sábado, 23 de abril de 2011

Gonzaga

Spokane es una pequeña ciudad al oeste del estado de Washington, en Estados Unidos. En ella se ubica una universidad que lleva por nombre Gonzaga. Casi al borde de Idaho, cerca de Canadá y lejos de todo, la Compañía de Jesús decidió fundar en 1887 un college para educar a los indígenas. Curas católicos, en un joven país en el que eran minoría, optan por ocuparse de quienes nadie se acordaba –de los derrotados de la conquista, y posterior colonización de América. El Gonzaga College se construyó lentamente en torno a la iglesia de su santo patrono, el jesuita lombardo de nombre Luis, y de noble apellido español. La nueva institución se fue llenando de alumnos de origen europeo y el ímpetu misionero original se perdió. Hoy Gonzaga es una universidad docente de prestigio nacional, con un buen equipo de basketball en una de las competitivas ligas deportivas universitarias de Estados Unidos. Sus profesores y alumnos comparten una particular mística que se deriva de la visión otro santo, también jesuita, de nombre Íñigo, y apellidos López de Recalde: San Ignacio de Loyola.

Gonzaga es en la actualidad una universidad pequeña que cuenta con un colegio de artes y ciencias, una escuela de administración, una de educación, otra de ingeniería y ciencias aplicadas, una de estudios profesionales, y una escuela de derecho. En cada sala de clases de Gonzaga hay un crucifijo. Lo que podría ser un pequeño detalle en un país de tradición católica, no lo es en uno de raigambre protestante y formas laicas. Conversando con los profesores y alumnos de su escuela de derecho, me llevé más de una sorpresa. A pesar de ser una institución profundamente gringa, Gonzaga me recordaba a cada rato al muy chileno Colegio San Ignacio El Bosque de mi adolescencia. Al preguntar a los profesores y alumnos de esta escuela de derecho, qué los había llevado a trabajar o estudiar en ella, se repetían las mismas respuestas. Según ellos, lo que distingue a Gonzaga es el ambiente de genuina camaradería entre sus miembros, y el fuerte sentido social de la actividad académica que allí se desarrolla.

A pesar de sus diferencias, los profesores y alumnos de Gonzaga no sólo se toleran, sino que se respetan. Esto no es del todo raro en una escuela de derecho gringa. Sin embargo, no es una característica que se dé en todas las universidades que se denominan católicas. Lo del sentido social impresiona aún más. Gonzaga está ubicada en uno de los países más ricos del mundo, sin duda el más poderoso. En ese contexto, es fácil olvidar que un porcentaje nada menor de la población de Estados Unidos tiene enormes carencias materiales. No será miseria, pero sí pobreza encubierta, y ésta se extiende a lo largo de todo el país. En Gonzaga se acuerdan de esta gente, reflejando así una constante de la universidad, desde su fundación. La impronta jesuita impide prescindir de los necesitados: de los vencidos. El catolicismo en Gonzaga va más allá de un simple crucifijo en una sala de clases.

Y es quizás eso lo que más sorprende de esta universidad. Como en el resto del mundo, la comunidad jesuita de Gonzaga disminuye de manera irreversible. No es difícil imaginar el día en que ésta desaparezca del todo. Pero la impronta permanece. La Iglesia San Luis Gonzaga sigue siendo el símbolo de la universidad, en torno al cual gira su campus. La estatua de san Ignacio de Loyola en el frontis del antiguo Gonzaga College no es sólo una figura de metal. Y el gran Cristo del estadio techado de basketball, donde el equipo de los Zags hace delirar a profesores y alumnos, es más que un adorno. De alguna manera, el sentido ignaciano de comunidad académica ha penetrado a la universidad a tal punto, que es hoy parte esencial del sello de Gonzaga. Por lo mismo, allí me sentí en casa. A pesar de estar a miles de kilómetros de la mía.