra. Sabiéndose un prestidigitador de la lengua, al orador de fuste le gusta improvisar. Arriesga su discurso en todo tipo de piruetas verbales que mantienen a la audiencia en vilo. Envueltos en este embrujo, suspiramos aliviados cada vez que cae de pie, vuelve a equilibrarse y sigue su camino. Nos sube a una montaña rusa compuesta de sustantivos, verbos y adjetivos, de cambios de tono y de velocidad, de breves y estudiados silencios. Acción, suspenso, humor, intriga e incluso, a veces, romance –todo, en un solo discurso. Es difícil que el buen orador no sorprenda a la audiencia de turno con su talento. A esta habilidad los británicos la llaman “the gift of the gab”, y es tal que termina por sorprenderlo a él mismo, creando un placer espurio. El buen orador es un individuo al que le gusta escucharse. Y le gusta mucho.

Transformar cualquier charla en una disertación es muy fácil para el orador innato. Escribir, en tanto, requiere esfuerzo y dedicación. Es un trabajo solitario, alejado de las luces y de los aplausos. Si el buen orador se acerca al equilibrista, el buen escritor se parece al escultor. Armado con un lápiz o un teclado, se enfrenta día a día con la página en blanco, debiendo amasar, dar forma, tornear y pulir palabras, antes de poder cincelarlas con esos nunca definitivos toques finales. Para esculpir frases y párrafos hay que tener paciencia y ejercerla. El buen orador no tiene tiempo para esto. Lo llaman los cantos de sirena del aplauso que sigue a un discurso que hipnotiza al propio hipnotizador. Así se queda el orador hablando a su audiencia, y el escritor a la suya –que no son las mismas.

El buen orador cautiva a los grupos, pero aburre profundamente a una sola persona. Necesita una audiencia que lo escuche, no que lo interrumpa, rompiendo la frágil magia creada por su artificio. El buen escritor, en tanto, se empequeñece ante los reflectores, y se agiganta ante una simple lámpara. No conoce de muchedumbres: lo suyo es la intimidad y el diálogo, aunque sea virtual. Si bien su lector puede multiplicarse en números que provocarían la envidia del mejor orador, éste no pierde su individualidad. Nunca deja de ser una persona. Más que anónima, innominada. Pero persona al fin.