En la parte de la Universidad Católica que da a la calle Portugal, quedó un ala inconclusa con su respectivo pasillo. Éste conecta uno de los lindos patios interiores del proyecto original, con la entrada a un acogedor y largo salón que pertenece a la Facultad de Derecho. Si bien sus extremos son agradables, el corredor mismo no lo es. Hasta el día de hoy se pueden ver el concreto y los ladrillos que lo conforman, sin revestimiento. Para aislarlo de la lluvia, se le agregaron unas nada bonitas vitrinas de vidrio. Toscos ladrillos y concreto pintado, a un lado, y horribles ventanas, al otro: en este inhóspito escenario fui testigo, años atrás, de un hecho trivial que me hizo darme cuenta de algo que nunca antes había pensado. Y que, desde entonces, he vuelto a pensar muchas veces.
Siendo un estudiante de pregrado, estuve una mañana entera esperando dar un examen oral en la sala ubicada al comienzo de este feo pasillo. De pronto, entró un gorrión. Como suelen hacer los pájaros, cuando ingresan al interior de una casa o departamento, comenzó a darse golpes contra las vitrinas. Trataba de salir al patio que podía ver a través de ellas. No había forma de ayudarlo. Si uno se acercaba, el gorrión se ponía nervioso y retomaba su infructuosa (y dolorosa) empresa. Lo único que se conseguía con esto, era hacer que el pajarito se pegue de nuevo contra el vidrio, y con mayor fuerza. Cuando el gorrión dejaba de darse contra las vitrinas hechizas, volaba a una saliente del muro, donde permanecía respirando con agitación. Hasta que descubrió uno de los arbustos raquíticos que la administración del campus había puesto en maseteros, a lo largo del pasillo.
Lo vi descender y posarse sobre una de sus ramitas. Se quedó ahí largo rato, indiferente a los alumnos que iban y venían por el pasillo, quienes tampoco reparaban en él. Lo vi tranquilizarse, descansar, ubicarse. Entonces, emprendió de nuevo el vuelo, y pudo encontrar la salida. Que un arbusto así de pequeño pueda servir de refugio, me pareció sorprendente. Para el gorrión, éste era lo más parecido al mundo que había dejado –y al que quería regresar. Entre sus ramas encontró el amparo, la claridad y la decisión que un pasillo rodeado de concreto, ladrillos y vidrio no le brindaban.
Y es que los refugios no son otra cosa que eso. Un trozo de lo que dejamos, y donde queremos volver. Aunque sea por un rato. El suficiente para poder emprender de nuevo el vuelo.
jueves, 2 de septiembre de 2010
Swing y punch
Una amiga de otros tiempos decía que un buen candidato a pololo/novio/marido debía tener swing y también punch. Con esto quería decir que el tipo necesitaba tener onda y empuje, para ser considerado en serio. En otras palabras, quería alguien entretenido y trabajador. El sueño del pibe: en este caso, de la piba. El problema se presentaba cuando el candidato en cuestión le faltaba una de las características necesarias. Ahí nos poníamos a filosofar de lo lindo: ¿cuál de las dos características es no-negociable? Lo que los gringos llaman un deal breaker… En otras palabras, ¿qué es peor? ¿La falta de swing o la falta de punch?
Difícil decisión. Mister latero v. monsieur flojo, en el caso de mi amiga; miss o mademoiselle, en el mío. Antes de seguir, un punto no menor que requiere aclaración: un flojo o una floja no necesariamente se muere de hambre. Incluso le puede ir muy bien económicamente, por los más diversos motivos. Por otro lado, al fome o la latera tampoco tiene por qué irle bien en ese sentido. Habiendo precisado ese importante aspecto, debe abordarse otro, más relevante aún –tanto mr/ms fome, como m/mlle flojo/a, pueden ser excelentes personas.
En breve: ¿qué solución tiene el problema? No hay una sola: la respuesta dependerá de cada cual. Lo que es tolerable para uno, bien puede ser inaceptable para otro. Mejor buscarse alguien con swing y con punch. Si es posible, claro... De lo contrario, habrá que hacer de tripas corazón.
Difícil decisión. Mister latero v. monsieur flojo, en el caso de mi amiga; miss o mademoiselle, en el mío. Antes de seguir, un punto no menor que requiere aclaración: un flojo o una floja no necesariamente se muere de hambre. Incluso le puede ir muy bien económicamente, por los más diversos motivos. Por otro lado, al fome o la latera tampoco tiene por qué irle bien en ese sentido. Habiendo precisado ese importante aspecto, debe abordarse otro, más relevante aún –tanto mr/ms fome, como m/mlle flojo/a, pueden ser excelentes personas.
En breve: ¿qué solución tiene el problema? No hay una sola: la respuesta dependerá de cada cual. Lo que es tolerable para uno, bien puede ser inaceptable para otro. Mejor buscarse alguien con swing y con punch. Si es posible, claro... De lo contrario, habrá que hacer de tripas corazón.
jueves, 19 de agosto de 2010
Subdesarrollo
Hace unas semanas, tomé un avión que iba de Panamá a Guatemala, con escala en Nicaragua. Ya sentado en mi asiento, me dispuse a aprovechar el viaje leyendo algunas páginas de un libro, sin interrupciones. Para mi sorpresa, unas filas más adelante, otro pasajero decidió poner música para toda la cabina con su hipertrofiado teléfono portátil. Empezó con algún cantante latino que yo no conocía. Soportable. Un par de canciones después, pasó a un reggaetón francamente insufrible. En cosa de minutos, el pequeño avión se transformó (en mi mente) en una de esas micros o buses de provincia cuyos pasajeros acarrean comistrajos varios y animales domésticos tipo gallinas, patos y otros plumíferos. Todo con música de fondo: no precisamente Béla Bartók. Como el vuelo hasta Managua era corto, opté por no decir nada para ver cuánto duraba el mini-concierto de reggaetón, y si alguien hacía algo al respecto. ¿Qué pasó? La música sólo se apagó en Nicaragua, donde se bajó tres cuartas parte del avión. Y nadie dijo nada.
Cuando se habla de subdesarrollo, se suele pensar en indicadores económicos, sociales y políticos. Se olvida, con frecuencia, que todos estos indicadores dependen del grado de evolución cultural de la sociedad respectiva. La desigualdad, la exclusión, el desamparo, la arbitrariedad, el abuso, la corrupción, el desorden, la inseguridad y la polución son formas de pobreza –en no pocos casos, de miseria- que provienen de una determinada mentalidad: esa que es insensible al malestar, al sufrimiento y al dolor ajeno. De cualquier ser vivo. Un estado donde no se respeta la vida humana es subdesarrollado. Pero también lo es uno que no protege el ambiente que rodea a la sociedad que regula. No hagas a los demás, lo que no quieres que te hagan a ti –y viceversa. Esa es la fórmula que resume una mentalidad orientada al desarrollo. Y la resume a tal punto, que cualquier sociedad se desintegra, necesaria y progresivamente, cuando sus miembros buscan satisfacer sus intereses, sin consideración alguna por los otros, y por lo otro.
El respeto integral hacia los demás, sea quien sea, es la clave que explica por qué hay países que han alcanzado determinados indicadores económicos, sociales y políticos, y otros que no los han logrado. Que no se me entienda mal: escuchar reggaetón es una opción tan aceptable como otras. Cosa de gustos. El problema se presenta cuando se le impone al resto. El Diablo está en los detalles.
Cuando se habla de subdesarrollo, se suele pensar en indicadores económicos, sociales y políticos. Se olvida, con frecuencia, que todos estos indicadores dependen del grado de evolución cultural de la sociedad respectiva. La desigualdad, la exclusión, el desamparo, la arbitrariedad, el abuso, la corrupción, el desorden, la inseguridad y la polución son formas de pobreza –en no pocos casos, de miseria- que provienen de una determinada mentalidad: esa que es insensible al malestar, al sufrimiento y al dolor ajeno. De cualquier ser vivo. Un estado donde no se respeta la vida humana es subdesarrollado. Pero también lo es uno que no protege el ambiente que rodea a la sociedad que regula. No hagas a los demás, lo que no quieres que te hagan a ti –y viceversa. Esa es la fórmula que resume una mentalidad orientada al desarrollo. Y la resume a tal punto, que cualquier sociedad se desintegra, necesaria y progresivamente, cuando sus miembros buscan satisfacer sus intereses, sin consideración alguna por los otros, y por lo otro.
El respeto integral hacia los demás, sea quien sea, es la clave que explica por qué hay países que han alcanzado determinados indicadores económicos, sociales y políticos, y otros que no los han logrado. Que no se me entienda mal: escuchar reggaetón es una opción tan aceptable como otras. Cosa de gustos. El problema se presenta cuando se le impone al resto. El Diablo está en los detalles.
domingo, 8 de agosto de 2010
Lenguaje y derecho
A pesar de haber escuchado, una y otra vez, el nombre de Andrés Bello en mis estudios de pregrado, nunca me pregunté cómo es que este venezolano llegó a redactar el código civil chileno; ni por qué conocía tan bien el derecho romano; ni las razones que tuvo para escribir el primer tratado de derecho internacional en Latinoamérica: todo lo anterior, sin haber tenido instrucción jurídica formal en su juventud. Las respuestas a cada una de esas preguntas, que no me hice, las encontré en la excelente biografía de Iván Jaksić. Ahí descubrí que Bello comenzó su estudio del derecho en las Siete Partidas, a las que derivó de su análisis filológico del Cantar de Mio Cid; que su interés en el derecho internacional se originó en el ejercicio de sus cargos en las legaciones colombiana y chilena en Londres, y en el Ministerio de Relaciones Exteriores en Chile; y que la redacción del código civil chileno, basado en un derecho romano tardío, estuvo íntimamente ligada a sus estudios de gramática y ortografía. En el libro de Jaksić también descubrí que el gran motivo que llegó a Andrés Bello a emprender estos y otros desafíos intelectuales, era su afán por crear un orden sobre el cual las nuevas repúblicas latinoamericanas pudieran prosperar. Un orden que, según Bello, sólo se podía fundar en el reconocimiento de nuestras raíces hispánicas comunes, y de nuestra individualidad como estados autónomos. Lenguaje, derecho, soberanía y progreso quedaban, así, indisolublemente vinculados en el pensamiento de Andrés Bello, y en su obra.
Leyendo a Iván Jaksić recordé un episodio de mi adolescencia. Cuando estaba en educación media, cercano a egresar, nos llevaron junto a mi curso al teatro del colegio, a escuchar a un grupo de ex alumnos hablar sobre sus respectivas carreras. De ellos, sólo guardo en mi memoria a Enrique Barros, hoy presidente del Colegio de Abogados de Chile. En ese entonces no tenía idea quién era ese señor más bien serio, y si hoy me acuerdo de él -a diferencia de los otros invitados- es por una frase que dijo y me intrigó por años. No retuve los términos exactos que usó Barros ese día, pero sí el sentido de su frase: la poesía no puede serle ajena a un abogado. Ya en mi segundo año de derecho llegué a la temprana (y errada) conclusión que las humanidades estaban separadas del derecho. Sufría con esta aparente separación, y al recordar la frase de Enrique Barros, la encontraba carente de sentido –sonora, pero vacía. Casi irónica. Sólo una vez titulado, pude comprobar cuán acertada era su aseveración. Ejerciendo como abogado, me di cuenta que mi trabajo se podía resumir de la siguiente manera: interpretaba lo que leía de otros, y anticipaba la interpretación que podían dar éstos a lo que yo escribía. Comprobé, en otros términos, que los abogados no son otra cosa que profesionales de la palabra. Como tal, un licenciado en derecho que no se sienta atraído por la interpretación de la poesía, la más compleja y profunda de las manifestaciones de la palabra oral y escrita, no será más que un tinterillo, un empresario frustrado, un tecnócrata, un político de profesión, o un simple empleado o funcionario.
Eso lo sabía Andrés Bello. Yo sólo lo vine a aprender tiempo después de haber memorizado buena parte de su código.
Leyendo a Iván Jaksić recordé un episodio de mi adolescencia. Cuando estaba en educación media, cercano a egresar, nos llevaron junto a mi curso al teatro del colegio, a escuchar a un grupo de ex alumnos hablar sobre sus respectivas carreras. De ellos, sólo guardo en mi memoria a Enrique Barros, hoy presidente del Colegio de Abogados de Chile. En ese entonces no tenía idea quién era ese señor más bien serio, y si hoy me acuerdo de él -a diferencia de los otros invitados- es por una frase que dijo y me intrigó por años. No retuve los términos exactos que usó Barros ese día, pero sí el sentido de su frase: la poesía no puede serle ajena a un abogado. Ya en mi segundo año de derecho llegué a la temprana (y errada) conclusión que las humanidades estaban separadas del derecho. Sufría con esta aparente separación, y al recordar la frase de Enrique Barros, la encontraba carente de sentido –sonora, pero vacía. Casi irónica. Sólo una vez titulado, pude comprobar cuán acertada era su aseveración. Ejerciendo como abogado, me di cuenta que mi trabajo se podía resumir de la siguiente manera: interpretaba lo que leía de otros, y anticipaba la interpretación que podían dar éstos a lo que yo escribía. Comprobé, en otros términos, que los abogados no son otra cosa que profesionales de la palabra. Como tal, un licenciado en derecho que no se sienta atraído por la interpretación de la poesía, la más compleja y profunda de las manifestaciones de la palabra oral y escrita, no será más que un tinterillo, un empresario frustrado, un tecnócrata, un político de profesión, o un simple empleado o funcionario.
Eso lo sabía Andrés Bello. Yo sólo lo vine a aprender tiempo después de haber memorizado buena parte de su código.
martes, 20 de julio de 2010
El email que no llega
Como muchas personas, vivo pendiente de mis cuentas de email. Mientras trabajo, mantengo abierta la que más uso, y a la que están redireccionadas las otras. Me llegan varios correos al día: los voy contestando de a poco, según la urgencia de cada uno y el tiempo que dispongo para pensar la respuesta correspondiente. Es un buen número de emails los que recibo, y sin embargo no son suficientes. Mientras leo o escribo algo, tengo un ojo puesto en esa página siempre abierta, a la espera de ese correo que podría cambiar el curso del día. Al volver a la oficina, lo primero que hago es revisar mis emails –no importa que haya pasado un día o media hora, lo tengo que hacer. Por lo mismo me he negado a tener una Blackberry. Estaría todo el día revisando mi cuenta, a cualquier hora.
Pero ¿qué es este email que tanto espero? No se relaciona a una persona en concreto, ni a un asunto en particular. Se trata simplemente de un correo que me venga a sacar de la inevitable modorra que produce la rutina. En otras palabras: un mensaje que me devuelva la vida que las obligaciones cotidianas, y el artificio social generalizado de hoy, me quitan poco a poco. Intuyo que no estoy sólo en esta espera. Que son muchos los que, como yo, se ilusionan con la idea de ese email improbable. Pero posible.
Pero ¿qué es este email que tanto espero? No se relaciona a una persona en concreto, ni a un asunto en particular. Se trata simplemente de un correo que me venga a sacar de la inevitable modorra que produce la rutina. En otras palabras: un mensaje que me devuelva la vida que las obligaciones cotidianas, y el artificio social generalizado de hoy, me quitan poco a poco. Intuyo que no estoy sólo en esta espera. Que son muchos los que, como yo, se ilusionan con la idea de ese email improbable. Pero posible.
domingo, 4 de julio de 2010
Y que jué
Comiendo en un restorán, de una caleta de pescadores cercana a Viña del Mar, vi a una nutria flotando en la bahía. Estaba de espaldas, con la cabeza levantada y un par de moluscos sobre la guata. En una de sus manos tenía una piedra, que utilizaba para golpear las conchas que sostenía en la otra: así las abría y se comía el bichito del interior. A pesar de la distancia, podía distinguir perfectamente sus largos y tiesos bigotes mojados. Le pregunté a uno de los pescadores por la nutria flotante. Me contó que era un chungungo que había llegado hace unos días, y que se paseaba junto a otro más por la pequeña bahía. Mientras lo miraba abrir un molusco tras otro, dando cuenta de cada uno con fruición, pude ver la cabeza del otro chungungo que aparecía y desaparecía del agua: en distintos lugares, y sin ninguna regularidad.
Tiempo después, leyendo un artículo del diario, me enteré que el nombre científico del chungungo es lontra felina, y que tiene un pariente que habita más al sur que se llama huillín. Ambos miden aproximadamente setenta centímetros, de los cuales treinta o cuarenta son de cola. Mientras el primero prefiere las costas rocosas, el segundo opta por lugares con vegetación densa. El nombre científico del huillín es lontra provocax, y está en peligro de extinción debido a su caza ilegal y la destrucción de su hábitat. No es un animal particularmente bonito, aunque sí muy simpático de pinta. Como los chungungos que vi en la caleta de pescadores, cerca de Viña del Mar.
¿Por qué ameritaba el huillín un artículo periodístico? Por la sencilla razón que este mamífero, de nombre mapuche, ha impedido que una de las especies más dañinas introducidas en Chile se siga propagando: el pequeño, y tímido, visón. Debido a su voraz apetito, éste come huevos y crías de peces y aves, además de roedores, anfibios, crustáceos e insectos. O sea, devora la frágil fauna autóctona. Se ha hecho de todo para controlarlo, sin éxito. El avance del visón ha sido tal, que los especialistas llegaron a temer que lo único que lo podría detener es el desierto.
Hasta que se acordaron del huillín. Tanto éste, como el visón, tienen un hábitat y costumbres alimenticias similares. No obstante, los tres kilos del mamífero de América del Norte nada pueden contra los más de catorce de su pariente sureño. Ahora se piensa en reintroducir al huillín, primero en islas, y luego en el continente, a fin de hacer frente a la especie introducida. El huillín no va a erradicar al visón, pero ayudará a controlarlo. La simpática nutria local no será tan bonita ni lucrativa como su pariente nórdico, pero no se acompleja ante ella. Al contrario. Pareciera decir: aquí estoy yo, y que jué. Lo mismo que decían los simpáticos chungungos, de la caleta de pescadores.
Tiempo después, leyendo un artículo del diario, me enteré que el nombre científico del chungungo es lontra felina, y que tiene un pariente que habita más al sur que se llama huillín. Ambos miden aproximadamente setenta centímetros, de los cuales treinta o cuarenta son de cola. Mientras el primero prefiere las costas rocosas, el segundo opta por lugares con vegetación densa. El nombre científico del huillín es lontra provocax, y está en peligro de extinción debido a su caza ilegal y la destrucción de su hábitat. No es un animal particularmente bonito, aunque sí muy simpático de pinta. Como los chungungos que vi en la caleta de pescadores, cerca de Viña del Mar.
¿Por qué ameritaba el huillín un artículo periodístico? Por la sencilla razón que este mamífero, de nombre mapuche, ha impedido que una de las especies más dañinas introducidas en Chile se siga propagando: el pequeño, y tímido, visón. Debido a su voraz apetito, éste come huevos y crías de peces y aves, además de roedores, anfibios, crustáceos e insectos. O sea, devora la frágil fauna autóctona. Se ha hecho de todo para controlarlo, sin éxito. El avance del visón ha sido tal, que los especialistas llegaron a temer que lo único que lo podría detener es el desierto.
Hasta que se acordaron del huillín. Tanto éste, como el visón, tienen un hábitat y costumbres alimenticias similares. No obstante, los tres kilos del mamífero de América del Norte nada pueden contra los más de catorce de su pariente sureño. Ahora se piensa en reintroducir al huillín, primero en islas, y luego en el continente, a fin de hacer frente a la especie introducida. El huillín no va a erradicar al visón, pero ayudará a controlarlo. La simpática nutria local no será tan bonita ni lucrativa como su pariente nórdico, pero no se acompleja ante ella. Al contrario. Pareciera decir: aquí estoy yo, y que jué. Lo mismo que decían los simpáticos chungungos, de la caleta de pescadores.
martes, 29 de junio de 2010
Casa Central
La Casa Central de la Universidad Católica tiene tres patios cerrados por pasillos que dan a salas y oficinas, tanto en un primer como en un segundo piso. Son todo lo que se terminó del proyecto original, que se iba a llamar Palacio Universitario. El resto del campus actual es una colección de edificios construidos en años distintos, y que tienen muy poco que ver el uno con el otro. Están ubicados de tal manera que dejan al menos tres patios interiores más. Sin embargo, estos edificios posteriores están separados entre sí, por lo que la continuidad de los pasillos del proyecto original se perdió para siempre. Quien quiera ir, por ejemplo, de la Facultad de Medicina a la de Comunicación, o de ésta a la de Derecho, tiene necesariamente que pasar por el patio interno al que dan las respectivas Facultades.
El resultado es un campus que se ve muy bonito y homogéneo desde la Alameda. Dicha percepción se mantiene en los primeros patios, viniendo de esa entrada. No obstante, a medida que uno se interna en la Casa Central, yendo hacia Marcoleta, la desarmonía del conjunto, y la fealdad de algunos de sus rincones, se hacen cada vez más patentes. El campus Casa Central refleja así, involuntariamente, el alma nacional de un país en apariencia uniforme, racional y ordenado, pero que en verdad es fraccionado, arbitrario y desorganizado. A pesar de esto, y quizás por lo mismo, el campus y el país se cuelan en la memoria de los chilenos, y de algunos extranjeros. Ahí se quedan ambos, porfiadamente, de manera indefinida.
El resultado es un campus que se ve muy bonito y homogéneo desde la Alameda. Dicha percepción se mantiene en los primeros patios, viniendo de esa entrada. No obstante, a medida que uno se interna en la Casa Central, yendo hacia Marcoleta, la desarmonía del conjunto, y la fealdad de algunos de sus rincones, se hacen cada vez más patentes. El campus Casa Central refleja así, involuntariamente, el alma nacional de un país en apariencia uniforme, racional y ordenado, pero que en verdad es fraccionado, arbitrario y desorganizado. A pesar de esto, y quizás por lo mismo, el campus y el país se cuelan en la memoria de los chilenos, y de algunos extranjeros. Ahí se quedan ambos, porfiadamente, de manera indefinida.
jueves, 17 de junio de 2010
Contactos telefónicos
Los celulares permiten dejar registrados nombres y números, a fin de facilitar el hacer un llamado. Se les conoce como contactos, y son una de las funciones básicas de cualquier teléfono móvil. Con el transcurso del tiempo, vamos agregando personas a nuestro listado. Lo que no es difícil: la mayoría de las veces lo hacemos en forma casi mecánica. Teniendo al nombre y número registrados, nos olvidamos del asunto hasta que necesitamos ubicar a la persona respectiva. Sin embargo, con el paso de las semanas, meses y años, también vamos sacando contactos de nuestro listado. Lo que tampoco es difícil: se busca la opción “borrar contacto”, se confirma la orden dada, y listo. Así salen de nuestros celulares aquéllos nombres y números que ingresaron a éstos provenientes de una vieja agenda telefónica o de otro celular. Así salen, asimismo, aquéllos que registramos en un simple rapto de entusiasmo pasajero, en uno de esos infaltables intercambios de número in situ, o en una de esas situaciones en que es necesario ubicar a alguien para algo puntual. Lo normal es que no se sienta nada al borrar un contacto telefónico. Pero hay casos en los que cuesta eliminarlos.
Borrar un contacto es como ordenar o limpiar una pieza, un departamento o una casa. Vale decir, es un acto rutinario, que hacemos sin pensarlo demasiado. No obstante, ocurre que cuando se ordena o se limpia un lugar, uno encuentra objetos que nos remiten a otros momentos de nuestra vida. Vienen entonces a la memoria situaciones y personas, sentimientos, anhelos y sueños del pasado. Lo mismo pasa con aquellos contactos de quienes nos fueron cercanos e importantes, o que prometían serlo. Dudamos ante los objetos encontrados al ordenar o limpiar un lugar, y que tienen una carga emocional. Lo boto, no lo boto… Algunas veces los salvamos, hasta el próximo orden o limpieza. Lo propio ocurre con los contactos telefónicos, de quienes no nos fueron indiferentes. Pero, como con los objetos, hay casos en los que sabemos que ya no tiene sentido mantenerlos guardados. Los motivos que llevan a borrar un contacto son tantos, que no vale la pena enumerarlos. Basta decir que los eliminamos. Y con algunos de ellos, se va un pedacito de nosotros.
Borrar un contacto es como ordenar o limpiar una pieza, un departamento o una casa. Vale decir, es un acto rutinario, que hacemos sin pensarlo demasiado. No obstante, ocurre que cuando se ordena o se limpia un lugar, uno encuentra objetos que nos remiten a otros momentos de nuestra vida. Vienen entonces a la memoria situaciones y personas, sentimientos, anhelos y sueños del pasado. Lo mismo pasa con aquellos contactos de quienes nos fueron cercanos e importantes, o que prometían serlo. Dudamos ante los objetos encontrados al ordenar o limpiar un lugar, y que tienen una carga emocional. Lo boto, no lo boto… Algunas veces los salvamos, hasta el próximo orden o limpieza. Lo propio ocurre con los contactos telefónicos, de quienes no nos fueron indiferentes. Pero, como con los objetos, hay casos en los que sabemos que ya no tiene sentido mantenerlos guardados. Los motivos que llevan a borrar un contacto son tantos, que no vale la pena enumerarlos. Basta decir que los eliminamos. Y con algunos de ellos, se va un pedacito de nosotros.
miércoles, 2 de junio de 2010
Más allá que acá
Tuve un fox terrier muy simpático e inteligente. Por su personalidad, y larga convivencia con nosotros, pasó a ser uno más de la familia. Era común topárselo en la casa de mis papás, o en el patio de la misma. Una tarde de verano, cuando ya estaba muy viejito, lo encontré en un pasillo. Al principio, no me percaté de su presencia. La mirada fija de mi perro me sacó del aturdimiento que me producía, en ese momento, un televisor. Su cuerpo débil sostenía, a duras penas, un par de ojos vidriosos, opacos, intensos. Respiraba con dificultad: todo en él reflejaba cansancio. Al verlo, supe de inmediato que se estaba despidiendo. Fue un raro farewell, sin los sollozos. Pocos días más tarde, mi fox terrier no despertó.
No mucho después, me enteré que Jorge Teillier daría una charla en la Universidad Católica. Por esos años yo iba a clases al campus Oriente, y decidí ir a conocerlo. Era, y sigue siendo, uno de mis poetas favoritos. La figura de Teillier me impresionó mucho. Se le veía pálido y decaído, indiferente a todo –frágil. Nos miraba con una fría dulzura, que venía de muy lejos. Me vino a la mente una estrofa de sus poemas. La que dice: “Daría no sé cuanto / por descansar en la tierra / con las frías monedas de plata de la lluvia / cerrándome los ojos”. Al igual que mi mascota, Teillier se despedía con la mirada; en ella se reflejaba ya el otro lado de la laguna Estigia. Un par de semanas más tarde, Jorge Teillier murió. Como mi fox terrier, llevaba un buen tiempo haciéndolo.
No mucho después, me enteré que Jorge Teillier daría una charla en la Universidad Católica. Por esos años yo iba a clases al campus Oriente, y decidí ir a conocerlo. Era, y sigue siendo, uno de mis poetas favoritos. La figura de Teillier me impresionó mucho. Se le veía pálido y decaído, indiferente a todo –frágil. Nos miraba con una fría dulzura, que venía de muy lejos. Me vino a la mente una estrofa de sus poemas. La que dice: “Daría no sé cuanto / por descansar en la tierra / con las frías monedas de plata de la lluvia / cerrándome los ojos”. Al igual que mi mascota, Teillier se despedía con la mirada; en ella se reflejaba ya el otro lado de la laguna Estigia. Un par de semanas más tarde, Jorge Teillier murió. Como mi fox terrier, llevaba un buen tiempo haciéndolo.
martes, 18 de mayo de 2010
Volver al mar
Ordenando papeles encontré un diario chileno, de los días posteriores a nuestro último terremoto. En él venía un reportaje distinto, poético sin proponérselo. Era sobre los pescadores de Boyeruca, Llico y Loanco, tres de esas localidades devastadas por el maremoto que destruyó numerosos poblados de la zona centro/sur de Chile. El periodista de la nota entrevistó a varios pescadores que lo habían perdido todo en la catástrofe. Ante las preguntas del reportero, uno tras otro terminaba por repetir la misma frase: el mar da y quita.
A medida que avanzaba en la lectura del artículo, la sabiduría de esos hombres simples, sufridos, me llenaba de asombro. Uno de ellos señalaba no sentir rencor contra el mar, pero sí un poco de miedo. Otro indicaba que todo lo que tenía era gracias a éste, quien sólo había venido a reclamar lo que era suyo. Ninguno pedía, ni esperaba, limosna alguna. Lo único que querían era que se les ayude a financiar nuevas embarcaciones, para retomar su oficio. Porque -como agregaba uno de ellos- sólo se empieza a pescar, cuando se pasa la rompiente. Y para eso, claro, se necesita un bote.
Pero se requiere algo más. La decisión de volver a ese mar, que tanto les ha dado y tanto les ha quitado, involucra coraje. Los pescadores de Boyeruca, Llico y Loanco, lo daban por descontado.
A medida que avanzaba en la lectura del artículo, la sabiduría de esos hombres simples, sufridos, me llenaba de asombro. Uno de ellos señalaba no sentir rencor contra el mar, pero sí un poco de miedo. Otro indicaba que todo lo que tenía era gracias a éste, quien sólo había venido a reclamar lo que era suyo. Ninguno pedía, ni esperaba, limosna alguna. Lo único que querían era que se les ayude a financiar nuevas embarcaciones, para retomar su oficio. Porque -como agregaba uno de ellos- sólo se empieza a pescar, cuando se pasa la rompiente. Y para eso, claro, se necesita un bote.
Pero se requiere algo más. La decisión de volver a ese mar, que tanto les ha dado y tanto les ha quitado, involucra coraje. Los pescadores de Boyeruca, Llico y Loanco, lo daban por descontado.
martes, 4 de mayo de 2010
Final de viaje
El avión sobrevuela los Andes. Los pasajeros se asoman a sus ventanillas para mirar las montañas, nieves eternas, valles, ríos y lagunas que se suceden a sus pies. Unos lo hacen ruidosamente. Son turistas, o lugareños que se comportan como tales. Se paran, sacan fotos, y comentan a viva voz el suceso. Otros lo hacen en silencio. Entre ellos hay chilenos y extranjeros. No se levantan de sus asientos: van inmersos en las ideas y sensaciones que se agolpan a la vista de la cordillera.
Se trata de un paisaje singular, que anuncia la llegada a un destino único. Y que, sin embargo, no es el mismo para todos.
Se trata de un paisaje singular, que anuncia la llegada a un destino único. Y que, sin embargo, no es el mismo para todos.
martes, 27 de abril de 2010
Lovaina
No recuerdo la primera vez que oí hablar de esta ciudad. En mi memoria, su nombre está indisolublemente ligado al de su universidad, y a los numerosos chilenos que han estudiado en ella. Por aquí han pasado sacerdotes, políticos, profesores universitarios, y un sinnúmero de profesionales nacionales. Y por aquí pasó el santo que estudió en mi Colegio y en mi Facultad: el Padre Alberto Hurtado. Lovaina es hoy la más antigua de las universidades católicas. Mejor dicho, es la más antigua de las que todavía tienen un vínculo con la Iglesia Católica. Fundada en 1425 por el Papa Martín V, su historia está llena de altibajos –como la historia de su país y del continente donde se ubica.
Las calles y edificios de Lovaina no son tan impresionantes como los de otras ciudades flamencas. Brujas, Gante, Amberes o Malinas no sufrieron tanto, como ésta, durante las guerras mundiales del siglo pasado. La ciudad fue reconstruida dos veces, con cuidado y con cariño. El resultado así lo atestigua. A cada paso que se da por Lovaina uno encuentra iglesias; antiguos colegios de la universidad; centros, institutos y facultades de la misma. También queda uno que otro seminario, se ve alguna que otra monja y cura pasar, y los nombres de sus calles y edificios aluden a santos, papas y religiosos en general. Lo que no es común en la Europa de hoy, menos en la del norte.
El idioma original de esta universidad era el latín. Sin embargo, el paso a las lenguas vernáculas aquí se dio al francés, en vez de al holandés. Esa era la lengua del nuevo estado belga y de su elite. Desde el siglo XIX, hasta fines de la década del ’60, las clases se siguieron impartiendo principalmente en ese idioma. Entonces el conflicto entre flamencos y valones, que todavía divide a este país en dos regiones que se miran con recelo, explotó con toda su fuerza en la pequeña capital de la provincia de Brabante. El resentimiento de los lugareños y de los profesores de habla holandesa hacia aquellos que enseñaban en francés, sumado al movimiento estudiantil de nacionalistas flamencos que alegaban discriminación en su propia tierra, produjo la caída del gobierno belga en 1968.
La solución al conflicto fue tan asombrosa, como ridícula. La universidad se dividió en dos: la parte flamenca permaneció en Lovaina, y la parte valona se fue a unos kilómetros de la frontera lingüística, donde se fundó otra universidad –Lovaina la Nueva. El absurdo llegó al paroxismo cuando las autoridades de la época no pudieron alcanzar una decisión sobre la forma de repartirse los libros de la biblioteca. ¿Resultado? En Lovaina quedaron los libros cuyo número de catálogo terminaba en impar, y a Lovaina la Nueva fueron a parar aquellos terminados en par. Este insólito conflicto se trasladó luego a Bruselas, donde la Universidad Libre también terminó por dividirse en dos. Es una historia que todavía está latente, a lo largo del país. Actualmente, en Lovaina todos los carteles están en holandés; rara vez se escucha hablar en francés a alguien; casi no hay cursos en ese idioma en la universidad; y la sección de libros en francés de las librerías es tan insignificante como las de los idiomas extranjeros a Bélgica.
A pesar de todo, la Lovaina flamenca ha sabido mantener el carácter internacional, que la ha enriquecido intelectualmente desde sus primeros años. Lo ha logrado a través de la docencia y la investigación en inglés, algo que han venido haciendo con mucho éxito las universidades de su vecino del norte: los Países Bajos. La Lovaina actual es una universidad moderna, pero fuertemente anclada en sus tradiciones, lo que todavía se puede ver en sus ceremonias. Recién llegado, me tocó asistir a una. Se la conoce como Patroonsfeest –el día del santo patrón de la universidad. La ceremonia comienza en el Universiteitshal o paraninfo. De ahí, parten caminando todos los doctores que son profesores de la universidad, con sus togas y birretes negros, y sus cintas de distintos colores, hacia la Sint Pieterskerk -la Iglesia de San Pedro, el equivalente a la catedral de la ciudad, que queda a menos de dos cuadras de distancia. En ésta se lleva a cabo una misa, después de la cual los profesores vuelven caminando al paraninfo, mientras unos tipos vestidos con trajes de la baja edad media tocan sus trompetas desde el stadhuis, el lindísimo edificio del ayuntamiento.
Viendo ese día pasar a los doctores, con sus atuendos, me vino a la memoria una ceremonia similar que viera en su momento en Leiden. La misma que se repite -con variaciones- en otros lugares de Europa, y que antes se repitiera en nuestras ciudades coloniales. Incluso en Chile, donde una ceremonia parecida tenía lugar en la antigua Universidad de San Felipe, en el pequeño Santiago de provincia que precedió a nuestra disfuncional metrópoli de hoy. Mirando a los profesores pasar por Lovaina, no pude menos que recordar la letra de un lindo fado, que habla de otra ciudad universitaria. Ese que tan apropiadamente dice: “Coimbra dos doutores / Pra nós os seus cantores / A fonte dos amores és tu”.
Las calles y edificios de Lovaina no son tan impresionantes como los de otras ciudades flamencas. Brujas, Gante, Amberes o Malinas no sufrieron tanto, como ésta, durante las guerras mundiales del siglo pasado. La ciudad fue reconstruida dos veces, con cuidado y con cariño. El resultado así lo atestigua. A cada paso que se da por Lovaina uno encuentra iglesias; antiguos colegios de la universidad; centros, institutos y facultades de la misma. También queda uno que otro seminario, se ve alguna que otra monja y cura pasar, y los nombres de sus calles y edificios aluden a santos, papas y religiosos en general. Lo que no es común en la Europa de hoy, menos en la del norte.
El idioma original de esta universidad era el latín. Sin embargo, el paso a las lenguas vernáculas aquí se dio al francés, en vez de al holandés. Esa era la lengua del nuevo estado belga y de su elite. Desde el siglo XIX, hasta fines de la década del ’60, las clases se siguieron impartiendo principalmente en ese idioma. Entonces el conflicto entre flamencos y valones, que todavía divide a este país en dos regiones que se miran con recelo, explotó con toda su fuerza en la pequeña capital de la provincia de Brabante. El resentimiento de los lugareños y de los profesores de habla holandesa hacia aquellos que enseñaban en francés, sumado al movimiento estudiantil de nacionalistas flamencos que alegaban discriminación en su propia tierra, produjo la caída del gobierno belga en 1968.
La solución al conflicto fue tan asombrosa, como ridícula. La universidad se dividió en dos: la parte flamenca permaneció en Lovaina, y la parte valona se fue a unos kilómetros de la frontera lingüística, donde se fundó otra universidad –Lovaina la Nueva. El absurdo llegó al paroxismo cuando las autoridades de la época no pudieron alcanzar una decisión sobre la forma de repartirse los libros de la biblioteca. ¿Resultado? En Lovaina quedaron los libros cuyo número de catálogo terminaba en impar, y a Lovaina la Nueva fueron a parar aquellos terminados en par. Este insólito conflicto se trasladó luego a Bruselas, donde la Universidad Libre también terminó por dividirse en dos. Es una historia que todavía está latente, a lo largo del país. Actualmente, en Lovaina todos los carteles están en holandés; rara vez se escucha hablar en francés a alguien; casi no hay cursos en ese idioma en la universidad; y la sección de libros en francés de las librerías es tan insignificante como las de los idiomas extranjeros a Bélgica.
A pesar de todo, la Lovaina flamenca ha sabido mantener el carácter internacional, que la ha enriquecido intelectualmente desde sus primeros años. Lo ha logrado a través de la docencia y la investigación en inglés, algo que han venido haciendo con mucho éxito las universidades de su vecino del norte: los Países Bajos. La Lovaina actual es una universidad moderna, pero fuertemente anclada en sus tradiciones, lo que todavía se puede ver en sus ceremonias. Recién llegado, me tocó asistir a una. Se la conoce como Patroonsfeest –el día del santo patrón de la universidad. La ceremonia comienza en el Universiteitshal o paraninfo. De ahí, parten caminando todos los doctores que son profesores de la universidad, con sus togas y birretes negros, y sus cintas de distintos colores, hacia la Sint Pieterskerk -la Iglesia de San Pedro, el equivalente a la catedral de la ciudad, que queda a menos de dos cuadras de distancia. En ésta se lleva a cabo una misa, después de la cual los profesores vuelven caminando al paraninfo, mientras unos tipos vestidos con trajes de la baja edad media tocan sus trompetas desde el stadhuis, el lindísimo edificio del ayuntamiento.
Viendo ese día pasar a los doctores, con sus atuendos, me vino a la memoria una ceremonia similar que viera en su momento en Leiden. La misma que se repite -con variaciones- en otros lugares de Europa, y que antes se repitiera en nuestras ciudades coloniales. Incluso en Chile, donde una ceremonia parecida tenía lugar en la antigua Universidad de San Felipe, en el pequeño Santiago de provincia que precedió a nuestra disfuncional metrópoli de hoy. Mirando a los profesores pasar por Lovaina, no pude menos que recordar la letra de un lindo fado, que habla de otra ciudad universitaria. Ese que tan apropiadamente dice: “Coimbra dos doutores / Pra nós os seus cantores / A fonte dos amores és tu”.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
