miércoles, 2 de junio de 2010

Más allá que acá

Tuve un fox terrier muy simpático e inteligente. Por su personalidad, y larga convivencia con nosotros, pasó a ser uno más de la familia. Era común topárselo en la casa de mis papás, o en el patio de la misma. Una tarde de verano, cuando ya estaba muy viejito, lo encontré en un pasillo. Al principio, no me percaté de su presencia. La mirada fija de mi perro me sacó del aturdimiento que me producía, en ese momento, un televisor. Su cuerpo débil sostenía, a duras penas, un par de ojos vidriosos, opacos, intensos. Respiraba con dificultad: todo en él reflejaba cansancio. Al verlo, supe de inmediato que se estaba despidiendo. Fue un raro farewell, sin los sollozos. Pocos días más tarde, mi fox terrier no despertó.

No mucho después, me enteré que Jorge Teillier daría una charla en la Universidad Católica. Por esos años yo iba a clases al campus Oriente, y decidí ir a conocerlo. Era, y sigue siendo, uno de mis poetas favoritos. La figura de Teillier me impresionó mucho. Se le veía pálido y decaído, indiferente a todo –frágil. Nos miraba con una fría dulzura, que venía de muy lejos. Me vino a la mente una estrofa de sus poemas. La que dice: “Daría no sé cuanto / por descansar en la tierra / con las frías monedas de plata de la lluvia / cerrándome los ojos”. Al igual que mi mascota, Teillier se despedía con la mirada; en ella se reflejaba ya el otro lado de la laguna Estigia. Un par de semanas más tarde, Jorge Teillier murió. Como mi fox terrier, llevaba un buen tiempo haciéndolo.