Primero fue Grecia, después España: más tarde Portugal. Cuando todos los ojos miraban a Irlanda, las malas noticias llegaron de Italia. Su economía padece de una severa crisis de confianza que afecta a sus mercados. Es un trance complejo, de difícil solución. La Europa del estado de bienestar, y de la integración regional, agoniza lentamente. Las sucesivas inyecciones de capital no llegan a atacar la enfermedad –sólo hacen más leves sus síntomas. Nadie quiere amputar, los días pasan y la gangrena avanza, inexorable. Muchos factores explican que se haya llegado a esta situación. Quiero detenerme en uno de ellos, que excede a esta crisis puntual. Me refiero a la falta de confianza: esa reacción tan humana, que amenaza toda relación social.
¿Cómo definir a la confianza sin recurrir a otros términos, tan escurridizos como ella? Tener la seguridad o la certeza de algo, no es lo mismo que confiar. Cuando confiamos, a lo más creemos o esperamos algo -y en la mayoría de los casos, lo creemos o lo esperamos de alguien. Al depositar nuestra confianza en otra persona, tan falible como nosotros, aceptamos ese ineludible margen de error que acompaña a todo hecho humano. Lejos del reino de las certidumbres, la confianza habita en el bosque de las posibilidades. En ese contexto, ¿por qué tenemos la necesidad de confiar? Vivimos en un mundo incierto, que hiere nuestros sentidos a diario. Para sobrevivir en este ambiente hostil, requerimos de otros. Por eso todos pertenecemos a un grupo, lo sepamos o no –lo queramos o no. A nuestra propia fragilidad, se une la de nuestro entorno: ya no el terruño, sino ese mundo virtual que nos acerca y nos aleja de todo, y de todos. El efecto mariposa no es un simple proverbio chino o una teoría esotérica, es hoy una realidad. Esto explica que las agrupaciones que conforman la densa red de nuestra hiperconectada sociedad actual, no respondan a los patrones de antaño. Y, sin embargo, todas estas agrupaciones parten de la misma creencia. Todas se basan en la confianza.
Sorprende que nuestra vida social se fundamente en algo tan frágil. Son innumerables las relaciones de pareja o amistad, profesionales o comerciales, y por cierto políticas, que corroídas por la desconfianza han terminado en nada. ¿Qué hacemos cuando la esperanza que hemos depositamos en alguien se desvanece? Confiar no es opcional: sin esperanza, no hay vida posible, sea individual o social. Tenemos que volver a creer en los demás, como lo tenemos que hacer respecto de nosotros mismos, una y otra vez. No es una tarea fácil. La desconfianza nos golpea donde más duele; deja heridas profundas, que demoran en cicatrizar. Hay males que no tienen recetario asociado –la falta de confianza es uno de ellos. No obstante, hay pequeños gestos que ayudan, con el tiempo, a superarla. Una persona herida espera dos cosas: el reconocimiento de la falta, y la promesa que no se repetirá. Necesitamos confiar de nuevo, y no podemos hacerlo solos. Quien provocó el daño tiene que ayudarnos. Por desgracia, muchas personas no son capaces de reconocer sus faltas. Erradamente, ven debilidad en un gesto que requiere justamente lo contrario: mucho coraje. También están los que reconocen sus errores, e incluso prometen no repetirlos. Sin embargo, lo hacen sin convicción, sólo por dejar tranquilos a los demás. Para que no los molesten.
Pero los hay que se equivocan, y no temen decirnos que lo hicieron. Aun cuando saben que pueden fallar de nuevo, se comprometen a hacer todo lo posible por no volver a hacerlo. Es una promesa valiente, destinada nada menos que a torcer la ley de las probabilidades. Sobre este compromiso podrá volver a crecer la esperanza, en la medida que sea aceptado. Lo que depende de cada cual.
domingo, 3 de julio de 2011
La novia triste
Veo imágenes del matrimonio del príncipe de Mónaco con una ex–nadadora sudafricana. Mucho blanco y mucho rojo, ambos tirando para rosado; famosos y famosillos completan un recargado escenario. Es una verdadera recreación del final de una película de Walt Disney, donde todo tiene que ser perfecto. El príncipe viste un impecable uniforme blanco, pero su pelada y sus cachetes colorados delatan el paso de los años, que una sonrisa hierática no logra ocultar. La futura princesa tampoco es muy joven, pero sí está muy bien conservada. Es una mujer bonita, y un sobrio traje de novia realza su figura. Sin embargo, de su velo blanco y transparente se escapan unos ojos tristes. Y lo que no podía pasar, ocurre: la pompa y el glamour de la ceremonia no pueden ocultar una mirada huidiza, que se cuela en los lentes de todas las cámaras que registran el producido evento. Es una pena irreductible, que se toma las pantallas, y tiñe de azul la ceremonia.
El matrimonio continúa, implacable. Los novios se ponen mutua y torpemente las argollas, y un desabrido beso delata a los actores en escena. Las fingidas sonrisas que esboza la novia, de tanto en tanto, no logran ocultar la pena de su mirada. Son ojos desolados, que ningún palacio en miniatura, alfombra semi–rosada, niñitas en trajes ornamentales, soldados de opereta, curas y coros varios, innumerables socialités, ni miles de pétalos de rosa, pueden esconder. La mirada de la novia, su dignidad perdida, sobrecogen. Ante ella, el príncipe se desfigura. Con sus años de más, y sus alegrías de menos, la novia triste es mejor que cualquier princesa de Walt Disney. Sus irresistibles ojos llorosos son un destello de humanidad, en el peor de los desiertos: el que está lleno de gente.
El matrimonio continúa, implacable. Los novios se ponen mutua y torpemente las argollas, y un desabrido beso delata a los actores en escena. Las fingidas sonrisas que esboza la novia, de tanto en tanto, no logran ocultar la pena de su mirada. Son ojos desolados, que ningún palacio en miniatura, alfombra semi–rosada, niñitas en trajes ornamentales, soldados de opereta, curas y coros varios, innumerables socialités, ni miles de pétalos de rosa, pueden esconder. La mirada de la novia, su dignidad perdida, sobrecogen. Ante ella, el príncipe se desfigura. Con sus años de más, y sus alegrías de menos, la novia triste es mejor que cualquier princesa de Walt Disney. Sus irresistibles ojos llorosos son un destello de humanidad, en el peor de los desiertos: el que está lleno de gente.
jueves, 30 de junio de 2011
Manejar en la lluvia
Como en otras ciudades grandes, el tráfico en Santiago se altera cuando llueve, y hay que andar con cuidado. Pero si se tiene un poco de calma, manejar en esos días puede ser una experiencia particular, diferente. Hablo de esos días en que el agua cae a raudales: como si en la bóveda del cielo alguien hubiera abierto una esclusa horizontal, por la que escurre el infinito a través de una enorme, intrincada e invisible rejilla. Entonces, uno se sube al auto, cierra la puerta y sale en busca de un destino próximo, que la lluvia transforma en lejano.
Con el agua afuera, y la humedad adentro, el auto rápidamente se convierte en una cápsula, aislada y a la vez inserta en la realidad circundante. Es un pequeño mundo de cuatro ruedas que contiene todo lo que necesitamos, en ese momento. Por las empañadas ventanillas vemos sucederse micros enormes; autos, de todos los tamaños y colores; conductores anónimos, algunos apurados, otros enardecidos; transeúntes que van raudos al Metro, o que esperan impasiblemente su micro. Son días grises, un poco oscuros, en los que las luces de los vehículos se desfiguran, alterando por completo a la ciudad, y a su gente.
En ese ambiente tan peculiar, uno puede abstraerse y manejar sin rumbo aparente. Se recorren calles sin nombre, y se divisan casas y edificios irreales, habitadas por desconocidos. Pensamientos y sentimientos vienen a nuestro encuentro, y se van –como las calles, las casas, y los edificios. Lo mejor que uno puede hacer es dejarse llevar por ellos, pero sin desconcentrarse. No vaya a ser que un topón nos aterrice de golpe a esa realidad deformada que vemos a través de los vidrios de nuestro auto. Sin tropiezos, impulsada por melodías y letras de canciones, la cápsula avanza con nuestros recuerdos e ilusiones.
Solos, en un auto encendido bajo la lluvia, somos la metáfora de nosotros mismos. Por esta cápsula calefaccionada, temporalmente vacía, han pasado tantos, y en las más diversas circunstancias. Cada trayecto recorrido ha tenido su comienzo, y su fin. Los pasajeros y los viajes se suceden, mientras el auto y su conductor permanecen. Pero ¿por cuánto tiempo? Tan efímeros como la lluvia que nos rodea, sólo nos queda seguir manejando en ella. Gozando del paseo, sin apuro: mientras dure.
Con el agua afuera, y la humedad adentro, el auto rápidamente se convierte en una cápsula, aislada y a la vez inserta en la realidad circundante. Es un pequeño mundo de cuatro ruedas que contiene todo lo que necesitamos, en ese momento. Por las empañadas ventanillas vemos sucederse micros enormes; autos, de todos los tamaños y colores; conductores anónimos, algunos apurados, otros enardecidos; transeúntes que van raudos al Metro, o que esperan impasiblemente su micro. Son días grises, un poco oscuros, en los que las luces de los vehículos se desfiguran, alterando por completo a la ciudad, y a su gente.
En ese ambiente tan peculiar, uno puede abstraerse y manejar sin rumbo aparente. Se recorren calles sin nombre, y se divisan casas y edificios irreales, habitadas por desconocidos. Pensamientos y sentimientos vienen a nuestro encuentro, y se van –como las calles, las casas, y los edificios. Lo mejor que uno puede hacer es dejarse llevar por ellos, pero sin desconcentrarse. No vaya a ser que un topón nos aterrice de golpe a esa realidad deformada que vemos a través de los vidrios de nuestro auto. Sin tropiezos, impulsada por melodías y letras de canciones, la cápsula avanza con nuestros recuerdos e ilusiones.
Solos, en un auto encendido bajo la lluvia, somos la metáfora de nosotros mismos. Por esta cápsula calefaccionada, temporalmente vacía, han pasado tantos, y en las más diversas circunstancias. Cada trayecto recorrido ha tenido su comienzo, y su fin. Los pasajeros y los viajes se suceden, mientras el auto y su conductor permanecen. Pero ¿por cuánto tiempo? Tan efímeros como la lluvia que nos rodea, sólo nos queda seguir manejando en ella. Gozando del paseo, sin apuro: mientras dure.
viernes, 10 de junio de 2011
Boleros
Estaba casado con una mujer bonita, ingeniero como él. Partieron al extranjero, a hacer un postgrado en la misma universidad. Por primera vez, a él le costó estudiar. Los resultados no fueron los de siempre: le iba bien, pero no era el mejor del curso. Su mujer, en cambio, no tuvo problemas –ni con la primera guagua, ni con la segunda. Acostumbrado a sacarse excelentes notas en la universidad donde estudió su pregrado, esta nueva realidad fue un duro golpe a su ego. Terminado el postgrado, volvieron a su país de origen, donde ambos encontraron rápidamente trabajo.
En su nueva pega le tocó viajar mucho. Pasaba largas temporadas en el extranjero. Lejos de casa, era el seductor de antaño. Al principio, fue sólo un juego: miradas, uno que otro coqueteo, pero nada más. Una mujer en particular lo cautivó con su alegría contagiosa, con su sensualidad y aire exótico. Las largas jornadas de trabajo juntos hicieron que pasaran de colegas a amigos, y de amigos a confidentes -al borde de la complicidad. De vuelta en su país, todo seguía igual. Su mujer trabajaba y se hacía cargo de los niños, ordenadamente. Él la quería mucho, tanto como a sus hijos. Sin embargo, la sombra que ella proyectaba sobre él lo iba marchitando de a poco. Conversaba con su mujer, pero de asuntos menores: cómo te fue; qué hiciste; te acordaste de; no te olvides qué; supiste lo de. Rara vez reían juntos –a lo más sonreían. Sus niños traían toda la alegría que esa casa de revista de decoración iba perdiendo, inexorablemente.
En unas de esas largas jornadas laborales en el extranjero, pasó lo que tenía que pasar. A las miradas cruzadas, se sumaron los cuerpos. Primero fue un roce, después otro. Al brazo alrededor de la cintura, le siguió una media vuelta. Sin saber cómo, terminaron fundidos en un inolvidable beso. De ahí en adelante, nada fue lo mismo para él. Los viajes al extranjero eran un oasis de vitalidad perdida, que le quitaban el sueño y le transformaban la vigilia. Era feliz de nuevo, pero se sentía profundamente culpable. Su vida tomó entonces dos rumbos. Afuera era una persona llena de vida -divertido, atractivo, valorado en lo personal y en lo profesional. En su país era un tipo apagado, del montón, con una vida hecha, que no se atrevía a deshacer. Un avión lo llevaba a uno de esos rumbos, y un avión lo traía de vuelta al otro.
Hasta que no pudo más. Una tarde de otoño decidió contarle todo a su mujer. Fue sincero: no escondió detalles, pero no fue cruel. A ella le tomó un tiempo entender lo que ocurría. Cuando finalmente comprendió la gravedad de los hechos, él ya le había comunicado su decisión de irse de la casa. Y así lo hizo. Se llevó unas pocas cosas a un hotel, donde lo recibió una pieza, como cualquier otra. Dejó sus bolsos, y se fue al bar del primer piso. Rodeado de viajeros, pidió un ron solo –de esos que tomaba con su amor exótico, en otras latitudes. El dulzón trago le supo amargo, como nunca. Unos parlantes ocultos emitían canciones que había escuchado en más de una oportunidad. Sin nada más que hacer, puso atención a sus letras, por primera vez. Una tras otra, hablaban de amores frustrados, y de ilusiones perdidas.
Mientras miraba el vaso de ron que tenía en la mano, sonrió. Con una vida que entonces terminaba, y otra que estaba por comenzar, ya no encontraba cursi las letras de esas canciones. De alguna manera, todas hablaban de él. Años escuchándolas, sin haberlas oído: tanto estudio, tanto trabajo, tanto viaje, y sólo ahora venía a entender los boleros.
En su nueva pega le tocó viajar mucho. Pasaba largas temporadas en el extranjero. Lejos de casa, era el seductor de antaño. Al principio, fue sólo un juego: miradas, uno que otro coqueteo, pero nada más. Una mujer en particular lo cautivó con su alegría contagiosa, con su sensualidad y aire exótico. Las largas jornadas de trabajo juntos hicieron que pasaran de colegas a amigos, y de amigos a confidentes -al borde de la complicidad. De vuelta en su país, todo seguía igual. Su mujer trabajaba y se hacía cargo de los niños, ordenadamente. Él la quería mucho, tanto como a sus hijos. Sin embargo, la sombra que ella proyectaba sobre él lo iba marchitando de a poco. Conversaba con su mujer, pero de asuntos menores: cómo te fue; qué hiciste; te acordaste de; no te olvides qué; supiste lo de. Rara vez reían juntos –a lo más sonreían. Sus niños traían toda la alegría que esa casa de revista de decoración iba perdiendo, inexorablemente.
En unas de esas largas jornadas laborales en el extranjero, pasó lo que tenía que pasar. A las miradas cruzadas, se sumaron los cuerpos. Primero fue un roce, después otro. Al brazo alrededor de la cintura, le siguió una media vuelta. Sin saber cómo, terminaron fundidos en un inolvidable beso. De ahí en adelante, nada fue lo mismo para él. Los viajes al extranjero eran un oasis de vitalidad perdida, que le quitaban el sueño y le transformaban la vigilia. Era feliz de nuevo, pero se sentía profundamente culpable. Su vida tomó entonces dos rumbos. Afuera era una persona llena de vida -divertido, atractivo, valorado en lo personal y en lo profesional. En su país era un tipo apagado, del montón, con una vida hecha, que no se atrevía a deshacer. Un avión lo llevaba a uno de esos rumbos, y un avión lo traía de vuelta al otro.
Hasta que no pudo más. Una tarde de otoño decidió contarle todo a su mujer. Fue sincero: no escondió detalles, pero no fue cruel. A ella le tomó un tiempo entender lo que ocurría. Cuando finalmente comprendió la gravedad de los hechos, él ya le había comunicado su decisión de irse de la casa. Y así lo hizo. Se llevó unas pocas cosas a un hotel, donde lo recibió una pieza, como cualquier otra. Dejó sus bolsos, y se fue al bar del primer piso. Rodeado de viajeros, pidió un ron solo –de esos que tomaba con su amor exótico, en otras latitudes. El dulzón trago le supo amargo, como nunca. Unos parlantes ocultos emitían canciones que había escuchado en más de una oportunidad. Sin nada más que hacer, puso atención a sus letras, por primera vez. Una tras otra, hablaban de amores frustrados, y de ilusiones perdidas.
Mientras miraba el vaso de ron que tenía en la mano, sonrió. Con una vida que entonces terminaba, y otra que estaba por comenzar, ya no encontraba cursi las letras de esas canciones. De alguna manera, todas hablaban de él. Años escuchándolas, sin haberlas oído: tanto estudio, tanto trabajo, tanto viaje, y sólo ahora venía a entender los boleros.
domingo, 29 de mayo de 2011
Rankings universitarios
Hace unas semanas, entregué el siguiente texto para su publicación en la revista de difusión de la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Habla sobre los rankings universitarios, y se titula como tal:
"El 2010 fue un buen año para la UC: lideró en todos los listados relevantes de universidades, tanto nacionales como internacionales. En el ranking mundial elaborado por la Universidad Jiao Tong de Shangai, empatamos con la Universidad de Chile. Ambas instituciones quedaron ubicadas entre los lugares 401 a 500 –ninguna otra universidad nacional fue incluida en dicho listado. Por su parte, en el ranking QS (antiguamente Times Higher Education Supplement-QS) la UC se situó 331 en el mundo, seguida por la Universidad de Chile en el lugar 367. Las otras universidades nacionales incluidas en este listado fueron las universidades de Santiago (dentro de las 501-550 mejores) y de Concepción (entre las 551-600), además de las universidades Federico Santa María, de Talca, Católica de Valparaíso, Austral, Adolfo Ibáñez y Diego Portales (todas en el grupo de las 601-700). En el área de las ciencias sociales del ranking QS, la UC volvió a estar primera entre los planteles chilenos, ocupando el lugar 283 -junto a la Universidad de Chile- entre las 300 mejores del mundo. No hubo más instituciones nacionales en ese listado. En los rankings nacionales, el resultado no fue distinto. La UC apareció primera en el listado de universidades chilenas preparado por la revista AméricaEconomía. Y en su listado de facultades de derecho, también fuimos la mejor el año pasado. Finalmente, en el ranking de la revista Qué Pasa del 2010, la UC nuevamente ocupó la primera ubicación entre las instituciones nacionales de educación superior, liderando asimismo su listado en el área de derecho.
Motivos para celebrar, entonces, tenemos –y muchos. Sin embargo, no se debe olvidar que los rankings simplifican realidades, en base a criterios que no siempre las reflejan con justicia. Esto produce distorsiones en sus resultados, lo que no puede ser de otro modo: ningún instrumento único podría dar cuenta, con precisión y equidad, de las distintas regiones geográficas y áreas del conocimiento hoy cubiertas por la educación superior. En mayor o menor medida, todos los rankings ya mencionados, adolecen de este problema. El de la Universidad Jiao Tong y el QS son los más antiguos y respetados a nivel internacional. Se publican en internet desde el 2003 y 2004, respectivamente, y ambos están dominados por las instituciones de educación superior de EEUU, cuyos cuantiosos recursos hacen muy difícil al resto de las universidades del mundo competir con ellas. A esta circunstancia se suma el hecho que los dos listados señalados privilegian la investigación científica en inglés, lo que explica que las universidades de otros países anglo-parlantes, como el Reino Unido, Canadá y Australia, también ocupen buenos lugares en ellos.
A pesar de sus defectos, los rankings chino y británico han prestado un importante servicio a la educación superior en Asia, Europa y América Latina. Las universidades de estas regiones se han visto forzadas a reformular sus estrategias de desarrollo, invirtiendo más en investigación; fomentando los estudios de postgrado entre sus profesores, preferentemente de doctorado; ampliando y mejorando la infraestructura física; y abriéndose al exterior, a través de diversos programas de intercambio académico. Los asiáticos decidieron hace años competir de igual a igual con las universidades de habla inglesa, por lo que no es raro encontrar hoy instituciones chinas, japonesas o indias entre las mejores del mundo. Las universidades europeas, golpeadas en su ego desde las primeras ediciones de los rankings de Jiao Tong y QS, también han tomado cartas en el asunto. A las universidades británicas ubicadas en los primeros lugares de cada listado, se han ido sumando progresivamente instituciones de Europa occidental, más que nada de la zona centro-norte. Y en cuanto a América Latina, los mejores planteles en ambos rankings han sido generalmente instituciones públicas gigantescas, como la Universidad Autónoma de México, la Universidad de São Paulo, o la Universidad de Buenos Aires. Hasta el momento: ya que no sorprendería que esta situación empezara a cambiar.
Pero no sólo los rankings internacionales tienen vicios y virtudes. En el caso de los elaborados en Chile, el de la revista Qué Pasa privilegia en exceso el prestigio de las universidades, según lo perciben empleadores principalmente de Santiago, lo que perjudica a las buenas instituciones de regiones. Aunque se han hecho esfuerzos por moderar esta distorsión en sus últimas ediciones, el efecto persiste en su conjunto. El ranking de AméricaEconomía, en cambio, utiliza criterios más objetivos, como porcentaje de docentes de tiempo completo, y con doctorado; puntaje en la Prueba de Selección Universitaria de los alumnos matriculados; áreas acreditadas, etc. Por lo mismo, simplifica mejor la realidad de la educación superior en nuestro país –lo que no significa que la refleje tal como es. Así y todo, ambos listados han ayudado a transparentar la información disponible sobre las universidades chilenas. En la competencia por subir en estos rankings, las autoridades que manejan las universidades nacionales han debido asumir que no basta la simple reinversión en infraestructura física, teniendo que destinar recursos al fomento de una investigación de calidad, y la mantención de un profesorado calificado y productivo.
Si bien los rankings universitarios han ayudado al desarrollo de la educación superior, siguen siendo indicadores generales, que a lo más sirven como términos de referencia. Por tanto, no son ni pretenden ser la última palabra respecto de la calidad de la educación impartida, o de la investigación realizada, en una universidad incluida en un listado, o excluida de éste. Al ser indicadores generales, lo que mejor reflejan los rankings son las tendencias que se manifiestan a lo largo de los años –y esto lo hacen bastante bien. Desde ese punto de vista, la UC y su Facultad de Derecho pueden estar legítimamente orgullosas de los puestos ocupados. Nuestra universidad fue incluida por primera vez en un ranking internacional en el 2005, en concreto en el elaborado conjuntamente por el Times Higher Education Supplement y QS. En esa oportunidad, ocupamos el tercer mejor lugar entre las universidades latinoamericanas listadas. El 2006 volvimos a ser la primera universidad chilena mencionada en dicho ranking, y nos ubicamos como segunda entre las latinoamericanas. Los años siguientes, la UC mantuvo su lugar en los listados publicados por THES-QS: primera entre las chilenas el 2007, 2008 y 2009; cuarta entre las latinoamericanas el 2007 y 2008, y tercera en la región el 2009.
En el primer ranking del área de ciencias sociales, elaborado por THES-QS el 2007, la UC fue la única institución nacional incluida entre las 300 mejores del mundo, y se ubicó en el cuarto lugar entre las universidades de Latinoamérica. Los años posteriores hemos seguido ocupando las posiciones señaladas, con la salvedad que el 2009 la Universidad de Chile ingresó a este ranking de ciencias sociales, quedando segunda entre las universidades chilenas. El 2010, la UC quedó sexta entre las instituciones latinoamericanas listadas por QS en su ranking general, y quinta en su listado de ciencias sociales. Respecto del ranking publicado por la Universidad Jiao Tong, la UC entró por primera vez a éste el 2007, como primera entre las instituciones nacionales, junto a la Universidad de Chile. La UC mantuvo su lugar el 2008 y el 2009: el año pasado volvimos a ocupar el mismo puesto.
En los rankings nacionales, los buenos resultados obtenidos por la UC también han sido constantes. La revista Qué Pasa realizó el primero de estos listados el 2000. Ese año, la UC lideró en el ranking general, y desde entonces nuestra universidad ha ocupado invariablemente el primer lugar en este listado anual. Qué Pasa hizo su primer ranking específico por carreras el 2001. En el área de derecho, nuestra Facultad ocupó el segundo puesto en esa oportunidad, lo cual se siguió repitiendo hasta el 2006, cuando pasamos al primer lugar. Aun cuando el 2008 volvimos al segundo puesto, a contar del 2009 no hemos bajado del primero. Al igual que en su ranking general, la revista Qué Pasa únicamente mide el prestigio de las facultades de derecho allí mencionadas. La medición de AméricaEconomía por carreras es, por tanto, nuevamente más objetiva que la de Qué Pasa, pues considera aspectos como la calidad de alumnos y docentes, índices de investigación e internacionalización, la oferta de postgrado respectiva, y la infraestructura a disposición de estudiantes y profesores. La primera versión de este listado fue publicada el 2009, y la UC ocupó el segundo lugar de su ranking general, al igual que nuestra Facultad en el área de derecho. El 2010 lideramos en ambos listados.
Ésa es, justamente, la tendencia que debemos mantener. Lograrlo es trabajo de todos: autoridades, profesores, estudiantes de pre y postgrado, personal administrativo, y ex alumnos. Nos queda todavía mucho por hacer en docencia y en extensión, y particularmente en investigación, para que nuestra universidad se sitúe entre las mejores del mundo. Gracias a Dios, vamos bien encaminados".
"El 2010 fue un buen año para la UC: lideró en todos los listados relevantes de universidades, tanto nacionales como internacionales. En el ranking mundial elaborado por la Universidad Jiao Tong de Shangai, empatamos con la Universidad de Chile. Ambas instituciones quedaron ubicadas entre los lugares 401 a 500 –ninguna otra universidad nacional fue incluida en dicho listado. Por su parte, en el ranking QS (antiguamente Times Higher Education Supplement-QS) la UC se situó 331 en el mundo, seguida por la Universidad de Chile en el lugar 367. Las otras universidades nacionales incluidas en este listado fueron las universidades de Santiago (dentro de las 501-550 mejores) y de Concepción (entre las 551-600), además de las universidades Federico Santa María, de Talca, Católica de Valparaíso, Austral, Adolfo Ibáñez y Diego Portales (todas en el grupo de las 601-700). En el área de las ciencias sociales del ranking QS, la UC volvió a estar primera entre los planteles chilenos, ocupando el lugar 283 -junto a la Universidad de Chile- entre las 300 mejores del mundo. No hubo más instituciones nacionales en ese listado. En los rankings nacionales, el resultado no fue distinto. La UC apareció primera en el listado de universidades chilenas preparado por la revista AméricaEconomía. Y en su listado de facultades de derecho, también fuimos la mejor el año pasado. Finalmente, en el ranking de la revista Qué Pasa del 2010, la UC nuevamente ocupó la primera ubicación entre las instituciones nacionales de educación superior, liderando asimismo su listado en el área de derecho.
Motivos para celebrar, entonces, tenemos –y muchos. Sin embargo, no se debe olvidar que los rankings simplifican realidades, en base a criterios que no siempre las reflejan con justicia. Esto produce distorsiones en sus resultados, lo que no puede ser de otro modo: ningún instrumento único podría dar cuenta, con precisión y equidad, de las distintas regiones geográficas y áreas del conocimiento hoy cubiertas por la educación superior. En mayor o menor medida, todos los rankings ya mencionados, adolecen de este problema. El de la Universidad Jiao Tong y el QS son los más antiguos y respetados a nivel internacional. Se publican en internet desde el 2003 y 2004, respectivamente, y ambos están dominados por las instituciones de educación superior de EEUU, cuyos cuantiosos recursos hacen muy difícil al resto de las universidades del mundo competir con ellas. A esta circunstancia se suma el hecho que los dos listados señalados privilegian la investigación científica en inglés, lo que explica que las universidades de otros países anglo-parlantes, como el Reino Unido, Canadá y Australia, también ocupen buenos lugares en ellos.
A pesar de sus defectos, los rankings chino y británico han prestado un importante servicio a la educación superior en Asia, Europa y América Latina. Las universidades de estas regiones se han visto forzadas a reformular sus estrategias de desarrollo, invirtiendo más en investigación; fomentando los estudios de postgrado entre sus profesores, preferentemente de doctorado; ampliando y mejorando la infraestructura física; y abriéndose al exterior, a través de diversos programas de intercambio académico. Los asiáticos decidieron hace años competir de igual a igual con las universidades de habla inglesa, por lo que no es raro encontrar hoy instituciones chinas, japonesas o indias entre las mejores del mundo. Las universidades europeas, golpeadas en su ego desde las primeras ediciones de los rankings de Jiao Tong y QS, también han tomado cartas en el asunto. A las universidades británicas ubicadas en los primeros lugares de cada listado, se han ido sumando progresivamente instituciones de Europa occidental, más que nada de la zona centro-norte. Y en cuanto a América Latina, los mejores planteles en ambos rankings han sido generalmente instituciones públicas gigantescas, como la Universidad Autónoma de México, la Universidad de São Paulo, o la Universidad de Buenos Aires. Hasta el momento: ya que no sorprendería que esta situación empezara a cambiar.
Pero no sólo los rankings internacionales tienen vicios y virtudes. En el caso de los elaborados en Chile, el de la revista Qué Pasa privilegia en exceso el prestigio de las universidades, según lo perciben empleadores principalmente de Santiago, lo que perjudica a las buenas instituciones de regiones. Aunque se han hecho esfuerzos por moderar esta distorsión en sus últimas ediciones, el efecto persiste en su conjunto. El ranking de AméricaEconomía, en cambio, utiliza criterios más objetivos, como porcentaje de docentes de tiempo completo, y con doctorado; puntaje en la Prueba de Selección Universitaria de los alumnos matriculados; áreas acreditadas, etc. Por lo mismo, simplifica mejor la realidad de la educación superior en nuestro país –lo que no significa que la refleje tal como es. Así y todo, ambos listados han ayudado a transparentar la información disponible sobre las universidades chilenas. En la competencia por subir en estos rankings, las autoridades que manejan las universidades nacionales han debido asumir que no basta la simple reinversión en infraestructura física, teniendo que destinar recursos al fomento de una investigación de calidad, y la mantención de un profesorado calificado y productivo.
Si bien los rankings universitarios han ayudado al desarrollo de la educación superior, siguen siendo indicadores generales, que a lo más sirven como términos de referencia. Por tanto, no son ni pretenden ser la última palabra respecto de la calidad de la educación impartida, o de la investigación realizada, en una universidad incluida en un listado, o excluida de éste. Al ser indicadores generales, lo que mejor reflejan los rankings son las tendencias que se manifiestan a lo largo de los años –y esto lo hacen bastante bien. Desde ese punto de vista, la UC y su Facultad de Derecho pueden estar legítimamente orgullosas de los puestos ocupados. Nuestra universidad fue incluida por primera vez en un ranking internacional en el 2005, en concreto en el elaborado conjuntamente por el Times Higher Education Supplement y QS. En esa oportunidad, ocupamos el tercer mejor lugar entre las universidades latinoamericanas listadas. El 2006 volvimos a ser la primera universidad chilena mencionada en dicho ranking, y nos ubicamos como segunda entre las latinoamericanas. Los años siguientes, la UC mantuvo su lugar en los listados publicados por THES-QS: primera entre las chilenas el 2007, 2008 y 2009; cuarta entre las latinoamericanas el 2007 y 2008, y tercera en la región el 2009.
En el primer ranking del área de ciencias sociales, elaborado por THES-QS el 2007, la UC fue la única institución nacional incluida entre las 300 mejores del mundo, y se ubicó en el cuarto lugar entre las universidades de Latinoamérica. Los años posteriores hemos seguido ocupando las posiciones señaladas, con la salvedad que el 2009 la Universidad de Chile ingresó a este ranking de ciencias sociales, quedando segunda entre las universidades chilenas. El 2010, la UC quedó sexta entre las instituciones latinoamericanas listadas por QS en su ranking general, y quinta en su listado de ciencias sociales. Respecto del ranking publicado por la Universidad Jiao Tong, la UC entró por primera vez a éste el 2007, como primera entre las instituciones nacionales, junto a la Universidad de Chile. La UC mantuvo su lugar el 2008 y el 2009: el año pasado volvimos a ocupar el mismo puesto.
En los rankings nacionales, los buenos resultados obtenidos por la UC también han sido constantes. La revista Qué Pasa realizó el primero de estos listados el 2000. Ese año, la UC lideró en el ranking general, y desde entonces nuestra universidad ha ocupado invariablemente el primer lugar en este listado anual. Qué Pasa hizo su primer ranking específico por carreras el 2001. En el área de derecho, nuestra Facultad ocupó el segundo puesto en esa oportunidad, lo cual se siguió repitiendo hasta el 2006, cuando pasamos al primer lugar. Aun cuando el 2008 volvimos al segundo puesto, a contar del 2009 no hemos bajado del primero. Al igual que en su ranking general, la revista Qué Pasa únicamente mide el prestigio de las facultades de derecho allí mencionadas. La medición de AméricaEconomía por carreras es, por tanto, nuevamente más objetiva que la de Qué Pasa, pues considera aspectos como la calidad de alumnos y docentes, índices de investigación e internacionalización, la oferta de postgrado respectiva, y la infraestructura a disposición de estudiantes y profesores. La primera versión de este listado fue publicada el 2009, y la UC ocupó el segundo lugar de su ranking general, al igual que nuestra Facultad en el área de derecho. El 2010 lideramos en ambos listados.
Ésa es, justamente, la tendencia que debemos mantener. Lograrlo es trabajo de todos: autoridades, profesores, estudiantes de pre y postgrado, personal administrativo, y ex alumnos. Nos queda todavía mucho por hacer en docencia y en extensión, y particularmente en investigación, para que nuestra universidad se sitúe entre las mejores del mundo. Gracias a Dios, vamos bien encaminados".
sábado, 7 de mayo de 2011
Placer culpable
Todos tenemos gustos que nos cuesta reconocer. En mi caso, tengo varios: uno de ellos es ABBA. No recuerdo la primera vez que escuché alguna de sus canciones, pues fueron famosos durante toda mi infancia. Con la música de este grupo sueco, vuelvo a esos días atemporales, casi oníricos, de posibilidades infinitas. Vienen a mi mente imágenes borrosas de cuatro jóvenes paliduchos, de tenidas hoy ridículas y coreografías acartonadas, cuyas amplias sonrisas escondían más de una pena. ABBA volvió con fuerza a la radio y televisión unos años atrás, a raíz del omnipresente revival de los años sesenta, que precedió al de los ochenta, de igual intensidad y corta duración. Tuve entonces la oportunidad de ver de nuevo esas viejas imágenes de mi niñez, transmitidas junto a grotescos remakes de las canciones y videos de ABBA.
¿Qué tienen estos temas, que todavía logran cautivarme? En sus inicios, los suecos cantaban canciones de consumo masivo. Eran melodías pegotes con letras simplonas, que permanentemente coqueteaban con el disco. Por esos años, los cuatro integrantes conformaban dos parejas: la del sueco sin barba y la rubia, y la del sueco con barba y la morena. En otras palabras, Björn y Agnetha, y Benny y Anni-Frid, mejor conocida como Frida. Juntos formaban el acrónimo ABBA. De esta primera etapa son “Fernando”, “Dancing Queen”, “The Name of the Game”, “Take a Chance on Me”, y “Chiquitita”. Personalmente, me quedo con “SOS” y “Knowing Me, Knowing You”, cuyas letras anticipan rupturas venideras, y sus consiguientes dolores.
Todas estas canciones configuran el preámbulo necesario al que es, probablemente, el mejor tema de ABBA: “The Winner Takes It All”. El fantasma del reciente divorcio de Agnetha Fältskog y Björn Ulvaeus, ronda cada de las estrofas de este tristísimo tema cantado por Agnetha, y compuesto por Björn y Benny. Poco tiempo después, Benny Andersson y Anni-Frid Lyngstad también se divorciaban. Los suecos musicalizaron esta segunda separación a través de “When All Is Said and Done”, cantada por Frida, y compuesta por Benny y Björn. Sin embargo, la canción que más recuerdo de ABBA, es una de las últimas que grabaron. Apareció un poco después de “One of Us”, otro de los grandes temas melancólicos del otrora alegre grupo sueco. Me refiero a “The Day Before You Came”.
Escuché esta canción muchas veces, en las largas noches de mi niñez y adolescencia. No supe por esos años que era de ABBA. De esto sólo me vine a enterar en la universidad –y no sin sorpresa. La melodía tiene un ritmo deliberadamente monótono, ejecutado con sintetizadores ochenteros, que me llena de nostalgia. La historia que narra se resume con maestría en una de las frases de su letra: “It's funny, but I had no sense of living without aim / The day before you came”. Pena, ternura y esperanza son las palabras que mejor describen esta canción, de un grupo brutalmente sincero -que registró la alegría y la tristeza, por igual.
¿Qué tienen estos temas, que todavía logran cautivarme? En sus inicios, los suecos cantaban canciones de consumo masivo. Eran melodías pegotes con letras simplonas, que permanentemente coqueteaban con el disco. Por esos años, los cuatro integrantes conformaban dos parejas: la del sueco sin barba y la rubia, y la del sueco con barba y la morena. En otras palabras, Björn y Agnetha, y Benny y Anni-Frid, mejor conocida como Frida. Juntos formaban el acrónimo ABBA. De esta primera etapa son “Fernando”, “Dancing Queen”, “The Name of the Game”, “Take a Chance on Me”, y “Chiquitita”. Personalmente, me quedo con “SOS” y “Knowing Me, Knowing You”, cuyas letras anticipan rupturas venideras, y sus consiguientes dolores.
Todas estas canciones configuran el preámbulo necesario al que es, probablemente, el mejor tema de ABBA: “The Winner Takes It All”. El fantasma del reciente divorcio de Agnetha Fältskog y Björn Ulvaeus, ronda cada de las estrofas de este tristísimo tema cantado por Agnetha, y compuesto por Björn y Benny. Poco tiempo después, Benny Andersson y Anni-Frid Lyngstad también se divorciaban. Los suecos musicalizaron esta segunda separación a través de “When All Is Said and Done”, cantada por Frida, y compuesta por Benny y Björn. Sin embargo, la canción que más recuerdo de ABBA, es una de las últimas que grabaron. Apareció un poco después de “One of Us”, otro de los grandes temas melancólicos del otrora alegre grupo sueco. Me refiero a “The Day Before You Came”.
Escuché esta canción muchas veces, en las largas noches de mi niñez y adolescencia. No supe por esos años que era de ABBA. De esto sólo me vine a enterar en la universidad –y no sin sorpresa. La melodía tiene un ritmo deliberadamente monótono, ejecutado con sintetizadores ochenteros, que me llena de nostalgia. La historia que narra se resume con maestría en una de las frases de su letra: “It's funny, but I had no sense of living without aim / The day before you came”. Pena, ternura y esperanza son las palabras que mejor describen esta canción, de un grupo brutalmente sincero -que registró la alegría y la tristeza, por igual.
sábado, 23 de abril de 2011
Gonzaga
Spokane es una pequeña ciudad al oeste del estado de Washington, en Estados Unidos. En ella se ubica una universidad que lleva por nombre Gonzaga. Casi al borde de Idaho, cerca de Canadá y lejos de todo, la Compañía de Jesús decidió fundar en 1887 un college para educar a los indígenas. Curas católicos, en un joven país en el que eran minoría, optan por ocuparse de quienes nadie se acordaba –de los derrotados de la conquista, y posterior colonización de América. El Gonzaga College se construyó lentamente en torno a la iglesia de su santo patrono, el jesuita lombardo de nombre Luis, y de noble apellido español. La nueva institución se fue llenando de alumnos de origen europeo y el ímpetu misionero original se perdió. Hoy Gonzaga es una universidad docente de prestigio nacional, con un buen equipo de basketball en una de las competitivas ligas deportivas universitarias de Estados Unidos. Sus profesores y alumnos comparten una particular mística que se deriva de la visión otro santo, también jesuita, de nombre Íñigo, y apellidos López de Recalde: San Ignacio de Loyola.
Gonzaga es en la actualidad una universidad pequeña que cuenta con un colegio de artes y ciencias, una escuela de administración, una de educación, otra de ingeniería y ciencias aplicadas, una de estudios profesionales, y una escuela de derecho. En cada sala de clases de Gonzaga hay un crucifijo. Lo que podría ser un pequeño detalle en un país de tradición católica, no lo es en uno de raigambre protestante y formas laicas. Conversando con los profesores y alumnos de su escuela de derecho, me llevé más de una sorpresa. A pesar de ser una institución profundamente gringa, Gonzaga me recordaba a cada rato al muy chileno Colegio San Ignacio El Bosque de mi adolescencia. Al preguntar a los profesores y alumnos de esta escuela de derecho, qué los había llevado a trabajar o estudiar en ella, se repetían las mismas respuestas. Según ellos, lo que distingue a Gonzaga es el ambiente de genuina camaradería entre sus miembros, y el fuerte sentido social de la actividad académica que allí se desarrolla.
A pesar de sus diferencias, los profesores y alumnos de Gonzaga no sólo se toleran, sino que se respetan. Esto no es del todo raro en una escuela de derecho gringa. Sin embargo, no es una característica que se dé en todas las universidades que se denominan católicas. Lo del sentido social impresiona aún más. Gonzaga está ubicada en uno de los países más ricos del mundo, sin duda el más poderoso. En ese contexto, es fácil olvidar que un porcentaje nada menor de la población de Estados Unidos tiene enormes carencias materiales. No será miseria, pero sí pobreza encubierta, y ésta se extiende a lo largo de todo el país. En Gonzaga se acuerdan de esta gente, reflejando así una constante de la universidad, desde su fundación. La impronta jesuita impide prescindir de los necesitados: de los vencidos. El catolicismo en Gonzaga va más allá de un simple crucifijo en una sala de clases.
Y es quizás eso lo que más sorprende de esta universidad. Como en el resto del mundo, la comunidad jesuita de Gonzaga disminuye de manera irreversible. No es difícil imaginar el día en que ésta desaparezca del todo. Pero la impronta permanece. La Iglesia San Luis Gonzaga sigue siendo el símbolo de la universidad, en torno al cual gira su campus. La estatua de san Ignacio de Loyola en el frontis del antiguo Gonzaga College no es sólo una figura de metal. Y el gran Cristo del estadio techado de basketball, donde el equipo de los Zags hace delirar a profesores y alumnos, es más que un adorno. De alguna manera, el sentido ignaciano de comunidad académica ha penetrado a la universidad a tal punto, que es hoy parte esencial del sello de Gonzaga. Por lo mismo, allí me sentí en casa. A pesar de estar a miles de kilómetros de la mía.
Gonzaga es en la actualidad una universidad pequeña que cuenta con un colegio de artes y ciencias, una escuela de administración, una de educación, otra de ingeniería y ciencias aplicadas, una de estudios profesionales, y una escuela de derecho. En cada sala de clases de Gonzaga hay un crucifijo. Lo que podría ser un pequeño detalle en un país de tradición católica, no lo es en uno de raigambre protestante y formas laicas. Conversando con los profesores y alumnos de su escuela de derecho, me llevé más de una sorpresa. A pesar de ser una institución profundamente gringa, Gonzaga me recordaba a cada rato al muy chileno Colegio San Ignacio El Bosque de mi adolescencia. Al preguntar a los profesores y alumnos de esta escuela de derecho, qué los había llevado a trabajar o estudiar en ella, se repetían las mismas respuestas. Según ellos, lo que distingue a Gonzaga es el ambiente de genuina camaradería entre sus miembros, y el fuerte sentido social de la actividad académica que allí se desarrolla.
A pesar de sus diferencias, los profesores y alumnos de Gonzaga no sólo se toleran, sino que se respetan. Esto no es del todo raro en una escuela de derecho gringa. Sin embargo, no es una característica que se dé en todas las universidades que se denominan católicas. Lo del sentido social impresiona aún más. Gonzaga está ubicada en uno de los países más ricos del mundo, sin duda el más poderoso. En ese contexto, es fácil olvidar que un porcentaje nada menor de la población de Estados Unidos tiene enormes carencias materiales. No será miseria, pero sí pobreza encubierta, y ésta se extiende a lo largo de todo el país. En Gonzaga se acuerdan de esta gente, reflejando así una constante de la universidad, desde su fundación. La impronta jesuita impide prescindir de los necesitados: de los vencidos. El catolicismo en Gonzaga va más allá de un simple crucifijo en una sala de clases.
Y es quizás eso lo que más sorprende de esta universidad. Como en el resto del mundo, la comunidad jesuita de Gonzaga disminuye de manera irreversible. No es difícil imaginar el día en que ésta desaparezca del todo. Pero la impronta permanece. La Iglesia San Luis Gonzaga sigue siendo el símbolo de la universidad, en torno al cual gira su campus. La estatua de san Ignacio de Loyola en el frontis del antiguo Gonzaga College no es sólo una figura de metal. Y el gran Cristo del estadio techado de basketball, donde el equipo de los Zags hace delirar a profesores y alumnos, es más que un adorno. De alguna manera, el sentido ignaciano de comunidad académica ha penetrado a la universidad a tal punto, que es hoy parte esencial del sello de Gonzaga. Por lo mismo, allí me sentí en casa. A pesar de estar a miles de kilómetros de la mía.
lunes, 4 de abril de 2011
Hablar o escribir bien
Uno podría pensar, con toda razón, que un buen orador es un buen escritor, y viceversa. Pero lo cierto es que esto no es así –al menos, necesariamente. De hecho, muchas veces ocurre lo contrario. Me ha tocado constatarlo, y no sin desilusión. Por ejemplo, en mi área de trabajo -y contra todo pronóstico- algunos libros o artículos de grandes abogados son mediocres, o derechamente malos. Asimismo, conferencias o presentaciones de conocidos investigadores jurídicos son triviales, o francamente anodinas. ¿A qué se debe esto? Tiendo a pensar que la respuesta está en el esfuerzo que involucra para el orador o escritor expresarse de una manera u otra, así como en la audiencia a la que se dirige cada uno.
Escuchar a un buen orador es un placer, tanto como leer a un buen escritor: ambos tienen facilidad de palabra. Sabiéndose un prestidigitador de la lengua, al orador de fuste le gusta improvisar. Arriesga su discurso en todo tipo de piruetas verbales que mantienen a la audiencia en vilo. Envueltos en este embrujo, suspiramos aliviados cada vez que cae de pie, vuelve a equilibrarse y sigue su camino. Nos sube a una montaña rusa compuesta de sustantivos, verbos y adjetivos, de cambios de tono y de velocidad, de breves y estudiados silencios. Acción, suspenso, humor, intriga e incluso, a veces, romance –todo, en un solo discurso. Es difícil que el buen orador no sorprenda a la audiencia de turno con su talento. A esta habilidad los británicos la llaman “the gift of the gab”, y es tal que termina por sorprenderlo a él mismo, creando un placer espurio. El buen orador es un individuo al que le gusta escucharse. Y le gusta mucho.
Transformar cualquier charla en una disertación es muy fácil para el orador innato. Escribir, en tanto, requiere esfuerzo y dedicación. Es un trabajo solitario, alejado de las luces y de los aplausos. Si el buen orador se acerca al equilibrista, el buen escritor se parece al escultor. Armado con un lápiz o un teclado, se enfrenta día a día con la página en blanco, debiendo amasar, dar forma, tornear y pulir palabras, antes de poder cincelarlas con esos nunca definitivos toques finales. Para esculpir frases y párrafos hay que tener paciencia y ejercerla. El buen orador no tiene tiempo para esto. Lo llaman los cantos de sirena del aplauso que sigue a un discurso que hipnotiza al propio hipnotizador. Así se queda el orador hablando a su audiencia, y el escritor a la suya –que no son las mismas.
El buen orador cautiva a los grupos, pero aburre profundamente a una sola persona. Necesita una audiencia que lo escuche, no que lo interrumpa, rompiendo la frágil magia creada por su artificio. El buen escritor, en tanto, se empequeñece ante los reflectores, y se agiganta ante una simple lámpara. No conoce de muchedumbres: lo suyo es la intimidad y el diálogo, aunque sea virtual. Si bien su lector puede multiplicarse en números que provocarían la envidia del mejor orador, éste no pierde su individualidad. Nunca deja de ser una persona. Más que anónima, innominada. Pero persona al fin.
Escuchar a un buen orador es un placer, tanto como leer a un buen escritor: ambos tienen facilidad de palabra. Sabiéndose un prestidigitador de la lengua, al orador de fuste le gusta improvisar. Arriesga su discurso en todo tipo de piruetas verbales que mantienen a la audiencia en vilo. Envueltos en este embrujo, suspiramos aliviados cada vez que cae de pie, vuelve a equilibrarse y sigue su camino. Nos sube a una montaña rusa compuesta de sustantivos, verbos y adjetivos, de cambios de tono y de velocidad, de breves y estudiados silencios. Acción, suspenso, humor, intriga e incluso, a veces, romance –todo, en un solo discurso. Es difícil que el buen orador no sorprenda a la audiencia de turno con su talento. A esta habilidad los británicos la llaman “the gift of the gab”, y es tal que termina por sorprenderlo a él mismo, creando un placer espurio. El buen orador es un individuo al que le gusta escucharse. Y le gusta mucho.
Transformar cualquier charla en una disertación es muy fácil para el orador innato. Escribir, en tanto, requiere esfuerzo y dedicación. Es un trabajo solitario, alejado de las luces y de los aplausos. Si el buen orador se acerca al equilibrista, el buen escritor se parece al escultor. Armado con un lápiz o un teclado, se enfrenta día a día con la página en blanco, debiendo amasar, dar forma, tornear y pulir palabras, antes de poder cincelarlas con esos nunca definitivos toques finales. Para esculpir frases y párrafos hay que tener paciencia y ejercerla. El buen orador no tiene tiempo para esto. Lo llaman los cantos de sirena del aplauso que sigue a un discurso que hipnotiza al propio hipnotizador. Así se queda el orador hablando a su audiencia, y el escritor a la suya –que no son las mismas.
El buen orador cautiva a los grupos, pero aburre profundamente a una sola persona. Necesita una audiencia que lo escuche, no que lo interrumpa, rompiendo la frágil magia creada por su artificio. El buen escritor, en tanto, se empequeñece ante los reflectores, y se agiganta ante una simple lámpara. No conoce de muchedumbres: lo suyo es la intimidad y el diálogo, aunque sea virtual. Si bien su lector puede multiplicarse en números que provocarían la envidia del mejor orador, éste no pierde su individualidad. Nunca deja de ser una persona. Más que anónima, innominada. Pero persona al fin.
lunes, 3 de enero de 2011
Ese alumno
Estudia en una universidad de segunda, o quizás de tercera, y lo sabe. No estuvo en un buen colegio, no vive en un buen barrio, pero sí tiene buenos amigos y una mejor familia (a veces, ni eso). Se levanta temprano todos los días de la semana, va a clases pase lo que pase, toma apuntes y aprovecha de hacer preguntas a los profesores, cada vez que puede. Para sus compañeros, es un bicho raro. En cada curso al que asiste es uno de los dos, tres o cuatro alumnos (a lo más) que tienen interés por aprender la materia. A los otros treinta, cuarenta o cincuenta estudiantes de la sala, sólo les interesa pasar el ramo, terminar la carrera, y chao. No comparte esa visión: por lo mismo, lo encuentran medio ahuevonao. ¿Qué tanto afán por ir a clases, tomar apuntes, hacer preguntas, y estudiar? Muchos de sus compañeros pertenecen a la primera generación de sus respectivas familias que llega a la universidad. Detrás suyo hay hombres y mujeres que se sacrifican día a día para que el pequeño príncipe (o princesa) tenga mejores oportunidades que las que ellos tuvieron. Pero eso no importa: a la universidad se va a pasarlo bien, y a recibir un cartón que habilite para ganarse unas lucas, que permitan el día de mañana pasarlo mejor todavía.
De tanto en tanto, aparece un pesado de universidad tradicional que lo mira a huevo, y se lo hace sentir (o se lo dice derechamente a la cara). Ese alumno sabe que su grado académico, así como su título profesional, valdrán poco en un mercado cada vez más competitivo, cada vez más saturado. Ya empieza a vislumbrar que tendrá que trabajar el doble (y ganar la mitad) durante sus primeros años de vida laboral. Está consciente de no tener buenos pitutos, y que por lo mismo no está en la misma situación que el alumno de privada precordillerana. Al momento de graduarse, tendrá que trabajar en lo que encuentre, y de ahí irse cambiando de pega (y de a poco). Ese alumno intuye, además, que tendrá que volver a estudiar en las tardes, después del trabajo y de su bolsillo, para agregar un postgrado a un débil currículum. Mientras tanto, apura el paso para llegar temprano a la próxima clase. Indiferente a un entorno mediocre, hace lo que tiene hacer, contra viento y marea.
No exagero si digo que ese alumno, me resulta simplemente heroico.
De tanto en tanto, aparece un pesado de universidad tradicional que lo mira a huevo, y se lo hace sentir (o se lo dice derechamente a la cara). Ese alumno sabe que su grado académico, así como su título profesional, valdrán poco en un mercado cada vez más competitivo, cada vez más saturado. Ya empieza a vislumbrar que tendrá que trabajar el doble (y ganar la mitad) durante sus primeros años de vida laboral. Está consciente de no tener buenos pitutos, y que por lo mismo no está en la misma situación que el alumno de privada precordillerana. Al momento de graduarse, tendrá que trabajar en lo que encuentre, y de ahí irse cambiando de pega (y de a poco). Ese alumno intuye, además, que tendrá que volver a estudiar en las tardes, después del trabajo y de su bolsillo, para agregar un postgrado a un débil currículum. Mientras tanto, apura el paso para llegar temprano a la próxima clase. Indiferente a un entorno mediocre, hace lo que tiene hacer, contra viento y marea.
No exagero si digo que ese alumno, me resulta simplemente heroico.
domingo, 12 de diciembre de 2010
Algunas profesionales
Tanto le había hablado de Chile, que cuando supo que venía estaba de lo más entusiasmada. “¡Voy a Chilito!”, me decía al teléfono con su acento andaluz. Por ese entonces, yo no vivía en esta finis terrae, sino al norte de la “pérfida Albión”. Quedamos de juntarnos lo más pronto posible, donde pudiéramos, para que me contara cómo estuvo su viaje. Así lo hicimos. Cuando finalmente pude ver a mi amiga española, y le pregunté por su estadía en mi país, me dijo algo que me obligó reflexionar sobre un tema rara vez comentado. Menos, analizado.
“¿Son todas las chilenas serias?” En un principio, la pregunta de mi amiga me descolocó. “Por supuesto que no”, le dije. Mientras contestaba esto, pensaba qué le podría haber llevado a una conclusión tan alejada de la realidad. Las chilenas no son muy distintas al resto de las latinoamericanas. En nuestro continente abunda el llanto, es cierto, pero también la risa. ¿A qué se debía, por tanto, su pregunta? Después de darle unas vueltas al asunto, esbocé una respuesta: “probablemente sólo te relacionaste con chilenas en un ambiente de trabajo”. Así había sido: de ahí la visión distorsionada que se llevó mi amiga de Chile. Al menos, de la mitad de su población.
A mi respuesta sigue, necesariamente, otra pregunta: ¿por qué tienden a ser serias las profesionales chilenas que ocupan cargos de cierta relevancia? Para entender nuestro medio laboral hay que haber pasado antes por un colegio local que tenga un buen número de hombres entre su alumnado. Ambos son hábitats primitivos, en los que generalmente sólo hay dos alternativas disponibles –depredador o presa. En buen chileno, o eres de los que huevean, o eres de los que son hueveados.
Para estar en la cima de la cadena alimenticia, se deben seguir ciertas reglas. La primera: el qué dirán lo es todo. Nada de andar diciendo o haciendo cosas raras por ahí. Se dice y se hace lo que impone la mayoría. La clave está, por lo mismo, en pertenecer a la elite que controla esa mayoría. Y para eso, hay que empezar por opinar y actuar como ellos. Se puede intentar pasar por excéntrico, pero se corre el riesgo de ser identificado como presa. Lo que en mi colegio llamábamos material pa’l hueveo. Obviamente, de los depredadores.
La segunda regla se relaciona directamente con la primera: hay que ser siempre simpático y divertido. Nada de andar por la vida circunspecto; todo tiene que ser motivo de talla. No hablo de buena disposición, jovialidad o agudeza, sino derechamente de sarcasmo. Ser simpático y divertido no consiste, por tanto, en reírse con los demás, sino en reírse de los demás. Hay que ser mordaz y cáustico. El humor se transforma así en un arma: el sarcasmo permite ridiculizar a los enemigos, y congraciarse con los amigos. Siempre a costa de alguien. O de algo.
Este difícil hábitat se repite en la universidad, y después en el trabajo. Con matices. Quien quiera mantenerse en dicho ambiente, y subir sus rústicos peldaños, debe ser racional y frío en todo momento. Además, hay que estar dispuesto a recibir palos -y darlos de vuelta. En este contexto, la sensibilidad es un signo de debilidad imperdonable. Los hombres, educados en Latinoamérica para no llorar, saben a lo que van. Las mujeres se acostumbran rápido, o se dedican a otra cosa. Para destacar en un trabajo inmerso en este mundillo masculino, a algunas no les quedará otra que mimetizarse con su entorno. Lo que tiene su costo.
No son pocas las mujeres en Chile que deciden insertarse en un ambiente laboral competitivo, abrazando las características del mismo con la pasión que caracteriza a su género. Al poco andar, se transforman en la caricatura del original. Quién las puede culpar: son mujeres que construyen su coraza en base a esfuerzo, sacrificios y sufrimiento. A cada pequeño o gran fracaso, le agregan una nueva capa a su blindaje. Por desgracia, con el tiempo persona y personaje se hacen uno. En este caso, una. ¿Resultado? Siempre muy ocupada, de trato distante, con aires de importancia. Y, sobre todo, difícil.
Al tener menos tolerancia al sarcasmo, esta mujer profesional va a desconfiar del humor en general, escudándose en la seriedad y la disciplina -con un toque de agresividad. En su afán por pertenecer al medio laboral chilensis, y surgir en éste, no son pocas las mujeres profesionales que se transforman en profesionales a secas. Y éstas rara vez ríen con sinceridad. Achinando los ojos, bajando la guardia.
“¿Son todas las chilenas serias?” En un principio, la pregunta de mi amiga me descolocó. “Por supuesto que no”, le dije. Mientras contestaba esto, pensaba qué le podría haber llevado a una conclusión tan alejada de la realidad. Las chilenas no son muy distintas al resto de las latinoamericanas. En nuestro continente abunda el llanto, es cierto, pero también la risa. ¿A qué se debía, por tanto, su pregunta? Después de darle unas vueltas al asunto, esbocé una respuesta: “probablemente sólo te relacionaste con chilenas en un ambiente de trabajo”. Así había sido: de ahí la visión distorsionada que se llevó mi amiga de Chile. Al menos, de la mitad de su población.
A mi respuesta sigue, necesariamente, otra pregunta: ¿por qué tienden a ser serias las profesionales chilenas que ocupan cargos de cierta relevancia? Para entender nuestro medio laboral hay que haber pasado antes por un colegio local que tenga un buen número de hombres entre su alumnado. Ambos son hábitats primitivos, en los que generalmente sólo hay dos alternativas disponibles –depredador o presa. En buen chileno, o eres de los que huevean, o eres de los que son hueveados.
Para estar en la cima de la cadena alimenticia, se deben seguir ciertas reglas. La primera: el qué dirán lo es todo. Nada de andar diciendo o haciendo cosas raras por ahí. Se dice y se hace lo que impone la mayoría. La clave está, por lo mismo, en pertenecer a la elite que controla esa mayoría. Y para eso, hay que empezar por opinar y actuar como ellos. Se puede intentar pasar por excéntrico, pero se corre el riesgo de ser identificado como presa. Lo que en mi colegio llamábamos material pa’l hueveo. Obviamente, de los depredadores.
La segunda regla se relaciona directamente con la primera: hay que ser siempre simpático y divertido. Nada de andar por la vida circunspecto; todo tiene que ser motivo de talla. No hablo de buena disposición, jovialidad o agudeza, sino derechamente de sarcasmo. Ser simpático y divertido no consiste, por tanto, en reírse con los demás, sino en reírse de los demás. Hay que ser mordaz y cáustico. El humor se transforma así en un arma: el sarcasmo permite ridiculizar a los enemigos, y congraciarse con los amigos. Siempre a costa de alguien. O de algo.
Este difícil hábitat se repite en la universidad, y después en el trabajo. Con matices. Quien quiera mantenerse en dicho ambiente, y subir sus rústicos peldaños, debe ser racional y frío en todo momento. Además, hay que estar dispuesto a recibir palos -y darlos de vuelta. En este contexto, la sensibilidad es un signo de debilidad imperdonable. Los hombres, educados en Latinoamérica para no llorar, saben a lo que van. Las mujeres se acostumbran rápido, o se dedican a otra cosa. Para destacar en un trabajo inmerso en este mundillo masculino, a algunas no les quedará otra que mimetizarse con su entorno. Lo que tiene su costo.
No son pocas las mujeres en Chile que deciden insertarse en un ambiente laboral competitivo, abrazando las características del mismo con la pasión que caracteriza a su género. Al poco andar, se transforman en la caricatura del original. Quién las puede culpar: son mujeres que construyen su coraza en base a esfuerzo, sacrificios y sufrimiento. A cada pequeño o gran fracaso, le agregan una nueva capa a su blindaje. Por desgracia, con el tiempo persona y personaje se hacen uno. En este caso, una. ¿Resultado? Siempre muy ocupada, de trato distante, con aires de importancia. Y, sobre todo, difícil.
Al tener menos tolerancia al sarcasmo, esta mujer profesional va a desconfiar del humor en general, escudándose en la seriedad y la disciplina -con un toque de agresividad. En su afán por pertenecer al medio laboral chilensis, y surgir en éste, no son pocas las mujeres profesionales que se transforman en profesionales a secas. Y éstas rara vez ríen con sinceridad. Achinando los ojos, bajando la guardia.
martes, 19 de octubre de 2010
Time Machine
9pm, en punto. El recital comienza con un griterío ensordecedor. Estoy en la cancha del Estadio Nacional, rodeado por tipos que van de los veintitantos a los cuarentitantos. En las pantallas gigantes del escenario se proyecta un video donde los integrantes de Rush se ríen de sí mismos. Atrás mío, alguien recita el diálogo del video, a viva voz: como un mantra. Los canadienses no alcanzan a completar un acorde de su primera canción, cuando el estadio se viene abajo. Por lo menos en la parte que estoy yo… Saltamos como niños chicos, cantando “The Spirit of Radio”. Entre medio, se escuchan alaridos de fans descontrolados. La segunda canción provoca euforia: es nada menos que “Time Stand Still”. Volvemos a saltar y cantar, entre el clamor general. “Freeze this moment a little bit longer”, dice Geddy Lee en el escenario. No puedo estar más de acuerdo.
La intensidad del recital no disminuye. Los asistentes, sin embargo, se tranquilizan un poco. Todo cambia con “Freewill”. Las dos canciones que vienen después, “Marathon” y “Subdivisions”, nos llevan a saltar y cantar una vez más. Por suerte, los músicos hacen un intermedio –muchos ya no estamos para estos trotes. Transcurren unos minutos, y un nuevo video anuncia que el recital se reanuda. Empieza “Tom Sawyer”: delirio en el Nacional. Esta segunda parte es sin concesiones. “Red Barchetta”, “YYZ”, "Limelight", "The Camera Eye", "Witch Hunt", "Vital Signs". Todo el “Moving Pictures”, uno de sus mejores discos. Un tipo al lado mío emite, de tanto en tanto, gritos guturales. Largas partes instrumentales son tarareadas, a todo pulmón, por el público. A esta andanada de temazos, sigue el solo de batería de Neil Peart. Un clásico. A mi izquierda, un fanático lo graba íntegro. Lo veo mirar la pequeña pantalla de su cámara, extasiado, anticipando las veces que lo volverá a ver. En su casa y, probablemente, en la oficina.
Alex Lifeson toca una guitarra acústica de doce cuerdas. Se alcanza a escuchar el principio de “Closer to the Heart”, cuando el estadio se viene nuevamente abajo. “2112 Overture” y “The Temples of Syrinx” nos hacen saltar otro poco más. Los canadienses anuncian que, con la próxima canción, se termina en Chile el tour que comenzaran en EEUU hace unos meses. Han pasado casi tres horas, y tengo parte del cuerpo agarrotado. Así y todo, los escucharía un par de horas más. Con gusto. Rush se va, pero vuelve al rato. Tocan “La Villa Strangiato”, y finalizan con “Walking Man”. No es su mejor canción, pero sí su primer éxito. La elección no deja lugar a dudas. El grupo confirma abiertamente su propuesta original: pesada y progresiva. Un tercer video se ríe de los fans, quienes a su vez se ríen de si mismos. Luces, y para la casa.
Salimos del Nacional más que contentos, a pesar no de haber oído todas las canciones que íbamos a escuchar. Tres horas de “Time Machine”, en las que se nos paseó de la década del ’70 al presente, ida y vuelta, no fueron suficientes. Quedamos con gusto a poco, y eso nunca es malo. ¿Exagero si digo que Rush es un ejemplo de consecuencia? No creo. Mal que mal, sus integrantes tienen casi sesenta años, y llevan más de treinta y cinco como grupo. No les interesa ser populares, sino hacer lo suyo –y hacerlo bien. Por lo mismo, generan adhesiones profundas. Son lo que son, y quieren seguir siéndolo. Eso se agradece. Hoy, más que nunca.
La intensidad del recital no disminuye. Los asistentes, sin embargo, se tranquilizan un poco. Todo cambia con “Freewill”. Las dos canciones que vienen después, “Marathon” y “Subdivisions”, nos llevan a saltar y cantar una vez más. Por suerte, los músicos hacen un intermedio –muchos ya no estamos para estos trotes. Transcurren unos minutos, y un nuevo video anuncia que el recital se reanuda. Empieza “Tom Sawyer”: delirio en el Nacional. Esta segunda parte es sin concesiones. “Red Barchetta”, “YYZ”, "Limelight", "The Camera Eye", "Witch Hunt", "Vital Signs". Todo el “Moving Pictures”, uno de sus mejores discos. Un tipo al lado mío emite, de tanto en tanto, gritos guturales. Largas partes instrumentales son tarareadas, a todo pulmón, por el público. A esta andanada de temazos, sigue el solo de batería de Neil Peart. Un clásico. A mi izquierda, un fanático lo graba íntegro. Lo veo mirar la pequeña pantalla de su cámara, extasiado, anticipando las veces que lo volverá a ver. En su casa y, probablemente, en la oficina.
Alex Lifeson toca una guitarra acústica de doce cuerdas. Se alcanza a escuchar el principio de “Closer to the Heart”, cuando el estadio se viene nuevamente abajo. “2112 Overture” y “The Temples of Syrinx” nos hacen saltar otro poco más. Los canadienses anuncian que, con la próxima canción, se termina en Chile el tour que comenzaran en EEUU hace unos meses. Han pasado casi tres horas, y tengo parte del cuerpo agarrotado. Así y todo, los escucharía un par de horas más. Con gusto. Rush se va, pero vuelve al rato. Tocan “La Villa Strangiato”, y finalizan con “Walking Man”. No es su mejor canción, pero sí su primer éxito. La elección no deja lugar a dudas. El grupo confirma abiertamente su propuesta original: pesada y progresiva. Un tercer video se ríe de los fans, quienes a su vez se ríen de si mismos. Luces, y para la casa.
Salimos del Nacional más que contentos, a pesar no de haber oído todas las canciones que íbamos a escuchar. Tres horas de “Time Machine”, en las que se nos paseó de la década del ’70 al presente, ida y vuelta, no fueron suficientes. Quedamos con gusto a poco, y eso nunca es malo. ¿Exagero si digo que Rush es un ejemplo de consecuencia? No creo. Mal que mal, sus integrantes tienen casi sesenta años, y llevan más de treinta y cinco como grupo. No les interesa ser populares, sino hacer lo suyo –y hacerlo bien. Por lo mismo, generan adhesiones profundas. Son lo que son, y quieren seguir siéndolo. Eso se agradece. Hoy, más que nunca.
lunes, 4 de octubre de 2010
De noche en el día
Ya en sus primeros acordes me cautiva. Algo dentro de mí despierta de un profundo letargo. Un piano, y un par de manos invisibles, me hipnotizan desde lejos. Quién sabe dónde, quién sabe cuándo: alguien que no conoceré jamás me regala un puñado de minutos de una emoción intensa, llena de matices. Indescriptible. Es el Nocturno en mi bemol de Frédéric Chopin. Lo escucho de día, y mi vigilia se llena de sueños.
sábado, 18 de septiembre de 2010
Refugio
En la parte de la Universidad Católica que da a la calle Portugal, quedó un ala inconclusa con su respectivo pasillo. Éste conecta uno de los lindos patios interiores del proyecto original, con la entrada a un acogedor y largo salón que pertenece a la Facultad de Derecho. Si bien sus extremos son agradables, el corredor mismo no lo es. Hasta el día de hoy se pueden ver el concreto y los ladrillos que lo conforman, sin revestimiento. Para aislarlo de la lluvia, se le agregaron unas nada bonitas vitrinas de vidrio. Toscos ladrillos y concreto pintado, a un lado, y horribles ventanas, al otro: en este inhóspito escenario fui testigo, años atrás, de un hecho trivial que me hizo darme cuenta de algo que nunca antes había pensado. Y que, desde entonces, he vuelto a pensar muchas veces.
Siendo un estudiante de pregrado, estuve una mañana entera esperando dar un examen oral en la sala ubicada al comienzo de este feo pasillo. De pronto, entró un gorrión. Como suelen hacer los pájaros, cuando ingresan al interior de una casa o departamento, comenzó a darse golpes contra las vitrinas. Trataba de salir al patio que podía ver a través de ellas. No había forma de ayudarlo. Si uno se acercaba, el gorrión se ponía nervioso y retomaba su infructuosa (y dolorosa) empresa. Lo único que se conseguía con esto, era hacer que el pajarito se pegue de nuevo contra el vidrio, y con mayor fuerza. Cuando el gorrión dejaba de darse contra las vitrinas hechizas, volaba a una saliente del muro, donde permanecía respirando con agitación. Hasta que descubrió uno de los arbustos raquíticos que la administración del campus había puesto en maseteros, a lo largo del pasillo.
Lo vi descender y posarse sobre una de sus ramitas. Se quedó ahí largo rato, indiferente a los alumnos que iban y venían por el pasillo, quienes tampoco reparaban en él. Lo vi tranquilizarse, descansar, ubicarse. Entonces, emprendió de nuevo el vuelo, y pudo encontrar la salida. Que un arbusto así de pequeño pueda servir de refugio, me pareció sorprendente. Para el gorrión, éste era lo más parecido al mundo que había dejado –y al que quería regresar. Entre sus ramas encontró el amparo, la claridad y la decisión que un pasillo rodeado de concreto, ladrillos y vidrio no le brindaban.
Y es que los refugios no son otra cosa que eso. Un trozo de lo que dejamos, y donde queremos volver. Aunque sea por un rato. El suficiente para poder emprender de nuevo el vuelo.
Siendo un estudiante de pregrado, estuve una mañana entera esperando dar un examen oral en la sala ubicada al comienzo de este feo pasillo. De pronto, entró un gorrión. Como suelen hacer los pájaros, cuando ingresan al interior de una casa o departamento, comenzó a darse golpes contra las vitrinas. Trataba de salir al patio que podía ver a través de ellas. No había forma de ayudarlo. Si uno se acercaba, el gorrión se ponía nervioso y retomaba su infructuosa (y dolorosa) empresa. Lo único que se conseguía con esto, era hacer que el pajarito se pegue de nuevo contra el vidrio, y con mayor fuerza. Cuando el gorrión dejaba de darse contra las vitrinas hechizas, volaba a una saliente del muro, donde permanecía respirando con agitación. Hasta que descubrió uno de los arbustos raquíticos que la administración del campus había puesto en maseteros, a lo largo del pasillo.
Lo vi descender y posarse sobre una de sus ramitas. Se quedó ahí largo rato, indiferente a los alumnos que iban y venían por el pasillo, quienes tampoco reparaban en él. Lo vi tranquilizarse, descansar, ubicarse. Entonces, emprendió de nuevo el vuelo, y pudo encontrar la salida. Que un arbusto así de pequeño pueda servir de refugio, me pareció sorprendente. Para el gorrión, éste era lo más parecido al mundo que había dejado –y al que quería regresar. Entre sus ramas encontró el amparo, la claridad y la decisión que un pasillo rodeado de concreto, ladrillos y vidrio no le brindaban.
Y es que los refugios no son otra cosa que eso. Un trozo de lo que dejamos, y donde queremos volver. Aunque sea por un rato. El suficiente para poder emprender de nuevo el vuelo.
jueves, 2 de septiembre de 2010
Swing y punch
Una amiga de otros tiempos decía que un buen candidato a pololo/novio/marido debía tener swing y también punch. Con esto quería decir que el tipo necesitaba tener onda y empuje, para ser considerado en serio. En otras palabras, quería alguien entretenido y trabajador. El sueño del pibe: en este caso, de la piba. El problema se presentaba cuando el candidato en cuestión le faltaba una de las características necesarias. Ahí nos poníamos a filosofar de lo lindo: ¿cuál de las dos características es no-negociable? Lo que los gringos llaman un deal breaker… En otras palabras, ¿qué es peor? ¿La falta de swing o la falta de punch?
Difícil decisión. Mister latero v. monsieur flojo, en el caso de mi amiga; miss o mademoiselle, en el mío. Antes de seguir, un punto no menor que requiere aclaración: un flojo o una floja no necesariamente se muere de hambre. Incluso le puede ir muy bien económicamente, por los más diversos motivos. Por otro lado, al fome o la latera tampoco tiene por qué irle bien en ese sentido. Habiendo precisado ese importante aspecto, debe abordarse otro, más relevante aún –tanto mr/ms fome, como m/mlle flojo/a, pueden ser excelentes personas.
En breve: ¿qué solución tiene el problema? No hay una sola: la respuesta dependerá de cada cual. Lo que es tolerable para uno, bien puede ser inaceptable para otro. Mejor buscarse alguien con swing y con punch. Si es posible, claro... De lo contrario, habrá que hacer de tripas corazón.
Difícil decisión. Mister latero v. monsieur flojo, en el caso de mi amiga; miss o mademoiselle, en el mío. Antes de seguir, un punto no menor que requiere aclaración: un flojo o una floja no necesariamente se muere de hambre. Incluso le puede ir muy bien económicamente, por los más diversos motivos. Por otro lado, al fome o la latera tampoco tiene por qué irle bien en ese sentido. Habiendo precisado ese importante aspecto, debe abordarse otro, más relevante aún –tanto mr/ms fome, como m/mlle flojo/a, pueden ser excelentes personas.
En breve: ¿qué solución tiene el problema? No hay una sola: la respuesta dependerá de cada cual. Lo que es tolerable para uno, bien puede ser inaceptable para otro. Mejor buscarse alguien con swing y con punch. Si es posible, claro... De lo contrario, habrá que hacer de tripas corazón.
jueves, 19 de agosto de 2010
Subdesarrollo
Hace unas semanas, tomé un avión que iba de Panamá a Guatemala, con escala en Nicaragua. Ya sentado en mi asiento, me dispuse a aprovechar el viaje leyendo algunas páginas de un libro, sin interrupciones. Para mi sorpresa, unas filas más adelante, otro pasajero decidió poner música para toda la cabina con su hipertrofiado teléfono portátil. Empezó con algún cantante latino que yo no conocía. Soportable. Un par de canciones después, pasó a un reggaetón francamente insufrible. En cosa de minutos, el pequeño avión se transformó (en mi mente) en una de esas micros o buses de provincia cuyos pasajeros acarrean comistrajos varios y animales domésticos tipo gallinas, patos y otros plumíferos. Todo con música de fondo: no precisamente Béla Bartók. Como el vuelo hasta Managua era corto, opté por no decir nada para ver cuánto duraba el mini-concierto de reggaetón, y si alguien hacía algo al respecto. ¿Qué pasó? La música sólo se apagó en Nicaragua, donde se bajó tres cuartas parte del avión. Y nadie dijo nada.
Cuando se habla de subdesarrollo, se suele pensar en indicadores económicos, sociales y políticos. Se olvida, con frecuencia, que todos estos indicadores dependen del grado de evolución cultural de la sociedad respectiva. La desigualdad, la exclusión, el desamparo, la arbitrariedad, el abuso, la corrupción, el desorden, la inseguridad y la polución son formas de pobreza –en no pocos casos, de miseria- que provienen de una determinada mentalidad: esa que es insensible al malestar, al sufrimiento y al dolor ajeno. De cualquier ser vivo. Un estado donde no se respeta la vida humana es subdesarrollado. Pero también lo es uno que no protege el ambiente que rodea a la sociedad que regula. No hagas a los demás, lo que no quieres que te hagan a ti –y viceversa. Esa es la fórmula que resume una mentalidad orientada al desarrollo. Y la resume a tal punto, que cualquier sociedad se desintegra, necesaria y progresivamente, cuando sus miembros buscan satisfacer sus intereses, sin consideración alguna por los otros, y por lo otro.
El respeto integral hacia los demás, sea quien sea, es la clave que explica por qué hay países que han alcanzado determinados indicadores económicos, sociales y políticos, y otros que no los han logrado. Que no se me entienda mal: escuchar reggaetón es una opción tan aceptable como otras. Cosa de gustos. El problema se presenta cuando se le impone al resto. El Diablo está en los detalles.
Cuando se habla de subdesarrollo, se suele pensar en indicadores económicos, sociales y políticos. Se olvida, con frecuencia, que todos estos indicadores dependen del grado de evolución cultural de la sociedad respectiva. La desigualdad, la exclusión, el desamparo, la arbitrariedad, el abuso, la corrupción, el desorden, la inseguridad y la polución son formas de pobreza –en no pocos casos, de miseria- que provienen de una determinada mentalidad: esa que es insensible al malestar, al sufrimiento y al dolor ajeno. De cualquier ser vivo. Un estado donde no se respeta la vida humana es subdesarrollado. Pero también lo es uno que no protege el ambiente que rodea a la sociedad que regula. No hagas a los demás, lo que no quieres que te hagan a ti –y viceversa. Esa es la fórmula que resume una mentalidad orientada al desarrollo. Y la resume a tal punto, que cualquier sociedad se desintegra, necesaria y progresivamente, cuando sus miembros buscan satisfacer sus intereses, sin consideración alguna por los otros, y por lo otro.
El respeto integral hacia los demás, sea quien sea, es la clave que explica por qué hay países que han alcanzado determinados indicadores económicos, sociales y políticos, y otros que no los han logrado. Que no se me entienda mal: escuchar reggaetón es una opción tan aceptable como otras. Cosa de gustos. El problema se presenta cuando se le impone al resto. El Diablo está en los detalles.
domingo, 8 de agosto de 2010
Lenguaje y derecho
A pesar de haber escuchado, una y otra vez, el nombre de Andrés Bello en mis estudios de pregrado, nunca me pregunté cómo es que este venezolano llegó a redactar el código civil chileno; ni por qué conocía tan bien el derecho romano; ni las razones que tuvo para escribir el primer tratado de derecho internacional en Latinoamérica: todo lo anterior, sin haber tenido instrucción jurídica formal en su juventud. Las respuestas a cada una de esas preguntas, que no me hice, las encontré en la excelente biografía de Iván Jaksić. Ahí descubrí que Bello comenzó su estudio del derecho en las Siete Partidas, a las que derivó de su análisis filológico del Cantar de Mio Cid; que su interés en el derecho internacional se originó en el ejercicio de sus cargos en las legaciones colombiana y chilena en Londres, y en el Ministerio de Relaciones Exteriores en Chile; y que la redacción del código civil chileno, basado en un derecho romano tardío, estuvo íntimamente ligada a sus estudios de gramática y ortografía. En el libro de Jaksić también descubrí que el gran motivo que llegó a Andrés Bello a emprender estos y otros desafíos intelectuales, era su afán por crear un orden sobre el cual las nuevas repúblicas latinoamericanas pudieran prosperar. Un orden que, según Bello, sólo se podía fundar en el reconocimiento de nuestras raíces hispánicas comunes, y de nuestra individualidad como estados autónomos. Lenguaje, derecho, soberanía y progreso quedaban, así, indisolublemente vinculados en el pensamiento de Andrés Bello, y en su obra.
Leyendo a Iván Jaksić recordé un episodio de mi adolescencia. Cuando estaba en educación media, cercano a egresar, nos llevaron junto a mi curso al teatro del colegio, a escuchar a un grupo de ex alumnos hablar sobre sus respectivas carreras. De ellos, sólo guardo en mi memoria a Enrique Barros, hoy presidente del Colegio de Abogados de Chile. En ese entonces no tenía idea quién era ese señor más bien serio, y si hoy me acuerdo de él -a diferencia de los otros invitados- es por una frase que dijo y me intrigó por años. No retuve los términos exactos que usó Barros ese día, pero sí el sentido de su frase: la poesía no puede serle ajena a un abogado. Ya en mi segundo año de derecho llegué a la temprana (y errada) conclusión que las humanidades estaban separadas del derecho. Sufría con esta aparente separación, y al recordar la frase de Enrique Barros, la encontraba carente de sentido –sonora, pero vacía. Casi irónica. Sólo una vez titulado, pude comprobar cuán acertada era su aseveración. Ejerciendo como abogado, me di cuenta que mi trabajo se podía resumir de la siguiente manera: interpretaba lo que leía de otros, y anticipaba la interpretación que podían dar éstos a lo que yo escribía. Comprobé, en otros términos, que los abogados no son otra cosa que profesionales de la palabra. Como tal, un licenciado en derecho que no se sienta atraído por la interpretación de la poesía, la más compleja y profunda de las manifestaciones de la palabra oral y escrita, no será más que un tinterillo, un empresario frustrado, un tecnócrata, un político de profesión, o un simple empleado o funcionario.
Eso lo sabía Andrés Bello. Yo sólo lo vine a aprender tiempo después de haber memorizado buena parte de su código.
Leyendo a Iván Jaksić recordé un episodio de mi adolescencia. Cuando estaba en educación media, cercano a egresar, nos llevaron junto a mi curso al teatro del colegio, a escuchar a un grupo de ex alumnos hablar sobre sus respectivas carreras. De ellos, sólo guardo en mi memoria a Enrique Barros, hoy presidente del Colegio de Abogados de Chile. En ese entonces no tenía idea quién era ese señor más bien serio, y si hoy me acuerdo de él -a diferencia de los otros invitados- es por una frase que dijo y me intrigó por años. No retuve los términos exactos que usó Barros ese día, pero sí el sentido de su frase: la poesía no puede serle ajena a un abogado. Ya en mi segundo año de derecho llegué a la temprana (y errada) conclusión que las humanidades estaban separadas del derecho. Sufría con esta aparente separación, y al recordar la frase de Enrique Barros, la encontraba carente de sentido –sonora, pero vacía. Casi irónica. Sólo una vez titulado, pude comprobar cuán acertada era su aseveración. Ejerciendo como abogado, me di cuenta que mi trabajo se podía resumir de la siguiente manera: interpretaba lo que leía de otros, y anticipaba la interpretación que podían dar éstos a lo que yo escribía. Comprobé, en otros términos, que los abogados no son otra cosa que profesionales de la palabra. Como tal, un licenciado en derecho que no se sienta atraído por la interpretación de la poesía, la más compleja y profunda de las manifestaciones de la palabra oral y escrita, no será más que un tinterillo, un empresario frustrado, un tecnócrata, un político de profesión, o un simple empleado o funcionario.
Eso lo sabía Andrés Bello. Yo sólo lo vine a aprender tiempo después de haber memorizado buena parte de su código.
martes, 20 de julio de 2010
El email que no llega
Como muchas personas, vivo pendiente de mis cuentas de email. Mientras trabajo, mantengo abierta la que más uso, y a la que están redireccionadas las otras. Me llegan varios correos al día: los voy contestando de a poco, según la urgencia de cada uno y el tiempo que dispongo para pensar la respuesta correspondiente. Es un buen número de emails los que recibo, y sin embargo no son suficientes. Mientras leo o escribo algo, tengo un ojo puesto en esa página siempre abierta, a la espera de ese correo que podría cambiar el curso del día. Al volver a la oficina, lo primero que hago es revisar mis emails –no importa que haya pasado un día o media hora, lo tengo que hacer. Por lo mismo me he negado a tener una Blackberry. Estaría todo el día revisando mi cuenta, a cualquier hora.
Pero ¿qué es este email que tanto espero? No se relaciona a una persona en concreto, ni a un asunto en particular. Se trata simplemente de un correo que me venga a sacar de la inevitable modorra que produce la rutina. En otras palabras: un mensaje que me devuelva la vida que las obligaciones cotidianas, y el artificio social generalizado de hoy, me quitan poco a poco. Intuyo que no estoy sólo en esta espera. Que son muchos los que, como yo, se ilusionan con la idea de ese email improbable. Pero posible.
Pero ¿qué es este email que tanto espero? No se relaciona a una persona en concreto, ni a un asunto en particular. Se trata simplemente de un correo que me venga a sacar de la inevitable modorra que produce la rutina. En otras palabras: un mensaje que me devuelva la vida que las obligaciones cotidianas, y el artificio social generalizado de hoy, me quitan poco a poco. Intuyo que no estoy sólo en esta espera. Que son muchos los que, como yo, se ilusionan con la idea de ese email improbable. Pero posible.
domingo, 4 de julio de 2010
Y que jué
Comiendo en un restorán, de una caleta de pescadores cercana a Viña del Mar, vi a una nutria flotando en la bahía. Estaba de espaldas, con la cabeza levantada y un par de moluscos sobre la guata. En una de sus manos tenía una piedra, que utilizaba para golpear las conchas que sostenía en la otra: así las abría y se comía el bichito del interior. A pesar de la distancia, podía distinguir perfectamente sus largos y tiesos bigotes mojados. Le pregunté a uno de los pescadores por la nutria flotante. Me contó que era un chungungo que había llegado hace unos días, y que se paseaba junto a otro más por la pequeña bahía. Mientras lo miraba abrir un molusco tras otro, dando cuenta de cada uno con fruición, pude ver la cabeza del otro chungungo que aparecía y desaparecía del agua: en distintos lugares, y sin ninguna regularidad.
Tiempo después, leyendo un artículo del diario, me enteré que el nombre científico del chungungo es lontra felina, y que tiene un pariente que habita más al sur que se llama huillín. Ambos miden aproximadamente setenta centímetros, de los cuales treinta o cuarenta son de cola. Mientras el primero prefiere las costas rocosas, el segundo opta por lugares con vegetación densa. El nombre científico del huillín es lontra provocax, y está en peligro de extinción debido a su caza ilegal y la destrucción de su hábitat. No es un animal particularmente bonito, aunque sí muy simpático de pinta. Como los chungungos que vi en la caleta de pescadores, cerca de Viña del Mar.
¿Por qué ameritaba el huillín un artículo periodístico? Por la sencilla razón que este mamífero, de nombre mapuche, ha impedido que una de las especies más dañinas introducidas en Chile se siga propagando: el pequeño, y tímido, visón. Debido a su voraz apetito, éste come huevos y crías de peces y aves, además de roedores, anfibios, crustáceos e insectos. O sea, devora la frágil fauna autóctona. Se ha hecho de todo para controlarlo, sin éxito. El avance del visón ha sido tal, que los especialistas llegaron a temer que lo único que lo podría detener es el desierto.
Hasta que se acordaron del huillín. Tanto éste, como el visón, tienen un hábitat y costumbres alimenticias similares. No obstante, los tres kilos del mamífero de América del Norte nada pueden contra los más de catorce de su pariente sureño. Ahora se piensa en reintroducir al huillín, primero en islas, y luego en el continente, a fin de hacer frente a la especie introducida. El huillín no va a erradicar al visón, pero ayudará a controlarlo. La simpática nutria local no será tan bonita ni lucrativa como su pariente nórdico, pero no se acompleja ante ella. Al contrario. Pareciera decir: aquí estoy yo, y que jué. Lo mismo que decían los simpáticos chungungos, de la caleta de pescadores.
Tiempo después, leyendo un artículo del diario, me enteré que el nombre científico del chungungo es lontra felina, y que tiene un pariente que habita más al sur que se llama huillín. Ambos miden aproximadamente setenta centímetros, de los cuales treinta o cuarenta son de cola. Mientras el primero prefiere las costas rocosas, el segundo opta por lugares con vegetación densa. El nombre científico del huillín es lontra provocax, y está en peligro de extinción debido a su caza ilegal y la destrucción de su hábitat. No es un animal particularmente bonito, aunque sí muy simpático de pinta. Como los chungungos que vi en la caleta de pescadores, cerca de Viña del Mar.
¿Por qué ameritaba el huillín un artículo periodístico? Por la sencilla razón que este mamífero, de nombre mapuche, ha impedido que una de las especies más dañinas introducidas en Chile se siga propagando: el pequeño, y tímido, visón. Debido a su voraz apetito, éste come huevos y crías de peces y aves, además de roedores, anfibios, crustáceos e insectos. O sea, devora la frágil fauna autóctona. Se ha hecho de todo para controlarlo, sin éxito. El avance del visón ha sido tal, que los especialistas llegaron a temer que lo único que lo podría detener es el desierto.
Hasta que se acordaron del huillín. Tanto éste, como el visón, tienen un hábitat y costumbres alimenticias similares. No obstante, los tres kilos del mamífero de América del Norte nada pueden contra los más de catorce de su pariente sureño. Ahora se piensa en reintroducir al huillín, primero en islas, y luego en el continente, a fin de hacer frente a la especie introducida. El huillín no va a erradicar al visón, pero ayudará a controlarlo. La simpática nutria local no será tan bonita ni lucrativa como su pariente nórdico, pero no se acompleja ante ella. Al contrario. Pareciera decir: aquí estoy yo, y que jué. Lo mismo que decían los simpáticos chungungos, de la caleta de pescadores.
martes, 29 de junio de 2010
Casa Central
La Casa Central de la Universidad Católica tiene tres patios cerrados por pasillos que dan a salas y oficinas, tanto en un primer como en un segundo piso. Son todo lo que se terminó del proyecto original, que se iba a llamar Palacio Universitario. El resto del campus actual es una colección de edificios construidos en años distintos, y que tienen muy poco que ver el uno con el otro. Están ubicados de tal manera que dejan al menos tres patios interiores más. Sin embargo, estos edificios posteriores están separados entre sí, por lo que la continuidad de los pasillos del proyecto original se perdió para siempre. Quien quiera ir, por ejemplo, de la Facultad de Medicina a la de Comunicación, o de ésta a la de Derecho, tiene necesariamente que pasar por el patio interno al que dan las respectivas Facultades.
El resultado es un campus que se ve muy bonito y homogéneo desde la Alameda. Dicha percepción se mantiene en los primeros patios, viniendo de esa entrada. No obstante, a medida que uno se interna en la Casa Central, yendo hacia Marcoleta, la desarmonía del conjunto, y la fealdad de algunos de sus rincones, se hacen cada vez más patentes. El campus Casa Central refleja así, involuntariamente, el alma nacional de un país en apariencia uniforme, racional y ordenado, pero que en verdad es fraccionado, arbitrario y desorganizado. A pesar de esto, y quizás por lo mismo, el campus y el país se cuelan en la memoria de los chilenos, y de algunos extranjeros. Ahí se quedan ambos, porfiadamente, de manera indefinida.
El resultado es un campus que se ve muy bonito y homogéneo desde la Alameda. Dicha percepción se mantiene en los primeros patios, viniendo de esa entrada. No obstante, a medida que uno se interna en la Casa Central, yendo hacia Marcoleta, la desarmonía del conjunto, y la fealdad de algunos de sus rincones, se hacen cada vez más patentes. El campus Casa Central refleja así, involuntariamente, el alma nacional de un país en apariencia uniforme, racional y ordenado, pero que en verdad es fraccionado, arbitrario y desorganizado. A pesar de esto, y quizás por lo mismo, el campus y el país se cuelan en la memoria de los chilenos, y de algunos extranjeros. Ahí se quedan ambos, porfiadamente, de manera indefinida.
jueves, 17 de junio de 2010
Contactos telefónicos
Los celulares permiten dejar registrados nombres y números, a fin de facilitar el hacer un llamado. Se les conoce como contactos, y son una de las funciones básicas de cualquier teléfono móvil. Con el transcurso del tiempo, vamos agregando personas a nuestro listado. Lo que no es difícil: la mayoría de las veces lo hacemos en forma casi mecánica. Teniendo al nombre y número registrados, nos olvidamos del asunto hasta que necesitamos ubicar a la persona respectiva. Sin embargo, con el paso de las semanas, meses y años, también vamos sacando contactos de nuestro listado. Lo que tampoco es difícil: se busca la opción “borrar contacto”, se confirma la orden dada, y listo. Así salen de nuestros celulares aquéllos nombres y números que ingresaron a éstos provenientes de una vieja agenda telefónica o de otro celular. Así salen, asimismo, aquéllos que registramos en un simple rapto de entusiasmo pasajero, en uno de esos infaltables intercambios de número in situ, o en una de esas situaciones en que es necesario ubicar a alguien para algo puntual. Lo normal es que no se sienta nada al borrar un contacto telefónico. Pero hay casos en los que cuesta eliminarlos.
Borrar un contacto es como ordenar o limpiar una pieza, un departamento o una casa. Vale decir, es un acto rutinario, que hacemos sin pensarlo demasiado. No obstante, ocurre que cuando se ordena o se limpia un lugar, uno encuentra objetos que nos remiten a otros momentos de nuestra vida. Vienen entonces a la memoria situaciones y personas, sentimientos, anhelos y sueños del pasado. Lo mismo pasa con aquellos contactos de quienes nos fueron cercanos e importantes, o que prometían serlo. Dudamos ante los objetos encontrados al ordenar o limpiar un lugar, y que tienen una carga emocional. Lo boto, no lo boto… Algunas veces los salvamos, hasta el próximo orden o limpieza. Lo propio ocurre con los contactos telefónicos, de quienes no nos fueron indiferentes. Pero, como con los objetos, hay casos en los que sabemos que ya no tiene sentido mantenerlos guardados. Los motivos que llevan a borrar un contacto son tantos, que no vale la pena enumerarlos. Basta decir que los eliminamos. Y con algunos de ellos, se va un pedacito de nosotros.
Borrar un contacto es como ordenar o limpiar una pieza, un departamento o una casa. Vale decir, es un acto rutinario, que hacemos sin pensarlo demasiado. No obstante, ocurre que cuando se ordena o se limpia un lugar, uno encuentra objetos que nos remiten a otros momentos de nuestra vida. Vienen entonces a la memoria situaciones y personas, sentimientos, anhelos y sueños del pasado. Lo mismo pasa con aquellos contactos de quienes nos fueron cercanos e importantes, o que prometían serlo. Dudamos ante los objetos encontrados al ordenar o limpiar un lugar, y que tienen una carga emocional. Lo boto, no lo boto… Algunas veces los salvamos, hasta el próximo orden o limpieza. Lo propio ocurre con los contactos telefónicos, de quienes no nos fueron indiferentes. Pero, como con los objetos, hay casos en los que sabemos que ya no tiene sentido mantenerlos guardados. Los motivos que llevan a borrar un contacto son tantos, que no vale la pena enumerarlos. Basta decir que los eliminamos. Y con algunos de ellos, se va un pedacito de nosotros.
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